Cuatro siglos de historia del instituto más antiguo de España, un lugar de origen de premios Nobel y líder en la ciencia en Madrid.
El año 1625 supuso un hito en la historia educativa de Madrid y España. En ese año se fundaron los Reales Estudios, una institución que concentró gran parte de la actividad educativa en la capital, con la aspiración de ser un modelo de formación para las élites de su tiempo. Su origen se sitúa en 1603, cuando la emperatriz María de Austria solicitó la creación del Colegio Imperial. Unas décadas después, Felipe IV lo entregó a la Compañía de Jesús, que lo administró hasta 1845, cuando se transformó en el Instituto San Isidro, su nombre actual.
A lo largo de estos 400 años, su claustro y aulas han sido testigos de la historia. La bóveda de su capilla refleja los diferentes momentos que atravesó la institución hasta la actualidad. En ella, se hallan diecisiete santos fundadores de órdenes religiosas que existieron en Madrid, destacando a San Ignacio de Loyola y a la Inmaculada Concepción, figuras centrales del pensamiento jesuítico. Estas representaciones fueron cubiertas y alteradas tras la expulsión de los jesuitas en 1836, en el contexto de la desamortización de Mendizábal, y han sido restauradas recientemente.
Sus paredes han sido testigos de los episodios más convulsos de la historia de España en los últimos cuatro siglos, y también han dado lugar a algunos de los intelectuales más destacados del país y del mundo. Con motivo de su cuarto centenario, el instituto ha decidido abrir sus puertas para mostrar el vasto patrimonio educativo y científico que ha acumulado a lo largo del tiempo con la exposición Las raíces de la ciencia.
“Este aniversario es una oportunidad para mostrar a la ciudad el valor histórico y educativo de nuestro instituto”, comenta María José Gómez, ex-jefa de estudios adjunta del centro. “Aquí, generaciones de alumnos han sido formadas, se ha hecho ciencia y se ha cultivado la cultura durante cuatro siglos. Cada rincón y cada objeto nos recuerdan el rol que ha desempeñado este centro en la historia de Madrid y España”, añade.
En un momento en que las universidades españolas no eran referentes en la difusión científica, el Instituto San Isidro asumió un papel pionero en la promoción del conocimiento. Un claro ejemplo de ello son los objetos que se exhiben en esta muestra. Entre los más destacados se encuentra la primera radiografía realizada en España por Bernardo Rodríguez Largo en 1896, apenas seis meses después del descubrimiento de Röntgen, con una rana como sujeto. “Fue un trabajo pionero y atrevido”, resalta Gómez. También se presentan condensadores eléctricos, amperímetros, una bombilla original de Edison y libros científicos elaborados por los mismos docentes del instituto.
Parte del atractivo de la exposición es la participación activa del alumnado, que siente cierta presión por estudiar en un lugar que ha visto salir a cuatro premios Nobel. Gabriela, estudiante de primero de Bachillerato Internacional, cuenta que su participación en la exposición se debe a las horas de voluntariado requeridas por su modalidad de estudios, pero admite que disfruta de la experiencia. “La participación del alumnado es esencial”, destaca Gómez.
Gabriela explica que el Instituto San Isidro nació tras la expulsión de los jesuitas. En 1846, los Reales Estudios se convirtieron en la primera sede de la Universidad Central de Madrid, precursor de la actual Universidad Complutense. Poco tiempo después, con la Ley Pidal de 1845, se fundó el Instituto de Segunda Enseñanza San Isidro como lo conocemos hoy.
Durante el primer tercio del siglo XX, el instituto absorbió las innovadoras ideas de la Institución Libre de Enseñanza, que introdujo métodos pedagógicos progresistas y una perspectiva más abierta del conocimiento. La Guerra Civil alteró por completo la vida del edificio: además de ser refugio antiaéreo, mantuvo una pequeña escuela para hijos de milicianos. En la posguerra, el régimen franquista transformó el carácter educativo del centro, convirtiéndolo en un instituto exclusivamente masculino, situación que se mantuvo hasta 1983, lo que explica la escasez de mujeres entre sus alumnos más relevantes.
El San Isidro también reflejó los efectos personales y políticos de la guerra. Algunos docentes fueron depurados, como el botánico Luis Crespí Jaume, quien no pudo reanudar su labor docente hasta 1954, o Enrique Rioja Lo Bianco, director del instituto desde 1931 y colaborador en las Misiones Pedagógicas, que tuvo que exiliarse a México tras cruzar los Pirineos junto a Antonio Machado. Así, la institución vivió las dos caras del franquismo: la imposición de una enseñanza nacionalcatólica y el impulso estudiantil hacia la oposición al régimen.
Revisando las vitrinas se revela mucho más que la historia del centro, como el hecho de que Antonio Machado suspendió Latín e Historia de España, o que Jacinto Benavente era un alumno ejemplar que, como era de esperar, obtenía sobresalientes en Retórica y Poética. Por sus aulas también pasaron el rey Juan Carlos I y su padre, de quienes se conservan fotos de graduaciones y experimentos en el laboratorio.
Una fábrica de premios Nobel
No son incidentes aislados los talentosos estudiantes que han pasado por el Instituto San Isidro, ya que ha dado cabida a cuatro premios Nobel de Literatura, de los cinco otorgados a españoles. Esta particularidad convierte al instituto en un referente histórico y cultural, no solo por su antigüedad, sino también por la huella literaria dejada por sus antiguos alumnos.
José Echegaray fue el primero en recibir esta distinción, obteniendo el cuarto premio Nobel de Literatura en 1904, convirtiéndose en el primer español en ser galardonado por la Academia Sueca. Echegaray completó su formación secundaria en el Instituto San Isidro, donde estudió desde 1846, tras haber iniciado su educación en Murcia. Documentos de su bachillerato se conservan en el patrimonio histórico del instituto.
El dramaturgo Jacinto Benavente siguió sus pasos, recibiendo el Nobel en 1922. Su conexión con el San Isidro también se documenta en los registros académicos del instituto, que reflejan su trayectoria educativa. Más adelante, Vicente Aleixandre, galardonado en 1977, realizó un ciclo de secundaria en el instituto después de haber comenzado su formación en Málaga, mientras que Camilo José Cela finalizó sus estudios en San Isidro en 1934, antes de recibir el premio Nobel en 1989.
“Que cuatro premios Nobel hayan pasado por nuestras aulas es motivo de orgullo, pero también nos recuerda que la educación y la curiosidad son la base del éxito intelectual”, destaca la ex-jefa de estudios adjunta del instituto. Entre los documentos expuestos se encuentran expedientes académicos, notas y fotografías que ofrecen un vistazo a la trayectoria de estos escritores antes de alcanzar el éxito literario.
Prohibido no tocar: aquí se sigue estudiando
Al concluir la exposición, la visita continúa en el museo de la institución. En un lateral del claustro se abre una puerta de madera que, al cruzarla, transforma el Instituto San Isidro en un museo. Aunque en esta parte del edificio ya no se dan clases, se conserva un aula del siglo pasado con su disposición original y elementos escolares. Los alumnos comentan que, al visitarlo, la jornada se torna más amena. La visita culmina en la escalera monumental, concebida como una metáfora del ascenso del conocimiento: cuanto mayor es el esfuerzo, más amplio es el saber adquirido.
En esta última fase de la visita, destaca un protagonista indiscutible: Nicolás, un esqueleto humano que hoy recibe al público, reconstruido por los estudiantes de Biología debido al deterioro acumulado durante años. “Las manos y los pies son falsos”, aclara Julia, una de las alumnas que actúa como guía. “Y que sea pequeño no significa que sea un niño, en aquella época la gente era más baja”, aclara ante la curiosidad de los visitantes.
El museo alberga más de un millar de piezas que abarcan diversas disciplinas y épocas: láminas didácticas, mapas, carteles, programas de teatro, maquetas, antiguos aparatos científicos, dispositivos de proyección, placas de linterna mágica, y modelos de animales procedentes del antiguo Gabinete de Historia Natural. Todos estos objetos permiten reconstruir el proceso de enseñanza-aprendizaje en el instituto a través de los siglos y reflejan la estrecha relación entre la educación, la ciencia y la cultura que ha caracterizado al centro desde su creación.
Más allá de su valor patrimonial, el museo actúa como un símbolo y un elemento distintivo de este instituto madrileño. Se presenta como un recurso educativo y una forma de experimentar la historia de manera cercana, no como algo distante, sino como una vivencia que se puede recorrer, tocar y comprender.
En el San Isidro, el pasado no se observa solo a través de vitrinas: se recorre, se explica y se vive. “Abrir estos espacios históricos permite a todos conocer la dimensión educativa y científica del instituto, que ha sido pionero en muchos aspectos”, concluye Gómez. La exposición puede visitarse todos los jueves y viernes hasta junio en horario de 16:30 a 18:30.


