De sastres y ‘madrileños’, la ciudad se engalana con identidad propia


Observar cómo el actor Taron Egerton transforma su imagen de un chav chandalero a un hombre elegante y bien presentado al lucir su primer traje a medida en la película Kingsman: el servicio secreto, resulta intrigante. El argumento se centra en una agencia de inteligencia británica que opera bajo la apariencia de una sastrería tradicional. De esas que vistieron a los acaudalados de toda la vida, figuras como los que usan tweed, monóculo y poseen contactos en la realeza inglesa.

Al pensar en un sastre se evoca la imagen de un hombre calvo, con bigote al estilo de Hércules Poirot y ligas en las camisas. Generalmente, también se imagina a un inglés, quizás italiano, derivado de una extensa tradición de sastres reconocidos, alfayates que han trabajado para las mejores figuras del país. Sin embargo, esta caricatura está no solo pasada de moda, sino geográficamente errónea. No es un acento de millonario londinense ni de capo napolitano el que representa la sastrería internacional. Hoy, esa denominación de origen es madrileña.

Madrid ha estado desde hace tiempo no solo vistiéndose, sino también vistiendo con delicadeza a más que solo toreros en sus trajes de luces. La sastrería de la capital no solo lidera en calidad por la cantidad de maestros presente —más que en cualquier otra ciudad de nuestro país, y considerablemente más que en muchas capitales europeas—, sino también por haber desarrollado un estilo propio.


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Sin duda, para confeccionar solapas se requiere talento y el sastre madrileño es un artista con identidad. Como dijo Charles Bukowski: “El estilo es la respuesta a todo. Es la forma de abordar lo monótono o lo arriesgado con elegancia. Hacer algo aburrido con estilo supera hacer algo peligroso sin él. Hacer algo peligroso con estilo es arte”. Bukowski, que seguramente se aprovisionaría de un buen traje a medida una vez que sus escritos le reportaron beneficios, entendía la importancia que tiene el estilo.

¿No es, acaso, arriesgado estar cerca de una aguja a escasos centímetros de las partes bajas de alguien? No confiaría la integridad de mis partes a un individuo con olor a café y carajillo. Tampoco a un comentarista que presume saberlo todo y acaba dejándome con un aspecto de payaso en la película El niño.

Para el sastre Alejandro García, de la prestigiosa sastrería Jajoan, ubicada en la calle General Díaz Porlier en el barrio de Salamanca, “Madrid es el corazón de la sastrería en España. Aquí se concentra la mayor cantidad de sastres, tanto artesanales como industriales. En particular, Salamanca es el núcleo de esta actividad.” La ciudad es el escenario ideal para este singular arte textil, que permite moldear la imagen de uno mismo.

Mario Zafra, de la sastrería Yusti (Cedida)

Como afirmaba el maestro, ahora experto en otros menesteres, Raúl del Pozo: solo Madrid es Corte. Y una corte no puede estar desprovista de carácter e identidad. Con un estilo distintivo. “Es una fusión entre la estética italiana y la inglesa,” dice García. “Esta mezcla es lo que define la sastrería española, principalmente en Madrid, aportándole un carácter internacional.”

García no es el único que evalúa esta combinación estilística. Mario Zafra, de la sastrería Yusti, en la calle de Ayala en Madrid, coincide con García y detalla: “El ‘Sello Madrid’ es un enfoque más flexible que el inglés o el napolitano, menos rígido y más equilibrado. Teniendo en cuenta la estructura y limpieza de líneas del traje británico —con hombros más definidos y buena construcción interna—, fusionamos la ligereza, comodidad y naturalidad de la tradición italiana”, explica el maestro sastre.

Según Zafra, la clave para dar un toque madrileño a un traje es encontrar un estilo no demasiado serio, pero que permita el uso cotidiano. No puede un madrileño pasear estirándose las prendas en mitad de la calle Alcalá, ni dejar charcos de sudor al caminar por Zurbano. ¿Qué pensarían en la Castellana si los dandees anduviesen como muñecas?

“Un signo distintivo”, enfatiza Zafra, “son las caídas de las solapas (cran), estas siempre ligeramente redondeadas y las mangas con cierta flojedad, pero sin arrugas.” Tendremos que revisar la historia para ver si este enfoque es una tradición añeja o si se trata de una tendencia reciente.

“El ‘Sello Madrid’ es un estilo un poco más abierto al inglés o al napolitano, no es tan rígido y cerrado»

La capital de la gloria, como la llamó Rafael Alberti, sabe que no está sola en el ámbito de la sastrería. Sabe que hay idealismos pintorescos y pretensiones antiguas que podrían alejarla de su merecido lugar en el pódium internacional. Es un hecho que, en Madrid, los sastres no desploman tu bolsillo con tanto descaro como podrían hacerlo en otras ciudades, donde un sablazo es esperado por estar ‘vos en la ciudad donde estáis’, y todo lo que eso conlleva.

Enrique-Antón Sanjurjo Illas, director de la empresa textil Brautex y miembro de la AES (Asociación Española de Sastrería), afirma que Madrid cada vez se posiciona con más fuerza en el ámbito de la sastrería, luchando por alcanzar un lugar destacado: «Lo conseguimos gracias a nuestra calidad artesanal que se ha mantenido y a precios más competitivos,” dice el empresario. “A diferencia de esos polos (Inglaterra o Italia) cuya fama se ha construido a lo largo de décadas —incluso siglos—, Madrid aún está en una fase de consolidación de su marca colectiva. Contamos con talento, excelentes artesanos, talleres de alto nivel y una nueva generación que entiende tanto la tradición como las necesidades del consumidor actual.”

El reciente II Congreso Internacional de Sastrería, que se llevó a cabo del 13 al 15 de marzo en el Museo del Traje de Madrid, destacó este posicionamiento favorable. Si no, ¿por qué vendrían representantes de tan lejos como Australia? Es cierto que el jamón serrano y los bocadillos de calamares son atractivos irresistibles que atraen a Madrid, pero siempre debe haber algo más.

Enrique-Antón Sanjurjo Illas, de AES (Aksel Martínez)

¿Qué papel juega Barcelona en todo esto? “Barcelona mantiene su posición,” aclara Alejandro García, “sus sastres de siempre siguen operando, pero Madrid es el lugar donde surgen más marcas nuevas. La concentración y dinamismo es superior. Por esta razón se celebran aquí eventos significativos del sector”, concluye el líder de Jajoan. “El momento actual de Madrid en términos turísticos y culturales es una oportunidad que debemos aprovechar,” afirma Sanjurjo Illas. “El consumidor actual valora cada vez más la autenticidad, la personalización y el oficio, especialmente si proviene del exterior.”

Además, el interés de clientes internacionales con presupuestos generosos que buscan un traje a medida, también lo confirma el sastre Alejandro García: “Cada vez más clientes del extranjero —sobre todo de América Latina— vienen en búsqueda de un Made in Europe. Valoran la calidad del tejido europeo, especialmente el de casas inglesas e italianas, junto con las habilidades de confección madrileñas.”

Según los datos, para García, “entre un 7% y un 10% de nuestros clientes en Madrid ya son extranjeros. Esto nos ha llevado a expandernos internacionalmente, como abrir una sede en México,” concluye el líder de la sastrería de General Díaz Porlier.

Finalmente, como se preguntaba Mario Benedetti: «¿Qué les queda a los jóvenes?». “Estamos viendo una nueva generación de entre 25 y 35 años que se está formando, que muestra un interés real por el oficio y entiende la sastrería como un nicho de alto valor”, concluye Mario Zafra, de la sastrería Yusti. En un entorno de consumo masivo, fast fashion, modas efímeras y la cultura del scroll, la sastrería surge como un capricho atemporal, aquel que busca lo duradero, y si eventualmente se desvanece, es tan único, tan adaptado a la esencia de cada cuerpo, que negarlo sería negarse a uno mismo.

Madrid, bella ciudad, rosa sucia y eterna. Tuyo es el relevo internacional, en medio de restaurantes tematizados para foodies que fotografían sus platos sin probarlos, y locales de Primark, de los trajes que han de perpetuar esa tendencia hacia lo perdurable.

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