Dos poblados de viviendas precarias amenazan las líneas ferroviarias entre Villaverde y Leganés.
«Qué pena suena la lluvia en los tejados de cartón. Qué pena vive mi gente en las viviendas de cartón», entonaban Los Guaraguao en su famosa melodía. No es la Venezuela de los años 70, sino un viernes de marzo en Madrid, … cuando una tormenta cae con fuerza, tan triste como una tarde de domingo, sobre la veintena de chabolas que salpican el costado de las vías del tren de Villaverde, a un paso, literalmente, del límite con el municipio de Leganés, junto a un puente de la A-42. Adif ha estado quejándose durante un tiempo de las alteraciones que causan con sus fogatas y enganches de luz.
Allí, entre suciedad, tablones rotos como trampas de caza y capaces de echar a un gigante, una evidente falta de higiene, y un colchón con más cicatrices que la pared de un cementerio, Jesús, un español de 19 años, rubio y de ojos azules, muy vivaz y expresivo; y Manuela, de 26, originaria de Villaviciosa de Odón (uno de los municipios más acomodados de la región), con su sonrisa inmutable y poco habladora, han hecho su nido de amor. Con esa rápida descripción, nadie diría que son chabolistas. «Ganamos 2.000 euros al mes entre los dos. Vivimos aquí porque así podemos ahorrar para un piso», dice el hombre, que lleva la voz cantante no solo en la pareja, sino también en el resto de la familia.
El más joven de los Bayano Almagro lleva ocho años allí, junto a Ana, su madre: 53 años con una vejez prematura que la hacen parecer mayor. Ella sí maldice la miseria en la que sufren frío, calor, lluvias y el martillo municipal. «De vez en cuando vienen y nos tiran las chabolas, pasamos unos días viviendo en la calle, en tiendas de campaña, y luego volvemos a levantarlas», cuenta. Nadie nace para querer pasar por estas penurias.
El Administrador de Infraestructuras Ferroviarias es su talón de Aquiles: los acusan de poner en peligro el tránsito de trenes desde Villaverde a la zona suroeste por la cercanía de sus favelas a las vías, pero también de dejar sin suministro eléctrico al servicio, con el consiguiente riesgo para la seguridad vial. «Es cierto que tenemos la luz enganchada, pero a las farolas de la autopista, que está igual de mal, ¿eh? Pero es falso que se la quitemos a la Renfe, que son los que se quejan de nosotros. Dicen que por nuestra culpa se para el tren, pero eso es mentira», se interpone Jesús, que apenas deja hablar a su madre y la reprende si dice algo que no sigue el guion.
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EL MAYOR ASENTAMIENTO ILEGAL
Llegaron al poblado de la calle del Puerto de Somosierra, que carece de nombre, cuando «ya estaban los rumanos» instalados. Dicen que viven ahí «una temporada y luego se van a su país». «Esto era un vertedero desde hace cuarenta años. Nosotros teníamos una casa baja de alquiler por Villaverde. Pero es cierto que nos echaron porque causábamos muchos problemas. Bueno, no nosotros en concreto, pero algunos de nuestra familia sí que eran un poco más escandalosos y problemáticos, así que los vecinos se pusieron de acuerdo para sacarnos de allí», confiesan.
Además de Ana, la madre, que vive en otra chabola, hay una hermana un año mayor que ella, que aparece en el frágil hogar de Jesús y Manuela con la boca aún manchada de pasta de dientes. «Que quede claro que nosotros no vendemos droga, aquí nadie trafica», asegura la matriarca, mientras Jesús confiesa: «Nosotros consumimos, yo fumo porros porque soy muy nervioso y me ayudan a calmarme, y mi madre también, pero ya es muy mayor para dejarlo. El marido de mi madre consume cocaína».
Distinta es la situación que se puede encontrar a un buen trecho de allí, junto a la Nave Boetticher y la enorme campa del concesionario Clicars. Un paso a nivel es el pórtico hacia otro puente, cuyo lateral, siguiendo unos cientos de metros hacia adelante, sobre tierra baldía, revela otro poblado con su veintena larga de infraviviendas desparramadas sin orden ni concierto, donde las vergüenzas son otras. Un hombre subsahariano es la única alma que se deja ver en esa zona. Sale tambaleándose, con los pantalones por la rodilla y dos calzoncillos debajo. Más tarde, se le verá cruzando una glorieta atestada de tráfico, sin que parezca siquiera que perciba los coches, del estado en que va. Los estragos de la droga en la calle de Santa Petronila son más que evidentes.
Arriba, Jesús y Manuela, en su chabola. Debajo, la pareja acompañada de Samira (izquierda) y Ana, la madre de Jesús. En la última imagen, el otro poblado, de toxicómanos, en Villaverde.
(José Ramón Ladra)
Hace apenas tres semanas, los vecinos celebraban el «éxito» del paseo que lleva el nombre de esa calle, junto a La Nave. De espaldas malviven decenas de toxicómanos, en chabolas que hacen que la de Jesús y Manuela parezca casi un piso de protección oficial. Incluso hay una enorme tienda de campaña que funciona como punto de venta, fumadero y camastro de quienes no tienen otro objetivo que la micra de basuco diario. Los residentes legales de la zona ya han comenzado a quejarse de robos e inseguridad. Era previsible.
De regreso a los dominios de Jesús, Manuela y Ana («Mi madre tiene por lo menos tres o cuatro hijos», dice él, sin saber precisar. «Tengo tres», aclara la madre), un rugido resuena desde la chabola aneja: «Ya se está despertando Samara», anuncian. Los tablones de una de las esquinas del chapuzón empiezan a temblar. Luego, el tablón que hace de puerta se mueve, como si el GEO lo estuviera golpeando desde dentro y la madera se cae. Es la manera de abrir la puerta que tiene su vecina, una joven menuda y desdentada, con aire de haber pasado muchas malas noches (y peores mañanas, es más de la una de la tarde). Irrumpe con pasos largos y rápidos. Es Samara. Primero gruñe; luego, ofrece un café; y, cuando se entera de que tienen visita de periodistas, exclama: «Llevad a Irene Montero, para que vea esto y le diga a Pedro Sánchez que nos dé un piso». Al final, instiga al equipo de ABC a dejarse invitar a un asado otro día.
Jesús retoma: «Yo trabajo, mi mujer trabaja y mi madre recibe una ayuda de 600 euros. Trabajo como peón en la construcción, y Manuela en una tienda. Yo gano 1.200, que guardamos cada mes, y con los 800 de ella vamos tirando. Aquí no pagamos nada, así que se vive muy bien si sabes administrarte».
¿No les alcanza para un alquiler decente?: «Sí, yo estuve en una habitación con baño compartido que costaba 550 euros, que es la mitad de mi sueldo. Pero no voy a gastarme eso y encima tener que soportar a cualquier estúpido como compañero. Así que la idea es ahorrar para algo mejor en el futuro. En un año, logramos 23.000 euros, que es lo que cuesta una casa en un pueblo. Mi padre se ha comprado una por 18.000 en un área de Ciudad Real».
La chabola es mínima. Junto al catre, hay un televisor y una consola de videojuegos, con sus dos mandos. Nos invitan a realizar una pequeña visita por el resto de las dependencias, que consisten principalmente en un recibidor con todo tipo de objetos amontonados y, en la parte trasera, una sala con un váter mal instalado, donde hacen sus necesidades. Todo está alfombrado, con más humedad que un iglú. Se duchan en la Casa de Baños de Embajadores. Manuela insiste en que no quieren que les regalen nada, sino comprar «o acceder a una vivienda de alquiler». Ella residió hasta hace un año con su familia en Villaviciosa, pero cuando se fue con Jesús, todo se complicó: «No quiero estar con ellos».
«Estoy acostumbrada a esto y no me voy a un piso a pagar mil euros, presa, con vecinos racistas… Prefiero estar aquí, libre»
La tía está más que resignada ya: «Estamos acostumbrados a la guerra, hemos dormido en el suelo. No esperamos nada, no esperamos salir de aquí. A mí ya no me importa, estoy acostumbrada a todo esto y no me voy a un piso a pagar mil euros, presa, con vecinos racistas… Mejor prefiero estar aquí, libre».



