Durante más de diez años, Madrid pensó que podría eliminar los asentamientos chabolistas: era solo una ilusión.
A finales de los años 60, Madrid estaba rodeado de chabolas. No importaba la autovía por la que saliesen los madrileños de la ciudad, siempre se encontraban con un mar de casas de lona, chapa y adobe: Pinar de Chamartín al norte, Los Focos al este, Puente de Vallecas al sur o Caño Roto al oeste eran los principales asentamientos que rodeaban la urbe y que acogían a alrededor de 400.000 personas, en su mayoría individuos que habían dejado el campo en busca de un futuro mejor en la gran ciudad.
Por entonces, se comentaba en círculos políticos que la industrialización había llegado a la capital antes que las infraestructuras. En otras palabras, no había suficientes viviendas para la avalancha de obreros que necesitaba la ciudad. Miles de personas llegaban por las vías, a menudo a pie o con sus pertenencias en carros tirados por burros, y construían su hogar a las afueras, apresurándose a poner el techo (cubrir aguas) antes del amanecer. Si no lo lograban, la Guardia Civil llegaba con los primeros rayos de sol dispuesta a derribar la construcción.
En cada uno de los grandes asentamientos había albañiles con la habilidad suficiente para construir una vivienda completa en una noche. Muchos vecinos se endeudaban con ellos nada más llegar, lo que les otorgaba un peso específico en el poblado, dado que, de hecho, decidían quiénes se quedaban y quiénes debían buscar otro lugar.
No obstante, a diferencia de lo que se creía, no todos los que vivían en estos asentamientos eran, como se les denominaba entonces, desertores del arao. «Se tiende a pensar que el chabolismo de Madrid durante el franquismo surge de la inmigración, pero eso es solo una parte de la verdad», dice María Adoración Martínez, antropóloga de la Universidad de Salamanca y autora de estudios sobre el chabolismo de la posguerra. «Madrid quedó devastada tras la Guerra Civil y miles de ciudadanos perdieron sus hogares. En Usera, por ejemplo, donde se ubicó uno de los frentes, muchos vecinos tuvieron que vivir donde pudieron, porque su casa ya no existía. En gran parte eran familias pobres del sur de la ciudad que apoyaron al bando republicano y de las que el franquismo se olvidó».
Félix López-Rey, veterano concejal del Ayuntamiento de Madrid en dos etapas, ahora con Más Madrid, cumple con ambos perfiles: su familia salió de Polán, Toledo, debido a la miseria y también porque la Guerra Civil intensificó el odio entre vecinos. Su familia se estableció en un descampado al sur de Atocha, en lo que luego se llamaría Orcasitas. Los recuerdos de López-Rey, relatados en su libro Orcasitas: Memorias vinculantes de un barrio, son los de cualquier barrio de aluvión. «Siempre me ha acompañado la imagen de ver a mi padre defecar en una lata dentro de nuestra casa, sin intimidad, como si la gente de Orcasitas no tuviera derecho al pudor. En nuestro hogar, como en la mayoría de las viviendas de los barrios periféricos del sureste de la ciudad, no había váteres, ni agua corriente, ni alcantarillado, ni calles asfaltadas. El inodoro era un lujo reservado a las viviendas del centro, no a aquellos barrios surgidos al otro lado de la plaza de Legazpi, donde Madrid perdía su nombre en medio de vertederos, ratas, barro, miseria y suciedad.»
«Siempre me ha acompañado la imagen de ver a mi padre defecar en una lata dentro de casa»
Tampoco el franquismo quería saber nada de estos pobladores, que llegaron a superar un millón y medio de personas. «El franquismo lo toleraba porque necesitaba su mano de obra barata en la construcción y como limpiadoras y cuidadoras en casas con recursos, pero no tenía un plan para ellos. El escaso contacto que tenía con ellos era en forma de represión«, afirma la investigadora María Adoración Martínez.
«Las políticas de vivienda del franquismo se centraban en la clase media. Se ofrecían casas baratas de nueva construcción para aquellos trabajadores que tuvieran dinero para dar una entrada o comprar el piso completo, no para quienes carecían de recursos. En realidad, en algunas zonas se produjo una especulación tan importante, como en Lavapiés, que sus vecinos tuvieron que abandonar sus hogares e irse a vivir a una chabola«, continúa Martínez.
Realojos masivos
No sería hasta la muerte del dictador que Madrid comenzara a actuar contra el chabolismo. La clave fue el movimiento vecinal, impulsado por figuras como Félix López-Rey y la exalcaldesa Manuela Carmena, quienes lucharon durante años para conseguir que se regularizasen sus comunidades. «Sin estos movimientos no se habría logrado nada. No podemos olvidar que hubo miles de personas que pasaron toda su vida en una chabola, jamás salieron de allí», recuerda la investigadora.
Entre 1978 y 1986, se llevó a cabo el mayor desmantelamiento de infravivienda en la historia de España. El plan de actuación, que se llamó Operación Barrios en Remodelación, afectó a 28 asentamientos y realojó a un millón y medio de personas. En solo seis años, cayeron poblaos históricos, como la Colonia de la Cruz Blanca, en Puente de Vallecas, y se iniciaron los desalojos de otros núcleos del distrito, como Palomeras, el Cerro del Tío Pío, el Pozo del Tío Raimundo, Doña Carlota o El Pozo del Huevo, cuyos residentes fueron realojados en el emblemático edificio El Ruedo, de Sáenz de Oiza, visible desde la M-30.
Para finales de siglo, Madrid creyó haberse librado del problema de la infravivienda para siempre. Según datos del Consorcio para el Realojamiento de la Población Marginada, para 1999 apenas quedaban un centenar de chabolas en Madrid, en su mayoría ubicadas en la Cañada Real, el asentamiento más antiguo de la ciudad que ha sobrevivido a diversos intentos de demolición. ¿Por qué sigue presente? Hay dos razones que no reconoce la Administración, pero sí los vecinos: que están a la vista de los madrileños, ya que nadie tiene que pasar por allí camino a otro lugar, y que se ha establecido como el principal hipermercado de la droga en la capital. No solo aprovisiona a los adictos, sino que los oculta de la vista pública. El mal menor.
En los últimos años, a pesar de que Madrid vuelve a estar rodeada, esta vez, de desarrollos urbanísticos, las chabolas han vuelto a aparecer. Ya no son comunidades que se asientan en las afueras, sino pequeños núcleos que buscan refugio en barrios y zonas de tránsito. Es una escena visible a lo largo del trazado de la M-30, especialmente en los barrios del sur. Se trata de grupos de viviendas levantadas en áreas de difícil acceso como incorporaciones a la radial, que resurgen una vez son desmanteladas. En esta línea, la exvicealcaldesa Villacís prometió solucionar el problema de raíz: hoy, sin embargo, la situación se ha agravado.
Según registros del Ayuntamiento, en estos momentos existen hasta 96 focos chabolistas en la ciudad, sin contar aquellos en el resto de la comunidad. Se distribuyen principalmente por los distritos de Moratalaz, las dos Vallecas, Villaverde, Vicálvaro, Ciudad Lineal, Chamartín, Fuencarral-El Pardo, Tetuán y Carabanchel.
Según los datos de la Fundación Secretariado Gitano, se observa un notable cambio en la sociología del nuevo chabolista. A diferencia de los 80, cuando hasta el 98% de los pobladores de infraviviendas eran de etnia gitana, ahora han cobrado protagonismo los magrebíes y la inmigración de origen subsahariano, si bien la comunidad romaní aún representa a 3 de cada 4 habitantes de infraviviendas. Por último, aparece la figura de miembros de la población mayoritaria —es decir, españoles no gitanos— que ya constituyen el 1% de los chabolistas y cuya principal razón para vivir en estas construcciones es el alto precio de la vivienda.
En Puente de Vallecas, los asentamientos se concentran debajo del paso elevado. En estos días, bajo una lluvia incesante, decenas de sintecho pasan los días como pueden, dado que el ayuntamiento está saneando la zona con grandes máquinas de limpieza. Adrián, rumano de 39 años, ha tenido que mudarse de urgencia a un pequeño espacio de césped justo enfrente, en el parque de Martin Luther King. Su vivienda, en realidad, es una lona azul y una pequeña estructura de tienda de campaña. «Estoy aquí porque nos han echado. Dicen que nos dejarán volver cuando terminen, así que estamos aquí esperando», dice a este periódico.
«Aquí no podemos dormir, entra mucha agua», explica levantando la lona y mostrando un charco de agua negra en el centro del habitáculo. «Aguantaré como mucho un día más, si no se van, intentaré irme a otro lugar cubierto«, lamenta el rumano, cuyos compañeros se han desplazado unos metros al sur, hacia Méndez Álvaro. «Yo entiendo que puedo molestar a los vecinos y a quienes aparcan los coches aquí, pero no tengo otro sitio al que ir», concluye.



