El abuelo de ideas conservadoras no presenciará el crecimiento de su nieto.
Supongamos que su nombre es Vicente y reside en un barrio con encanto como Chamberí. Allí, las avenidas son amplias y frondosas, adornadas con árboles y guirnaldas que cuelgan de las antiguas fachadas decoradas con yeso y pladur. Vicente siente una profunda conexión con el barrio, que descubrió en su juventud cuando llegó a Madrid para opositar en la Real Fábrica de Moneda y Timbre. Con la muerte de Franco, España se convertía en un terreno fértil para los ingeniosos y cínicos que buscaban aprovecharse del nuevo orden, creyendo que había una oportunidad para alcanzar la prosperidad. Esto fue lo que se denominó capitalismo primitivo: las puertas de las élites permeaban por un breve tiempo.
Vicente se dedicó a opositar, logró prosperar y encontró la felicidad en Madrid, en su querido Madrid; adquirió un piso con doble puerta de caoba y dos amplias terrazas que daban a la calle, además de un lavadero cubierto por celosía que se abría al patio interno; compró su hogar siendo bastante joven, justo después de que se publicara su plaza en el BOE, y jamás se movió de allí, a pesar de las múltiples ascensiones y aumentos en su salario; sus colegas de la subsecretaría solían burlarse, mencionando que no tenía una vivienda acorde a su estatus y que había apartamentos aún más grandes – el suyo contaba con tres habitaciones espaciosas, lo cual no estaba nada mal – en el barrio de Salamanca o en el nuevo Viso. Pero él no deseaba eso. Había un murmullo antiguo y popular en su Chamberí que lo mantenía atado como un claustro. Pese a haber nacido lejos, sabía que su destino era morir allí.
Con el tiempo, Vicente encontró nuevamente la felicidad; se casó con una mujer de cabello negro y tuvieron una hija con un cabello aún más oscuro. Se derretía al observar el rostro de su amada reflejado en su pequeña y delicada hija, en quien todos veían rasgos de ambos, aunque él solo podía distinguir los ojos festivos y brillantes de su esposa. Dedico su vida a adorar aquel diminuto y blanquísimo ser con cabello tan negro, un obsequio de un amor profundo que le resultaba hipnótico.
Con el tiempo, su regalo creció y se aventuró en sus primeras experiencias amorosas, sus primeros novios, quienes pasaron brevemente por su hogar con lavadero de celosía hasta que uno comenzó a visitarla con más frecuencia: se enamoraron. Se casaron por la iglesia, como es tradicional, y le trajeron un segundo regalo a Vicente, un nieto también de cabello oscuro que heredó los ojos brillantes de la matriarca. Una vez más, se le caía la baba de tanto orgullo.
Sin embargo, Vicente comenzó a ver menos frecuentemente a su hija y a su nieto. Se vieron obligados a mudarse lejos, su elección fue Navalcarnero. La joven pareja contaba con buenos ingresos porque ambos habían seguido el camino correcto, pero el momento en que se volvieron incapaces de vivir a solo tres calles de Vicente y de disfrutar del arroz caldoso con él los domingos tras una parada para tomar un vermú, se tornó en un recuerdo lejano, de una época en que el precio de la vivienda tenía un sentido. Vicente debía conducir treinta minutos si quería visitar a su nieto, y cada vez que lo hacía, sus ojos se llenaban de lágrimas, y eso que no era alguien que soliera llorar.
Vicente estaba desconcertado. Había hecho todo correctamente, pero su familia ya no podía vivir en su barrio. Chamberí seguía siendo el mismo Chamberí de siempre por sus guirnaldas y portales anchos, pero algo estaba cambiando. Cada vez veía menos ancianos con bufandas anchas que paseaban mirando al suelo; la mayoría eran turistas con maletas y prisas; las tabernas habían dejado de ser auténticas; ya no había barras de acero donde los vecinos apoyaran los codos toda la noche, sino lugares de colores chillones y nombres repetidos, franquicias, que habían reemplazado las cálidas barras y los clientes leales por fríos mostradores y nativos digitales dispuestos a pagar siete euros por un café.
El barrio que había imaginado para su hija no había cambiado: lo habían borrado. Vicente había votado al Partido Popular toda la vida; se consideraba un facha, uno bastante presumido y soberbio, que solo hablaba de ello después de unas copas, a pesar de llevarse bien con el camarero sociólogo de la esquina – ya no estaba, ahora era una tetería neoyorquina –. No obstante, estaba cansado. Odiaba ver a Ayuso cada mañana en Telemadrid jactándose de lo bien que iba la ciudad; detestaba oírla hablar del rápido proceso de modernización que convertía a Madrid en la Miami de Europa. ¿Qué Miami ni qué Miami?, pensaba Vicente: lo que realmente deseaba era que su hija pudiera vivir a solo dos calles. Había hecho todo bien en su vida, había acumulado dinero y poder, pero no había logrado que lo que más amaba estuviese cerca.
Al final del día, caminaba desde el bar, el único sin turistas de la calle, hasta su hogar. El enfado lo consumía, se prometía a sí mismo que no volvería a votar por Díaz Ayuso. Pensaba en todos los Vicentes de otros barrios como Aluche, San Blas o Puerta del Ángel que, a pesar de haberlo hecho todo correctamente, no podían ver a sus nietos porque les estaban robando la ciudad. Pensaba que, si fuera político, comenzaría a articular un discurso en esa línea. Ahora, de verdad creía que existían alternativas, que había partido, y que podría ser la última legislatura de la actual presidenta si las demás opciones políticas supieran dónde atacar. Necesitaba que alguien le devolviera las esperanzas.


