El comisario Fernández Luna; conocido como don Ramón entre los delincuentes.
Don Ramón Fernández Luna fue a la Policía lo que Holmes a la investigación: un pionero, un metodólogo que incorporó las técnicas más modernas para resolver los crímenes que ocurrían en Madrid. Por ello, considero oportuno rendir homenaje a un policía que se … ganó el respeto de políticos, ciudadanos y criminales, justo en este momento en que los comisarios más renombrados deterioran la reputación de una institución esencial para la seguridad y bienestar de todos. Qué DAO se perdió España.
Aunque no se trata únicamente de esto, ya que Fernández Luna también fue pionero en salvaguardar la cadena de custodia de las pruebas, en analizar los escenarios del crimen o, por ejemplo, en el uso de la dactiloscopia, lo que llevó a la creación del primer registro de huellas dactilares de criminales. Qué enérgico y pertinente su legado en estos días de raíles sin custodia y de comisarios que abusan de su autoridad.
Nació en Almadén, Ciudad Real, en 1867. Desde muy joven experimentó el deseo de observar y conocer. Pasaba las tardes infiltrándose en la fábrica de harinas de Almadén, donde se decía que habitaban fantasmas. A partir de esos primeros pasos hacia la verdad, Ramón fue evolucionando y forjando una personalidad balanceada entre dudas y certidumbres que lo llevaría a convertirse en policía. Sin embargo, tendría que transcurrir más tiempo. A los 15 años arribó a Madrid, una ciudad que en aquel entonces vibraba en cafés y mentideros, poblada de diversas cabeceras de prensa y con un aroma a estiércol de caballo que impregnaba los portales y calles de una capital aún en formación.
Al llegar, encontró empleo en Loterías; posteriormente, como escribiente en el Gobierno Civil, y más tarde fue designado secretario de Delegación, puesto en el que permaneció hasta su desaparición. Fue entonces cuando se unió al Cuerpo de Vigilancia, la institución encargada de investigar los incidentes y crímenes de esa España que despertaba de las derrotas de principios de siglo. Quizás por su mirada analítica, Ramón ascendió a jefe Fernández Luna en la comisaría del antiguo distrito de Hospital. Allí desarrolló su estilo único, forjador de la policía científica actual, en casos emblemáticos como el robo del Tesoro del Delfín en el Museo del Prado, en 1918. Este tesoro incluía joyas y objetos artísticos que pertenecieron a Luis XIV de Francia, el Rey Sol.
Después de realizar una investigación escrupulosa sobre quiénes tenían acceso, llaves y libertad de movimiento dentro del museo, el comisario Fernández Luna identificó al autor intelectual del robo: Rafael Coba, un ludópata adicto a la vida fácil. Este individuo había participado en las pruebas para ser guardia del museo y, a pesar de omitir aspectos cruciales de su biografía, fue aceptado. Durante sus noches de libertad en el Prado, pudo seleccionar las piezas más valiosas y las que requerían menos esfuerzo para ser sustraídas. En menos de una semana lo situó como el autor del crimen y ordenó su detención. También fue pionero en algo que más tarde resultó fundamental para realizar misiones clave contra el terrorismo: la creación de la policía secreta. Utilizaban disfraces para infiltrarse en los recintos del crimen de la ciudad: burdeles, tabernas, hoteles y cualquier lugar donde la delincuencia fuera la norma.
En 1929 comenzaría la leyenda del mejor policía que tuvo la ciudad, del «Sherlock Holmes español»
Otro de los casos más destacados fue la captura del gran ladrón de guante blanco Fantômas, un sinvergüenza que desvalijaba hoteles y seducía a aristócratas para robarles sus joyas; una leyenda que se transformaría en cine con la mítica Atrapa a un ladrón (1955), protagonizada por Gary Grant.
Sin embargo, tanta eficacia y honestidad siempre representaron un problema cuando los superiores eran mediocres, y eso le ocurrió a Ramón unos años después. Se enfrentó a los encargados de seguridad del dictador Primo de Rivera por el nepotismo que caracterizaba el sistema de ascensos y traslados. En 1923 solicitó su jubilación por razones de salud y fue apartado del servicio. Fuera del cuerpo, fundó el Instituto Fernández Luna, una de las primeras grandes agencias de detectives de España.
Falleció pocos años después, en Madrid, en 1929, dando inicio a la leyenda del mejor policía que tuvo la ciudad, conocido como el «Sherlock Holmes español», apodo que le otorgó la prensa. Don Ramón: un comisario respetado hasta por los criminales más temidos, un gato que se convirtió en tigre y que profesionalizó al Cuerpo Nacional de Policía… hasta que llegó el último DAO.



