El fenómeno de la M-30
Dentro de la M-30, las percepciones cambian. Así lo afirmo, ya que me paso la vida entrando y saliendo como si hubiera abierto un portal en el tiempo para sumergirme en la paradoja, con los pies apoyados sobre … el horizonte de sucesos. Hay una forma singular de ver las cosas en Madrid, una perspectiva muy personal que no es ni mejor ni peor que la sevillana, la barcelonesa o la vallisoletana. Simplemente tiene mayor influencia, ya que establece el ritmo de la prensa, la política y las grandes empresas. Quizás por eso se tiende a considerar, de modo automático, como la más representativa del país. La estándar. Sin embargo, no lo es. En Madrid no hay tiempo para nada –ni siquiera para reflexionar– y se tiende a simplificar: ese toro no sirve, ese delantero es inadecuado, ese político no sabe. En cuestión de segundos se toman decisiones que quedan grabadas para siempre, sin oportunidad para la revisión, la duda o segundas interpretaciones. Este rasgo, a veces, se traduce en agresividad, simplificaciones y precipitación –es decir, en errores– o, peor aún, en un tipo de fundamentalismo dogmático que desestima la reflexión, la duda o el matiz, considerando todo esto como sinónimo de debilidad o inestabilidad.
Pero llega un momento en que la vida presenta problemas reales –trenes, inundaciones, incendios– y nos damos cuenta de que esa mentalidad no ayuda en la resolución de los problemas, sino que actúa en su contra. Se suponía que Juanma Moreno era un ‘moderadito’, un blando, un socialdemócrata, decían, como si ser socialdemócrata significara ser sinónimo de estado de bienestar, algo que se creía reservado a la izquierda y no la gran obra de la derecha. Sin embargo, cuando dos trenes descarrilaron, el que muchos consideraban blando mostró una lección de liderazgo, coordinación y corrección formal al club de fans de ‘El arte de la guerra’. Ahora, cuando Grazalema se inunda, vuelve a dar otra clase sobre gestión de crisis, comunicación y administración eficaz a los lobitos de Plaza de Castilla. Así que, aunque hay muchos powerpoints de estrategia, mucho ‘spin-doctor’ y mucho aprendiz de mago, al final, lo que se concluye es que el político verdadero no es quien grita y aprovecha cada ocasión para atacar al adversario, sino quien se comporta como un líder serio y evita actitudes desesperadas. ¿Por qué les resulta tan complicado a todos observar a Juanma y aprender de su ejemplo? ¿Hay algo que les impida, por naturaleza, actuar de manera correcta, seria y equilibrada?
Recientemente defendí a la Conferencia Episcopal en ABC, un acto que no parece heroico, pero que, dada la transformación del mundo, se ha convertido en una postura minoritaria dentro de la ‘derecha-M-30’. Un lector de Sevilla me hizo notar: «Tu postura puede ser minoritaria en Madrid, pero no lo es en Andalucía ni en el resto de España». Y tiene razón. La percepción de la España real no es la que tiene Madrid, sino algo mucho más vasto, complejo y sofisticado. Y, sobre todo, algo que no se limita a la M-30, sino que, quizás, comienza justo ahí.
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