El Oso y el Madroño: la icónica ‘marca Madrid’ que ha perdurado desde la Edad Media frente a cualquier intento de cambio.


Un escudo no surge de la nada. Generalmente comienza como una representación improvisada, diseñada para simbolizar a un pueblo que comienza a definirse. Con el tiempo, este símbolo adquiere forma, contenido y significado. Los elementos más comunes son animales imponentes, como leones o águilas, dragones y criaturas majestuosas… Todos ellos sugieren, a primera vista, poder y liderazgo, una forma de mostrarse ante otras comunidades. Pocos imperios han emergido bajo un emblema que represente a una rata o un insecto. Sin embargo, más allá de su origen, un escudo no se convierte en un símbolo hasta que una comunidad lo abraza como propio. En Madrid, esto también se da: su emblema histórico sigue firme en una ciudad donde ya no hay osos y, desde hace siglos, los madroños son escasos.

“Los escudos no son permanentes, pero antes hay que querer modificarlos”, reflexiona Alberto Tellería, de la asociación Madrid, Ciudadanía y Patrimonio, una organización que trabaja en la preservación del legado histórico, artístico y natural de la región. En los últimos meses, se han rediseñado imágenes oficiales en la ciudad y sus alrededores para adaptarlas a tiempos más contemporáneos. Recientemente, el Ayuntamiento de Madrid alteró su logo con un estilo conceptual, que transforma la identidad gráfica de Cibeles y simplifica el árbol en dos líneas: una curva representa la copa y otra recta el tronco. Este verano, el Consorcio Regional de Transportes (CRTM) presentó también un nuevo diseño para su tarjeta, más sobrio y moderno.

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