El papel de la RAE en la regulación del idioma | Perspectiva
Arturo Pérez-Reverte tiene razón en lo que expresó en su reciente tribuna: “La Academia se repliega ahora hacia posiciones más descriptivas que normativas”. Sin embargo, aunque esta transformación preocupa al autor y académico, considero que es el único principio científico defendible si se busca mantener una Real Academia Española (RAE) acorde a sus capacidades. En lo que sigue, como filóloga, abordaré cómo debe entenderse hoy el principio de “limpia, fija y da esplendor”.
Respecto a la lengua, es ineludible reconocer que no se puede anticipar a los hablantes. El propio lema lo aclara: se limpia o se fija lo que ya ha sido dicho y escrito. La discusión se centra en qué criterio adoptar para esta limpieza, si el de un grupo de hablantes o el de un autor reconocido. Desde el siglo XVIII, la RAE elaboró sus diccionarios apoyándose en las autoridades disponibles. Actualmente, se utilizan materiales más amplios gracias a una disciplina surgida después de la Academia: la Filología. Esta nos ha hecho entender la diversidad interna del español y la relevancia del estándar como marco de referencia, a la vez que ha desafiado los juicios prescriptivos rígidos que antes se podían formular sin rubor.
El fenómeno del dequeísmo ilustra de manera clara cuán relativa es la corrección en diferentes regiones geográficas: censurado en España, se encuentra frecuentemente en amplias áreas del habla culta en América. Algo similar sucede con la pronunciación en la que se pierde la —d— en participios terminados en —ado, lo que hoy puede sonar común en cualquier foro público español, pero sigue siendo considerado vulgar por muchos hablantes en América.
¿Debería la Academia reflejar los usos actuales o guiarlos? ¿Debería legitimar las modas o resistir a ellas? Abordar estas preguntas implica reconocer una capacidad del poder académico en la lengua que ni ha tenido ni tendrá nunca. Pensemos en lo que ocurre con el léxico, que es especialmente esquivo a cualquier control: palabras como control, que hoy forma parte del español general, se consideraron galicismos durante décadas, siendo recomendables sustituciones como comprobación o registro; no se reconoció en los diccionarios de la RAE hasta 1970.
Sin embargo, es engañoso simplificar la idea de que la lengua pertenece solo a los hablantes y que ellos son los que mandan. Tal como afirma Pérez-Reverte, la lengua surge de abajo hacia arriba, pero es enriquecida de arriba hacia abajo. Esta dirección dual ha sido constante históricamente, aunque el arriba de hoy no es el mismo que el de ayer. Decimos estando así las cosas porque tradujimos la expresión sic stantibus rebus de escritos notariales en latín; usamos talante porque Cervantes lo incorporó al discurso de don Quijote, y con la consagración de su obra se legitimó su lengua. Desde el XIX, ese arriba ha cambiado: hoy son la prensa, las novelas y otros medios como canciones o películas quienes propagan usos.
Por ello, más que nunca se requiere una RAE que no imponga normas de manera impulsiva ni se deje llevar por el pánico, sino que actúe con datos, con una perspectiva histórica y con cautela. Los hablantes asignan y retiran prestigio a ciertos rasgos basándose en convenciones socioeconómicas en lugar de en razones lingüísticas, pero al mismo tiempo buscan modelos firmes de corrección en el estándar de su época. En la tarea de construir este estándar para el español, la Academia tiene un rol activo que no parece haberse desentendido: asistí al Congreso Internacional de la Lengua en Arequipa, y creo que la sesión más contundente desde el punto de vista científico fue la presentación de nuevas obras de las academias americana y española: una Gramática y Ortografía renovadas, la actualización del Panhispánico de dudas, clásicos en ediciones de bolsillo, un nuevo corpus y, especialmente emocionante, el nuevo Diccionario histórico. Esta gran contribución científica llega a una sociedad alfabetizada, y es esencial recordar que si hoy escribimos peor no se debe a una RAE indulgente, sino a que leemos pocos textos elaborados.
Es cierto que el prestigio social y educativo de la Academia no es unánime, y que en los últimos años hemos sido testigos de críticas hacia su rumbo institucional. Pérez-Reverte, de hecho, demanda una mayor visibilidad pública de la RAE en las decisiones políticas relacionadas con la lengua. Desconozco si dicha reclamación nace de asuntos internos que me son ajenos, pero convendría señalar que en años recientes la Academia no ha permanecido en silencio. En 2022, frente a una mal concebida reforma de la Selectividad impulsada por el Ministerio de Educación, la RAE emitió un comunicado advirtiendo sobre las consecuencias negativas que ese modelo de examen tendría para la enseñanza del idioma. Su intervención, aunque discreta, ayudó a frenar un nuevo empobrecimiento del Bachillerato.
En un contexto reciente de desconfianza hacia cualquier institución normativa, las academias son a menudo caricaturizadas como círculos mayoritariamente masculinos donde un grupo de personas, desconectadas de la vida real del idioma, dictan desde arriba cómo debería hablar millones de individuos. Como resultado, defender a la RAE se ha convertido, paradójicamente, en un acto de resistencia contracultural. Sin embargo, estoy convencida de que en esta defensa, escritores y filólogos, ambos conscientes de la maravilla incontrolable que es la lengua, no estamos en bandos opuestos.



