El Prado revive la obra de Mengs, el pintor de temperamento difícil que fue ignorado por la Historia y cambió el arte. | Cultura
Las destacadas exposiciones del Museo del Prado, a menudo, se explican por sí mismas a través del cartel ubicado en la entrada de Jerónimos. Sin embargo, la de Antonio Rafael Mengs ha necesitado una presentación que aborde preguntas y respuestas elementales, como admitió Andrés Úbeda de los Cobos, jefe de Colección de Pintura del siglo XVIII y Goya y comisario de una muestra que simplemente lleva el nombre de su protagonista. Desde el inicio, una declaración de intenciones. ¿Quién es Mengs?, ¿cuál fue su relevancia?, y ¿por qué ahora merece este enfoque? El pintor que jugó un papel crucial en el surgimiento del Neoclasicismo y uno de los artistas más influyentes del siglo XVIII ha sufrido, como ha señalado el experto, un borrado de los anales de la historia del arte, lo que ha generado su olvido tanto entre académicos como en el público general. Por eso, desde el Prado, optan por organizar otra vez una exposición en torno a su figura —esta es la tercera— para reavivar el recuerdo de que, a pesar de su carácter difícil y su dogmatismo en la imposición de un canon de belleza pictórica, su figura es digna de ser recuperada.
La existencia de Mengs estuvo marcada desde su nacimiento por la figura de su padre. “El nombre que te imponen puede influir en todo”, ha comentado en la presentación este lunes Miguel Falomir, director del museo, al recordar que el creador recibió los nombres de pila de Antonio Allegri Correggio y Rafael de Urbino, dos destacados artistas del Renacimiento italiano. Desde ese momento, como se relata en los 10 capítulos que estructuran la muestra con 159 piezas, subvencionada por la Fundación BBVA, el futuro de Mengs se ha visto restringido por las exigencias y las elevadas expectativas que su padre depositó en él, así como las que él mismo se impuso. “La forma en que identificaba la belleza y la perfección formal, su técnica, lo convirtió en un pintor obsesionado”, ha explicado Úbeda de los Cobos. “Él afirmaba que sus obras nunca estaban terminadas; continuaba hasta la desesperación, siempre insatisfecho”.
El caso se ejemplifica, ha señalado también Javier Jordán de Urríes, otro comisario y conservador de pintura del siglo XVIII de Patrimonio Nacional, en sus pinceladas casi transparentes, lo que le permitía iterar una y otra vez sobre las mismas hasta lograr el efecto deseado. Es ese esmalte con el que finalizó sus obras y que ahora brilla en el Prado.
Mengs llevó a cabo su trayectoria profesional entre Dresde, Roma y Madrid en un periodo donde lo que se conocía como competitividad virtuosa dominaba el trabajo de los artistas en las cortes europeas. En otras palabras, los monarcas ofrecían grandes sumas de dinero para contratar a los artistas más talentosos. Una vez aceptada la oferta, los reyes fomentaban una de las batallas más intensas entre los pintores. Estas dinámicas tóxicas, esencialmente masculinizadas, perseguían el objetivo de poder presumir de las mejores obras de arte ante los demás miembros de la realeza. “La rivalidad y la competencia son motores excepcionales para la promoción del talento en el arte”, ha comentado Falomir.

En el caso de Mengs, Carlos III lo confinó en el Palacio Real para pintar, pared con pared, junto a Tiepolo, en un momento histórico, a mediados del siglo XVIII, en el que Madrid ya era reconocida como una capital pictórica en el circuito europeo. “Eran la luna y el sol”, ha comentado el director del Prado. No hay documentos que certifiquen, ha recordado Falomir, cómo el rey contribuyó a extraer el talento de Mengs a base de presión y, probablemente, engaños sobre el trabajo de su colega, pero sí una larga herencia en perfeccionar esta técnica entre monarcas y papas.
Si esta situación agrió su carácter, la forma en que sentó las bases del Neoclasicismo no le ayudó a forjar amistades entre sus contemporáneos. “Decidió transformar radicalmente los fundamentos de la pintura europea, colocando en el centro la escultura clásica y la tradición del mundo antiguo”, ha relatado el comisario. “En aquella época, los europeos no viajaban a Grecia; por lo tanto, su propuesta carecía de una realidad práctica. Sin embargo, él defendió que el mundo clásico había creado la belleza absoluta y que, por consiguiente, a los pintores contemporáneos solo les restaba imitarla”. Un dato más: quien no lo hiciera, caía en su más absoluto desprecio.

Por lo tanto, descalificó a las escuelas nacionales de los lugares donde trabajó. En España, desestimó el trabajo de Murillo y Velázquez, a quienes consideró buenos pintores, pero tildó de ignorantes por no adherirse a sus postulados. “Era muy vehemente y pretendía que todos siguieran su mismo credo, por ende, generaba conflictos en su entorno”, ha señalado Úbeda de los Cobos.
Solo tuvo un gran aliado en esta labor proselitista con el clasicismo griego. El arqueólogo alemán Johann Joachim Winckelmann le reveló este concepto de belleza que debía descubrir en las estatuas antiguas. Algunos de estos yesos expuestos en el Prado forman parte de la colección personal de Mengs y están ubicados al lado de sus obras para ilustrar su manera de pintar los cuerpos y las expresiones de sus personajes.
Desde 1755, ambos colegas esforzaron por imponer “la superioridad artística del arte griego” que el pintor perfeccionó a partir del dibujo; en la exposición se presentan 81 obras que evidencian su obsesión por la técnica. Sin embargo, cinco años después, esta alianza que había transformado los fundamentos de la pintura europea se disolvió de forma abrupta. Mengs falsificó un cuadro para dañar la reputación del experto. Varias teorías a lo largo de la historia han intentado explicar esta traición, siendo la más simple la envidia. El artista pudo no haber recibido la correspondiente validación por parte de Winckelmann en sus escritos, como se indica en las cartelas de la exposición.

“Su más importante rival siempre fue la Historia”, ha añadido Úbeda de los Cobos para completar el retrato de Mengs. El artista vivió en un desafío constante con Rafael de Urbino, conocido como “el príncipe de los pintores” por su obra y su impacto en la trayectoria de sus sucesores. “Siempre intentó superarlo”, ha señalado Falomir. Lo intentó a través de la imitación y terminó siendo considerado un irrespetuoso con la memoria del maestro. Un ejemplo se encuentra en la exposición del Prado en la obra Lamentación sobre Cristo muerto: una tabla que pesa más de 300 kilos y supera los tres metros de altura, las mismas dimensiones del Pasmo de Sicilia de Rafael.
En el Prado no solo recuperan la figura de Mengs, también muestran un agradecimiento especial hacia el pintor que logró convencer a Carlos III de no quemar los desnudos de las colecciones reales. “Gracias a él, tenemos pinturas de Tiziano que de otro modo se habrían perdido para siempre”, ha indicado Falomir.
Al final de esta extensa exposición, ecoan las preguntas fundamentales que el comisario planteó antes de iniciar el recorrido. Y responde a la razón de esta muestra: “Está relacionada con cómo se elabora el arte. Existen algunos valores básicos como el talento, aunque está claro que no siempre son la clave del éxito de un artista. También se puede evaluar su trascendencia a través de una pintura distinta y seguida por otros en el hilo de la historia. Mengs es precisamente la conjunción de ambos aspectos y la Historia del Arte no le ha dado el reconocimiento que merece”, ha añadido. “Al Prado le sientan bien estas exposiciones, especialmente en un momento en que parece que las programaciones de los museos son intercambiables y previsibles. Aquí apostamos por otros paradigmas”, ha concluido el experto frente a la mirada de su superior, Falomir.




