El Price brilla en su mejor imagen gracias a las presentaciones de Cirque Le Roux.
El Teatro Circo Price nunca ha tenido una fachada tan encantadora como la que presenta en estos días. Sin embargo, no se trata de la vista desde la calle que conduce a Atocha, sino de aquella que descubren los espectadores al entrar. En el centro de su escenario circular, les da la bienvenida una espectacular escenografía blanca que parece representar una estructura sin un estilo definido. Una gran pared de aproximadamente tres pisos de altura, dividida en niveles y compartimentos: puertas, ventanas, balcones, pasillos y hasta una gran cornisa en la parte superior… Todo evoca un edificio burgués del siglo XIX, pero con un toque de arquitectura contemporánea.
Este increíble despliegue escenográfico no solo cobra vida en la actuación que presenta durante dos semanas la compañía francesa Cirque Le Roux, sino que se convierte en un elemento esencial de la historia que narra Entre chiens et louves, una obra que confirma por qué hoy se considera uno de los grandes referentes del nuevo circo europeo.
La compañía gala trae a este emblemático recinto madrileño su tercer espectáculo, estrenado hace dos años y que ha alcanzado su mayor éxito. Una obra que fusiona con gran armonía el circo con una narrativa teatral y, a veces, cinematográfica, junto a otras disciplinas como la danza y el canto, sin olvidar un toque del característico humor francés.
Los ocho intérpretes han memorizado sus textos en español para conectar mejor con el público local, aunque el espectáculo sería igualmente comprensible sin este esfuerzo adicional que se aprecia gratamente. La imponente fachada que les sirve de escenario se despliega para mostrar tres habitaciones que reflejan historias de épocas diferentes (1870, 1960 y 2022), pero que se entrelazan.
Lo visual prevalece sobre lo literal: en ocasiones, el gesto reemplaza al texto, y el resultado conserva la precisión del circo y la emotividad del buen teatro. Desde el inicio, se presenta un caos milimetrado con los ocho artistas. Esa precisión se sostiene a lo largo de todo el espectáculo, aunque se lleva a cabo con tal naturalidad que parece pasar desapercibida.
Le Roux logra que la hazaña física se convierta en emoción. No hay ostentación ni exageraciones. Cada acrobacia surge de una necesidad dramática; cada caída o impulso cuenta algo sobre la fragilidad y la esperanza humanas. En ciertos momentos, los cuerpos parecen flotar, suspendidos entre la belleza y el vértigo. En otros, se aferran entre sí con la ternura de quienes saben que el equilibrio es lo único que los mantiene en pie (o boca abajo).
Las escenas se suceden a gran velocidad en esa fachada dinámica que nos revela sus estancias y secretos. Una especie de casa de muñecas donde cada habitación cuenta una historia que se traslada rápidamente a la pista central, ese escenario donde convergen los artistas para mostrar coloridos números corales y también momentos íntimos de uno o dos intérpretes.
La escalada por la fachada realizada por una de las intérpretes, que solo se sostiene de brazos y piernas que surgen de la escenografía, es tan evocadora como los equilibrios que hace a dos manos una pareja sobre un sugerente campo de espigas, que exhiben su fuerza sobre la fragilidad.
Aunque el verdadero protagonismo de la gran fachada móvil se alcanza al final del espectáculo, convirtiendo su cornisa en un gran elemento giratorio que los ocho artistas utilizan para realizar acrobacias que dejan al público a sus pies, como demuestra la ovación recibida al finalizar la función con el público en pie.
Esta es la respuesta a 75 minutos de acrobacias sin estridencias, humor sencillo, belleza enigmática, emoción contenida y mensajes sutiles sobre la esperanza, los prejuicios, la igualdad de género y la rebeldía. Con esta compañía, todos diremos lo que repite una de sus protagonistas en la función: “¡Quiero ir al baile!”.
El Teatro Circo Price nunca ha tenido una fachada tan encantadora como la que presenta en estos días. Sin embargo, no se trata de la vista desde la calle que conduce a Atocha, sino de aquella que descubren los espectadores al entrar. En el centro de su escenario circular, les da la bienvenida una espectacular escenografía blanca que parece representar una estructura sin un estilo definido. Una gran pared de aproximadamente tres pisos de altura, dividida en niveles y compartimentos: puertas, ventanas, balcones, pasillos y hasta una gran cornisa en la parte superior… Todo evoca un edificio burgués del siglo XIX, pero con un toque de arquitectura contemporánea.



