En apoyo a Madrid | Actualidad de Madrid


Hace unas semanas me mudé. No supe gestionar bien los tiempos, así que durante unas semanas me vi sin un lugar donde dormir. Hice lo que siempre he hecho cuando las cosas se complican. Cuando perdí un trabajo, cuando perdí un amor, cuando me perdí a mí mismo… Regresé a casa de mis padres. Esta es la casilla de salida desde donde planear un reinicio vital. Un lugar donde puedes sentirte vulnerable y protegido porque, al fin y al cabo, te tratarán como a un niño, hagas lo que hagas. Fue tras pasar unos días en el barrio (por mucho que me haya mudado, San Antonio de la Florida siempre será mi barrio) cuando me di cuenta.

Dicen que si vienes a Madrid eres de Madrid, y entiendo el sentido de esta frase, pero me permitiré discrepar. Hay un Madrid que muchas personas que se han trasladado aquí de adultas no conocen. Crecer en una ciudad hace que las esquinas se llenen de recuerdos, el mapa urbano se convierte en un palimpsesto. Hay mucha épica en el ‘volver’, pero es aún mejor no tener que hacerlo. No marcharse. Recorrer de adulto las calles donde jugaste de niño. Mantener el contacto con aquellos que te han visto crecer, para quienes tu identidad tiene un contexto.

En mi barrio, como en muchos barrios madrileños, la vida transcurre a un ritmo más pausado, un par de marchas por debajo de lo habitual. Los vecinos siempre saludan, como los protagonistas de las noticias. La gente pasea tranquila por los parques y en las tiendas no hay cajas de autopago, sino un tendero amable que da conversación. Aquí hay muchos árboles y pocos turistas. Las vecinas no te preguntan de quién eres porque ya lo saben. Las quedadas con amigos se organizan sin más preámbulos que un timbrazo al telefonillo, o se improvisan al cruzártelos por la calle. Son barrios tan de la periferia que están a millones de kilómetros de lo que representa la Puerta del Sol. Del Madrid que retocan muchas veces los medios. Como decía Aida dos Santos, y como recordaba hace poco un maravilloso reportaje de SModa: aquellos que viven en el centro no necesitan desplazarse a las periferias y, por ende, las desconocen. No son siquiera un recurso narrativo.

Y esto es lo que ocurre con esta ciudad. Que se cuenta desde el centro sin considerar los márgenes. Que la corte ha engullido a la villa y el Madrid de los políticos ha eclipsado al de los vecinos. Escucho en los últimos meses, con una insistencia casi molesta, críticas desproporcionadas sobre Madrid. Se describe como una megápolis ultracapitalista y agresiva. Gotham parecería un pueblecito de la campiña francesa en comparación con esta ciudad. Dicen que en Madrid ya no se puede vivir. Deberían preguntarnos a los tres millones y medio de personas que lo hacemos cómo lo hemos logrado.

Y no es que esta ciudad no tenga problemas: los atascos, el sobreturismo, la especulación inmobiliaria, la corrupción de un partido arraigado en el poder desde hace décadas… Lo que me incomoda es que se describan como aspectos de un castizo endémico, más madrileño que los zarajos. Comprendo los mecanismos subyacentes. Entiendo que la ciudad se asocia a sus gobernantes, y que Isabel Díaz Ayuso ha logrado capitalizar eso, intentando monopolizar la idea de lo madrileño.

Pero no entiendo por qué debemos aceptar su relato. Ya les regalamos la noción de España; ahora parece que les estamos cediendo la idea de Madrid. No sé qué será lo siguiente. ¿Salir a la calle con cadenas gritando “abajo la libertad”?

Lo que quiero expresar con esto es que Madrid también es barrio y refugio. Que es diversa, cambiante, y tan vasta que no puede ser reducida a una bandera política. Madrid tiene malos gestores, pero no es una mala ciudad. No recuerdo dónde leí que si solo te gusta una ciudad cuando gobiernan los tuyos, en realidad no te gusta la ciudad, te gustan los tuyos. Y a mí me encanta Madrid.

Puede que mi percepción también tenga sesgos. Sé que incluso los fracasos propios suelen verse de manera más favorable que los triunfos ajenos. Que la ciudad donde vives se siente un poco como parte de tu familia, y por eso tienes esa extraña sensación de que la única crítica legítima es la tuya. Pero echo de menos a narradores más amables, que vean esta ciudad que existe, a pesar de Almeida y de Ayuso. A escritores que glosen a su gente, como hizo Almudena Grandes. A directores que reflejen la modernidad de su juventud, como hizo Almodóvar. Y a periodistas que recuerden que hay Madrid más allá de la M30.

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