Es esencial entender a tus clientes y ofrecerles lo que desean antes de que lo soliciten.
La Puerta del Sol se despide en A Coruña. Después de dedicarse toda la vida a la hostelería, ha llegado el momento de descansar. «Ya cumplí», confiesa Pepe Rodríguez. Un trabajador incansable. No importaba la hora, si pasabas por el número 5 de la calle Sol, ahí estaba él. Siempre con su camisa blanca metida por dentro del pantalón. Creció en un ambiente de hostelería que aún vestía de uniforme, y hasta en su propio hogar quiso mantener esa forma de hacer las cosas.
Originario de A Baña, se trasladó a A Coruña con 16 años. Pasó por lugares tradicionales como La Bombilla, el Anduriña, As Cavas e incluso intentó suerte en Santa Cruz (Oleiros), en O Pote. En un momento, decidió tomarse un descanso. «Marché por la morriña», dice. Pero el Sol llamó a su puerta. Su tío se jubiló y confió en Pepe para continuar con el negocio.
Eso fue hace ya 32 años. En ese entonces, el local solo funcionaba como cafetería. Aunque le iba bien, con la entrada de Pepe y su hermano —quien falleció en los últimos años— llegaron las tapas y el vino. Y eso transformó el lugar por completo. El cambio le vino como anillo al dedo.
Hoy, visitar la Puerta del Sol es encontrar lo mejor de un bar de barrio: comida casera, deliciosa y asequible. Aunque para Pepe eso no lo es todo: «Debes conocer a tus clientes, saludarlos por su nombre y servirles lo que desean sin que lo pidan«, explica. Así de sencillo.
Solo de esta manera se logra mantener una clientela a lo largo de casi un siglo de historia. En la Puerta del Sol se puede encontrar gente de todas las edades: desde los hombres con bastón que piden su descafeinado con «unas gotas», hasta los más jóvenes que optan por Coca-Cola Zero «sin limón».
Mercedes, en la cocina, aporta su talento. «Lo borda», dice el dueño sin que ella lo escuche. Porque esto no es solo cuestión de la barra. Quedan pocos lugares en el centro de A Coruña donde te sirvan un plato de judías verdes con filete. Como en casa, pero sin ensuciar la cocina. O unos calamares fritos, una tapa de callos o un filete empanado con patatas.
Todo eso se perderá el 20 de diciembre. «Me piden que no me vaya, pero ha llegado el momento de descansar y cuidar mi salud», reconoce Pepe. A sus sesenta y tantos, ya le toca. Ahora queda pasar el testigo. Aunque, por el momento, no ha aparecido ningún candidato, él lanza la sugerencia al aire, por si alguien se anima a coger el traspaso.



