España restringe su espacio aéreo para los vuelos de aviones involucrados en el conflicto de Irán.


España ha cerrado su espacio aéreo a los vuelos relacionados con la operación Furia Épica, que ha sido lanzada por EE UU e Israel contra Irán. No solo se prohíbe el uso de las bases en Rota (Cádiz) y Morón de la Frontera (Sevilla) por aviones de combate o de reabastecimiento en vuelo que participen en el ataque, sino que tampoco se permite el uso de su espacio aéreo para aeronaves estadounidenses ubicadas en otros países, como el Reino Unido o Francia, según afirman fuentes militares.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, lo mencionó el pasado miércoles durante un pleno del Congreso, aunque sus declaraciones no recibieron la atención merecida en medio de la tensión política. “Hemos negado a Estados Unidos el uso de las bases de Rota y Morón para esta guerra ilegal. Todos los planes de vuelo que incluyen acciones relacionadas con la operación en Irán han sido rechazados. Todos, incluidos los de aviones de repostaje”, declaró. En otras palabras, no se aprueban los sobrevuelos de bombarderos o de aviones cisterna que participan en esta operación.

La excepción al veto español es únicamente en situaciones de emergencia, donde se permitirá el tránsito o aterrizaje de la aeronave implicada. Esto no significa que las bases de Morón y Rota no estén siendo utilizadas por aviones de la Fuerza Aérea de Estados Unidos (USAF), ya que continúan operando todas las misiones que están bajo el marco del convenio bilateral con Washington, como el apoyo logístico a las tropas estadounidenses desplegadas en Europa, con un total de unos 80,000 efectivos, dado que estas operaciones se llevan a cabo con normalidad. Además, desde el Centro de Control Aéreo de Sevilla, la entidad pública ENAIRE ha proporcionado apoyo a la navegación de los bombarderos B-2 Spirit que salen desde su base en Whiteman, en el estado de Misuri, atacan Irán y luego vuelven en un vuelo de más de 30 horas sin escalas. Sin embargo, estos bombarderos no entran en el espacio aéreo español, sino que cruzan en tránsito por el estrecho de Gibraltar, algo que España no puede impedir.

Más allá del lema del “No a la guerra” promovido por el Gobierno, la posición de España ante el conflicto, que comenzó hace más de un mes, ha evolucionado desde un enfoque técnico hacia una postura más próxima a la neutralidad.

En las semanas antes del ataque del 28 de febrero, según la reconstrucción realizada por EL PAÍS, se llevaron a cabo intensas negociaciones entre Madrid y Washington sobre el rol de España en el despliegue militar estadounidense. El Pentágono destacó al menos quincena de aviones cisterna, principalmente KC-135 Stratotanker, en las bases de Rota y Morón para apoyo logístico a un despliegue de fuerza cuyo objetivo, según se decía en ese momento, era presionar a Irán para que concediera en las negociaciones que se celebraron en Omán y Ginebra y se comprometiera a desmantelar su programa nuclear y de misiles sin necesidad de recurrir a la acción bélica.

Fue en este contexto político-militar, según diversas fuentes, que Washington sondeó a sus interlocutores sobre la posibilidad de desplegar en bases españolas bombarderos B-52H Stratofortress y B-1B Lancer. Según la parte estadounidense, su misión no sería atacar directamente el país persa, sino actuar como fuerza de reacción en caso de que los iraníes atacaran bases de la OTAN o de países aliados. Teóricamente, se limitarían a destruir los silos y lanzadores de misiles de Teherán en un segundo golpe.

Tanto los B-52 como los B-1 han sido desplegados en varias ocasiones en Morón para llevar a cabo ejercicios (las últimas en marzo de 2024 para los B-1, y en noviembre de 2025 para los B-52), por lo que la base sevillana cuenta con las instalaciones necesarias para recibirlos. Sin embargo, solo una vez, durante la guerra del golfo en 1991 contra Irak, el Gobierno de Felipe González autorizó que se usara como plataforma para atacar directamente a un tercer país. En esta ocasión, las autoridades españolas dejaron claro a las estadounidenses que no podían colaborar en una operación que no se conformara al derecho internacional ni contara con el apoyo de alguna organización multilateral (ONU, OTAN o UE), por lo que el plan fue retirado y la propuesta para desplegar bombarderos en suelo español nunca se presentó formalmente, según fuentes gubernamentales.

No obstante, la negativa española a colaborar en una guerra que desde su inicio carecía de cobertura legal conllevaba otras implicaciones: la prohibición de que los aviones cisterna ya desplegados en Morón y Rota pudieran reabastecer en vuelo a los bombarderos, condición esencial para ampliar su radio de acción. Así, durante el fin de semana del 28 de febrero y el 1 de marzo, una quincena de aeronaves KC-135 salieron de España con destino a Francia o Alemania. Estos aviones cisterna, que son un pilar fundamental del poder aéreo, han sido desplegados durante el conflicto en otros países europeos, como Rumanía. Uno de ellos aterrizó de emergencia en Irak, resultando en la muerte de sus seis ocupantes, mientras que cinco más resultaron dañados en un ataque iraní contra una base americana en Arabia Saudí.

La cronología evidenció la falta de preparación de una operación que tomó por sorpresa a los aliados europeos. No solo no fueron informados del inicio de la guerra, sino que las noticias que recibían indicaban lo contrario: se estaba cerca de lograr un acuerdo entre los enviados de Teherán y Washington en Ginebra. El portaaviones USS Gerald Ford, el más grande de la Navy, que cruzó el estrecho de Gibraltar el día 17, había zarpado del puerto de Souda (Creta), pero aún no estaba en posición de combate. Según diferentes fuentes, fue una alerta de la inteligencia israelí, que había localizado una reunión del líder supremo, Alí Jameneí, con sus colaboradores más cercanos, lo que precipitó el ataque. El ejército israelí se adelantó con la intención de descabezar al régimen, pero este no se desmoronó como algunos anticipaban.

Frustrado el plan de desplegar los bombarderos en España, Washington buscó un lugar alternativo en Europa para los B-52 y B-1, encontrándolo en la base de Fairford, en el condado de Gloucester, al sureste de Inglaterra. A pesar de su resistencia inicial, el primer ministro británico, Keir Starmer, cedió ante las exigencias de Donald Trump, quien le reprochó no haber participado activamente en los ataques. Además de la base de Diego García, en el Índico, se concedió Fairford, aunque solo para “misiones defensivas”; es decir, para eliminar las lanzaderas de misiles que Irán utilizaba para atacar a sus vecinos del golfo y a las bases y ciudadanos británicos en la región. Los bombarderos estadounidenses fueron desplegados en las bases británicas el 9 de marzo, diez días después de que comenzara la guerra.

Los B-52 y B-1 tienen autonomía suficiente para atacar Irán y regresar a Inglaterra sin necesidad de repostar, pero, debido a cuestiones de peso, la cantidad de bombas es inversamente proporcional a la de combustible. A menor cantidad de queroseno al despegue, mayor capacidad para cargar proyectiles. Por eso, los bombarderos que parten de Fairford son reabastecidos en vuelo por los KC-135 que salieron de España el 28 de febrero y se trasladaron a la base de Istres-Le-Tube, en el sur de Francia, a aproximadamente 60 kilómetros al oeste de Marsella. El Estado Mayor francés aseguró que se limitan a misiones de apoyo a los países aliados de París en el Golfo.

Desde un punto de vista militar, el rechazo español a colaborar ha complicado la operación. Mientras que las bases de Rota y Morón facilitan un rápido acceso al mar y los repostajes se ejecutan sobre el Atlántico, los bombarderos que despegan de Fairford deben atravesar Francia de norte a sur y reabastecerse de combustible cuando cruzan al Mediterráneo, a menos que lo hagan sobre suelo francés, lo que implica un mayor riesgo. En ciertas ocasiones en las que los bombarderos no han sobrevolado Francia —ya sea porque París no lo autorizó debido a la carga o por razones operativas— han tenido que rodear la península ibérica para ingresar por el estrecho de Gibraltar; dado que, como se ha mencionado, España no permite que entren en su espacio aéreo. En esos casos, como con los B-2 que vienen directamente desde EE UU, el repostaje es proporcionado por los aviones cisterna KC-46 Pegasus estacionados en la base de Lajes, en las Azores.

La negativa de España a ofrecer apoyo a los ataques aéreos no ha impedido que los cinco destructores estadounidenses de la clase Arleigh Burke desplegados en la base naval de Rota tengan un papel prominente en el conflicto, aunque su misión sea estrictamente defensiva. Tres de estos barcos —el USS Oscar Austin, el USS Roosevelt y el USS Burkeley— se han trasladado al Mediterráneo Oriental para proteger a Israel de los ataques con misiles lanzados como represalia por Irán. Gracias a su sistema de combate Aegis, han participado en la interceptación de tres misiles balísticos que han invadido el espacio aéreo turco, un país socio de la OTAN. La batería de misiles Patriot que el Ejército español ha mantenido durante la última década en la base estadounidense de Incirlik, en Turquía, también ha estado monitoreando esos ataques; aunque, tras el despliegue de una segunda batería estadounidense de Patriot en la misma base, que coordina con la española, esta última se ha especializado en la neutralización de misiles de crucero y drones.

Hasta ahora, España ha rechazado participar en una posible misión para forzar la reapertura del estrecho de Ormuz, una solicitud que Trump ha hecho a sus aliados, y que en todo caso no se activará hasta que termine la guerra. Igualmente, se ha opuesto a fusionar la operación europea Atalanta, dedicada a la lucha contra la piratería en el Índico, cuyo cuartel general se encuentra en Rota, con la también europea Aspides, que busca proteger la navegación en el mar Rojo de los ataques de los hutíes yemeníes, aliados de Teherán. En cambio, ha enviado la fragata Cristobal Colón, la más moderna de la Armada, para proteger a Chipre, el socio más oriental de la UE, tras el ataque con drones lanzado desde Líbano por la milicia proiraní Hezbolá.

El Gobierno se esfuerza por mantener un complicado equilibrio: rechaza cualquier cooperación con una guerra que califica de ilegal, al mismo tiempo que colabora en la defensa de Turquía y Chipre, cumpliendo así sus compromisos con la OTAN y la UE. La presencia de bases británicas y francesas en el Golfo, así como sus intereses en la región, explican la postura diferente de Londres y París, según los expertos, mientras que Alemania, que alberga en la base de Ramstein el centro de control de los drones armados operados por el Pentágono en la zona, tiene una deuda histórica con Washington por la liberación del nazismo y su defensa frente a la Unión Soviética. La situación podría complicarse, advierten, si se rompe el actual compás de espera y, como ha amenazado Trump, la guerra entra en una nueva fase de ataques contra objetivos civiles e infraestructuras energéticas, lo que resultaría aún más complicado para los socios europeos.

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