Establecimiento de la Logia Las Tres Flores de Lys: El Primer Grupo Masónico en Madrid (1728)
Madrid alberga episodios que, sin necesidad de proclamaciones, marcan momentos decisivos. El 15 de febrero de 1728 es uno de esos días. En una estancia reservada de un palacete de la Villa, nació la logia “Las Tres Flores de Lys”, considerada el primer núcleo masónico de España. No hubo anuncios, ni avisos públicos, ni testigos externos. Solo una reunión meticulosamente organizada, resguardada por el secreto, en un lugar elegido para permanecer al margen del bullicio exterior.
En esa época, la ciudad estaba bajo la estructura borbónica, regida por la etiqueta y por una rigurosa jerarquía social. No obstante, tras las puertas de ciertos salones privados surgía un tipo de encuentro diferente: el de quienes deseaban dialogar sin intermediarios ni formalismos, guiados por el uso de la palabra medida y el intercambio riguroso de ideas. El noble británico Philip Wharton, figura prominente de la masonería en Europa, fue uno de los fundadores de aquella logia, que introducía en Madrid una sociabilidad discreta y metódica. Esta logia no pretendía alterar el orden público, sino ofrecer un espacio para la reflexión que escapase a la vigilancia del ceremonial oficial.
La creación de “Las Tres Flores de Lys” no interrumpió el ritmo de la ciudad, pero dejó una marca que se integró naturalmente en la memoria de Madrid. Su existencia evidenciaba que, bajo la solemne apariencia de la corte, había espacios donde el pensamiento podía organizarse sin alardes. En la atmósfera silenciosa de aquella sala emergieron conversaciones sustentadas en la precisión, la escucha y el trueque de ideas, anticipando una nueva forma de reunirse.
Curiosamente, otro 15 de febrero —el de 1834— Madrid dio origen a su Policía Urbana, el primer cuerpo dedicado a regular y supervisar el espacio público. Dos acontecimientos separados por más de un siglo, pero conectados por la misma fecha, que evidencian la tensión característica de la ciudad entre lo íntimo y lo institucional, entre la reunión privada y la regulación del espacio público. La historia de la capital se ha forjado precisamente en ese equilibrio: en la convivencia entre los espacios protegidos y aquellos que son vigilados.
La reunión de 1728 no dejó registros públicos, pero sí una huella perdurable. Aquella habitación, resguardada del frío y de las miradas ajenas, se convirtió en un punto de partida para una nueva manera de estar juntos, sin necesidad de escenarios ni solemnidad exterior. Desde entonces, Madrid guarda en la sombra de sus edificios la memoria de una noche en la que una decisión discreta amplió los límites de su vida intelectual.
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