Fallece el fotógrafo Martin Parr, el narrador de la desigualdad social y la peculiaridad | Cultura
Martin Parr comentaba recientemente en una entrevista con la revista Esquire que «lo único positivo de haber crecido en Surrey [el condado del sureste de Inglaterra] era que hacía que cualquier otro lugar pareciera interesante». Por eso se marchó pronto de allí.
Sin embargo, ese desprecio hacia una de las regiones que mejor capturan la esencia del alma británica, con sus paisajes, jardines y monumentos históricos, era en verdad una provocación juguetona y engañosa. Porque en esa misma entrevista expresaba su aprecio «por la locura de los ingleses, con sus pasiones e intereses. Las carreras, las ferias agrícolas o las vacaciones estivales. Somos un grupo de excéntricos».
Parr, quien con sus fotografías a color de los bañistas de clase media en las costas inglesas o de las celebraciones de la clase alta y ‘thatcheriana’ de los años ochenta retrató de forma magistral la división de clases de la isla, falleció este sábado en su residencia de Bristol, según anunció su familia a través de un mensaje en Instagram. «Con gran tristeza, informamos que Martin Parr (1952-2025) falleció ayer en su hogar en Bristol», reza el comunicado. Había sido diagnosticado con cáncer en mayo de 2021.
Parr fue considerado uno de los fotógrafos documentales más relevantes de los últimos cincuenta años. Ejerció como Presidente de la agencia Magnum de 2013 a 2017.
Su libro de 1986, The Last Resort: Photographs of New Brighton, marcó una revolución en la fotografía documental, que hasta entonces se caracterizaba por el uso romántico del blanco y negro, idealizando una Inglaterra distanciada de esa nostalgia de posguerra. El título también contenía ironía y desafío. Resort es el término en inglés para referirse a complejos vacacionales, pero last resort también conlleva la connotación de ‘último recurso’. La playa de New Brighton, en la península de Wirral cerca de Liverpool, era el último y asequible recurso para una clase media-baja ávida de sol y diversión.
“Los lugares de costa parecen alegres, pero también ocultan una cierta depravación”, analizaba Parr. Tres veranos consecutivos en New Brighton enseñaron instantáneas fascinantes y desalentadoras, con ingleses robustos y quemados por el sol; paseos marítimos abarrotados con basura del consumo; niños llorosos en busca de fish & chips, el platillo por excelencia de la clase trabajadora británica.

No todo el mundo logró apreciar la propuesta creativa de Parr. Su intención de reflejar una Inglaterra muy real fue interpretada por algunos críticos como la visión arrogante y condescendiente de alguien de una clase social alta. Sin embargo, su trabajo se volvió muy popular, y sus admiradores veían en esas imágenes el cotidiano y las aspiraciones de muchos conciudadanos.
“Todos los fotoperiodistas son de izquierdas. No te dedicas a este campo si no te preocupan las personas y no te interesa su bienestar. Aunque mi objetivo sea exclusivamente crear entretenimiento”, afirmaba Parr en otra entrevista, esta vez para el diario The Observer.
Tras la publicación de su libro de escenas veraniegas, siguió otra gran obra, The Cost of Living (El Coste de la Vida). Para entonces, Parr se había mudado a Bristol con su esposa Susan Mitchel, a quien conoció en la Politécnica de Mánchester a finales de los sesenta, y con su hija, Ellen. Después de varios años en la costa oeste de Irlanda, su llegada a una ciudad portuaria vibrante y moderna coincidió con el inicio de la era de Margaret Thatcher en el Reino Unido.
Parr entonces retrató la otra cara de la moneda en una sociedad en la que, más que en cualquier otra de Europa, la división de clases seguía siendo muy palpable. Fiestas en jardines lujosos, actos en colegios privados y consumismo voraz. Las nuevas fotografías lograron convencer a los más escépticos sobre los propósitos creativos del autor.

Durante muchos años, Parr se escapó a Benidorm para documentar un destino en la costa española que le fascinaba, un lugar de peregrinación para muchos ingleses que lo hicieron suyo, aportando una iconografía a la vez kitsch y excéntrica, llena de pieles tostadas, colchonetas inflables, alcohol y colores llamativos.
Su ingreso a la agencia de fotografía Magnum, el referente del fotoperiodismo, estuvo rodeado de controversia. Algunos colegas criticaron su trabajo, considerándolo populista y superficial. Philip Jones Griffiths, el fotógrafo galés que capturó los horrores de la guerra de Vietnam, lideró una campaña feroz contra su entrada en la agencia. «Alguien a quien se ha descrito como el fotógrafo favorito de Margaret Thatcher no puede pertenecer a Magnum», argumentó en su momento.

Parr logró ingresar tras una votación en la que se aprobó su candidatura por un solo voto. Años después, entre 2014 y 2017, fue presidente de la agencia, cuando la calidad y la relevancia de su obra ya eran indiscutibles.
Como buen británico excéntrico, Parr se convirtió en un coleccionista compulsivo de objetos insólitos, como todo lo relacionado con Laika, Belka y Strelka, las tres perritas astronautas que la Unión Soviética envió al espacio, o una colección de relojes de Sadam Hussein. «La fotografía», decía, «también es una forma de coleccionismo». Sus instantáneas, que en su momento impactaron como un jarro de agua fría, hoy se consideran una colección de nostalgia por aquellos defensores del Brexit que anhelan una Inglaterra desaparecida. Aunque Parr se oponía a la salida del Reino Unido de la UE, como muchos británicos a los que la prensa llamó remoaners, nunca dejó de añorar y perseguir con su arte el país que tanto quería.



