Fallece la etóloga británica Jane Goodall a los 91 años | Medio Ambiente y Cambio Climático


La etóloga y primatóloga británica Jane Goodall ha fallecido este miércoles a la edad de 91 años por causas naturales, de acuerdo con la información publicada por el instituto que fundó en 1977, cuyo propósito es promover la conservación de los ecosistemas y la biodiversidad. Mensajera de la Paz de la ONU, Goodall fue reconocida por sus métodos innovadores y por sus impresionantes descubrimientos sobre el comportamiento de los chimpancés salvajes en Gombe (Tanzania). En el momento de su muerte, se encontraba en California, participando en su gira de conferencias por Estados Unidos.

El famoso «principio de Planck» sostiene que la ciencia avanza “funeral a funeral”, ya que debe fallecer una generación que se resiste a los cambios y a las ideas nuevas para que la siguiente acepte con naturalidad los progresos. En el caso de Goodall, esto no fue necesario, ya que logró un éxito inmediato gracias al entusiasmo del público por sus documentales para National Geographic.

“Adoptó un método poco convencional, se sumergió completamente en el hábitat de los chimpancés, experimentó de cerca una sociedad tan compleja más como miembro que como observadora externa, y rompió los convencionalismos científicos al darle un nombre a cada uno en lugar de un número”, explicaba un texto del Jane Goodall Institute. “No solo los entendió como especie, sino como individuos con personalidades distintas, mentes complejas, emociones y lazos afectivos duraderos. Sus descubrimientos sobre la capacidad de los chimpancés para usar herramientas siguen siendo de los más relevantes en el campo de la primatología”, añadía.

Nacida en Londres, creció en la época de la posguerra en la casa familiar de Bournemouth, al sur de Inglaterra.

Ella misma narraba que tenía cuatro años cuando llegó de vacaciones con su madre a Bournemouth, donde residiría durante varios años. En una gran finca con vacas, cerdos y caballos, comenzó a obsesionarse con cómo un huevo llegaba a salir de una gallina. Para averiguarlo, se escondió en uno de los seis gallineros de la casa durante cuatro horas, hasta que vio a una gallina marrón levantar las alas para dejar caer un huevo blanco sobre la paja. Para la etóloga, este fue el momento en que comenzó su camino como investigadora.

Sin los recursos necesarios para costear su educación universitaria, se preparó para trabajar como mecanógrafa y contable para ayudar económicamente a su familia, laborando en un puesto de secretaria que resultó ser aburrido. Nunca dejó de soñar con África. Con el trabajo adicional como camarera, logró ahorrar lo suficiente para viajar a Kenia a los 23 años, gracias a la invitación de un amigo que vivía en Nairobi.

Pronto recibió una oferta de trabajo del renombrado antropólogo Louis Leakey, quien se percató de su aguda habilidad de observación. A pesar de su falta de experiencia formal como científica —y, por ende, de los prejuicios de la profesión—, su pasión por los animales convenció al profesor de que era la candidata ideal para estudiar la vida social de los chimpancés. En 1960, Leakey la envió a Gombe (Tanzania) con la arriesgada misión de investigar por primera vez a los chimpancés salvajes de la región. Los resultados de su trabajo de campo impactaron a la comunidad científica y cautivaron al público a través de los documentales que protagonizó.

Influenciada por Leakey, Goodall finalmente pudo realizar un doctorado en la Universidad de Cambridge en 1962, a pesar de no contar con el grado académico habitual. Aunque no mostraba un especial entusiasmo por el mundo académico, como ella misma reconoció, completó su tesis en agradecimiento al esfuerzo y la confianza que habían puesto en ella. Sus compañeros de estudio manifestaban hacia ella una condescendencia ignorante, burlándose de que les había puesto nombres a los chimpancés. “No les di una personalidad, simplemente describí la que ya tenían”, explicó Goodall a la BBC.

“Puedes sentir empatía y ser objetivo al mismo tiempo”, advirtió en su última entrevista con este medio, realizada en mayo. “Recuerdo una vez que una cría se rompió el brazo, y cada vez que su madre se movía, el bebé lloraba. Su madre la sostenía más fuerte, lo que causaba más dolor. Yo estaba llorando. Pero si lees mis notas, recogen cada detalle con precisión. Puedes tener empatía y observar de manera objetiva”, expresaba la primatóloga, quien publicó alrededor de treinta libros y participó en más de veinte producciones televisivas. El documental biográfico El viaje de Jane, de Lorenz Knauer, fue preseleccionado para los Oscar en 2012.

A lo largo de su vida, Goodall recibió numerosos premios y reconocimientos. Carlos III de Inglaterra, un gran defensor de la naturaleza y la conservación de la fauna, le otorgó el título de Dama del Imperio Británico, y el entonces presidente de EE. UU., Joe Biden, le entregó personalmente la Medalla de la Libertad, la más alta distinción civil otorgada en el país.

En sus últimos años, la primatóloga mostró una creciente preocupación por el futuro del planeta, aunque siguió instando a la acción. “Si no nos unimos e imponemos regulaciones más estrictas en torno al medio ambiente; si no nos alejamos más rápidamente de los combustibles fósiles o frenar la agricultura intensiva, que destruye el suelo y afecta gravemente a la biodiversidad, nuestro futuro estará condenado”, declaró a la BBC en una de sus últimas entrevistas.

Hasta el final de su vida, Goodall continuó trabajando incansablemente. Participó en numerosos eventos, colaboró en pódcasts y ofreció charlas. Tenía programada una conferencia para este viernes en California y otra, cuatro días después, en Washington D.C.

Al cumplir noventa años, la revista Vogue le solicitó que resumiera su filosofía de vida en nueve consejos esenciales: trabaja duro, busca el entendimiento común, muestra empatía, apoya a tus hijos, no temas cambiar de opinión, convencete de que todos podemos impactar el planeta con nuestras acciones, sé fiel a ti mismo y actúa, no te quedes inactivo. Y lo más importante, añadió, comprende que todo ocurre por una razón. Como aquel viaje a Kenia que transformó su vida y ayudó a miles a percibir a los animales de una manera más humana y empática.

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