Habitaciones, uvas, recuerdos y la evaluación de la Nochevieja.
Una vez más. Un año más. Reconocer que ha transcurrido uno más. Nunca un año menos, siempre uno más, empujando la esfera del carillón de la Puerta del Sol que se desplaza hacia adelante, siempre adelante, nunca hacia atrás.
Todos, al unísono. Recordar que son los cuartos. ¿Qué cuartos? Pregunta un niño que observa por primera vez el viejo y el nuevo año en la televisión. «Cada uno de los quince minutos que tiene una hora», intenta explicarle un adulto lo que todos saben que no tiene sentido, porque siempre hay alguno que se enreda cada año y se come las uvas antes. Lo habitual en algunas casas no es comer las uvas con las campanadas, sino hacerlo antes, enredándose con el sonido de las campanadas. Tiene su encanto y todos ríen, todos celebran y todos viven, porque la perfección es vida, pero la imperfección lo es aún más.
Los ánimos se caldean para aceptar que ha pasado uno más. El reloj de antaño sigue siendo el mismo de ahora. Continuamos frente a la televisión; creo que este año será mi primer programa en directo. He dejado de lado la televisión de la forma menos traumática que recuerdo: simplemente olvidándolo. Aceptándolo, que las cosas se olvidan. Todo pasa, todo fluye, y todo hay que aceptarlo con el menor drama que puedas. Ese es parte del secreto de la felicidad.
Una vez más el champán, las uvas y sin rastro de alquitrán… De esos hábitos de la nicotina nos libramos hace mucho tiempo. Cuántas vidas caben en una vida, cuántos yos: siempre el mismo y siempre distinto.
Realizamos el balance de lo positivo y lo negativo. Que cuando ya van cayendo tacos, mejor tratarte con indulgencia ante el espejo, con la copa de champán —celebremos la dinastía de reyes navarros de aquel condado francés— en mano, y brindar por el año que viene en buena compañía, y que perduren, como los golpes de autos de choque sanfermineros que aparecen en el cuerpo y también en el alma.
Entre gritos y pitidos, los españoles hacemos, por una vez, algo a la vez. Cinco minutos antes de la cuenta atrás. Despertar a los que estamos vivos y el próximo año nos reiremos. En la Puerta del Sol… como el año pasado.
No conozco a nadie que no haya estado en la Puerta del Sol, plantado frente al reloj, aunque sea en verano y no recuerde sus Nocheviejas en familia. Es nuestra magdalena de Proust: al verla, se nos abre el álbum de recuerdos en la mente y surgen mil momentos, mil vidas, mil bienvenidas y mil despedidas. A algunos nuevos, y a quienes ya no están, los echaremos de menos. Siempre hay un pequeño espacio, entre la sexta y la séptima campanada, por ejemplo, para recordarlos.
Yo al próximo año solo le pido que anuncien de una vez la nueva gira de Oasis, para cantar con mis amigos como un hooligan apasionado todas las canciones. Y salud, por supuesto. Aúpa Osasuna. Siempre. Feliz año. Y eso es todo.


