Josele Santiago: crónica de la Malasaña más rebelde y apasionada por el rock.
Josele Santiago está encantado. Sus memorias, Desde el jergón (una edición impecable de Contra, como todo lo que producen), están teniendo una buena acogida y no cesa de realizar presentaciones. No es de extrañar. Se necesitaba un relato sobre los años de Malasaña, el Agapo, la Vía Láctea y La Vaca Austera. También del Madrid anterior a la Movida, donde grupos como Leño o Cucharada marcaban el pulso de los barrios más allá del Manzanares, lo que hoy se encuentra fuera de la M30. Un texto que, además, irradia amor por las barriadas, los espacios vacíos y la clase trabajadora (esa que tantos comentaristas de televisión intentan hacernos olvidar).
“En este momento estoy un poco abrumado. El libro está funcionando muy bien y tengo presentaciones cada semana, sobre todo en librerías. Me han sugerido llevarlo a lugares más exclusivos o bares de cierto nivel, pero estoy priorizando sin duda las librerías. Diría que de manera deliberada”, confiesa la voz y letrista de Los Enemigos. “Muchas librerías están cerrando y están pasando por momentos difíciles. Existe un riesgo real de que desaparezcan, y parece que no es casual. Este modelo actual está marginando a la cultura más modesta. Todo indica a una deriva que empobrece el tejido cultural”.
Al autor de Ferpectamente le duele la situación que atraviesa la cultura en España. Su libro, crónicas sublimes del Madrid más lumpen y crápula de los ochenta y parte de los noventa, es un fiel reflejo de su amor por la música, la literatura y el cine. Expresiones que no obvian la vida de barrio y los bares. Cuando uno lo daba todo en la calle.
Una forma de escribir abstracta
Sin embargo, la génesis de esta obra, excepcionalmente bien escrita —plena de lugares, personas y modos de vida por las callejuelas de aquel Madrid—, fue muy distinta. “Esto salió casi sin querer”, revela de una intención inicial que no consistía en explicar las canciones, sino en acercarse a su origen. “Siempre he escrito de manera bastante abstracta: busco sensaciones, imágenes impactantes. Por eso, a lo largo de los años, muchas personas me preguntan qué significan las letras, pero no tienen un significado fijo. Significan lo que cada uno quiera interpretar”.
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Le interesa a Santiago que la canción llegue, que despierte la imaginación. “No son adivinanzas ni jeroglíficos”, comenta con ironía. “Por eso quise aportar algo de contexto: explicar de dónde surge cada tema, en qué momento apareció la idea, qué conversación o circunstancia encendió la chispa”. Y al desarrollar ese proceso, al rodear las canciones con recuerdos y situaciones, el relato fue creciendo por sí solo. “Sin proponérmelo, terminó convirtiéndose en una crónica. Era inevitable”.
Antes del relato oficial
Aquel paisaje tenía a la Puerta del Ángel, el lugar de origen de Santiago, como el punto de partida de todas sus aventuras a salas de conciertos como el MM. “Lo recuerdo como si fuera un chaval que aún no se afeitaba y se colaba en esos sitios. Para mí era casi sagrado. El rock, además, tenía un componente muy liberador”, señala, mientras defiende un Madrid menos gris.
“También he querido dejar claro que antes de la Movida había muchas actividades, y muy divertidas. Yo soy del Madrid de Leño. Me considero parte de esa militancia. Me marcó especialmente porque los descubrí de boca a boca, que era como funcionaba todo entonces”, continúa hablando de aquel mundo, sin redes ni nada similar. Cuando la información estaba en las calles.
Además, ese Madrid musical era descentralizado. Se encontraba en los barrios. En áreas como Carabanchel o Vallecas, donde la música coexistía con condiciones de vida difíciles: “Mi barrio era obrero, precario, con viviendas muy pequeñas, cerca de chabolas. Ahí, sí que es verdad, que no había nada. Pero existían dos Madrides: el más cercano al centro y el que estaba más allá del Manzanares, del que no se hablaba. Yo venía de ese”, explica. Pero pronto en su relato aparece el centro, donde se muda y empieza a trabajar. También Los Enemigos. “Era una banda de versiones que ya existía. No sé muy bien si eran mods o algo así, porque nunca comprendí del todo ese tema de las tribus urbanas de entonces: rockers, punks y demás. En mi barrio eso tampoco existía”, comparte.
Apasionado irredento, amante de todos los sonidos (en estas memorias se entrecruzan Pata Negra o The Barracudas con Siniestro Total), Santiago habla de música y todo lo que la rodea. “Dejaba cualquier trabajo que tuviera por asistir a un concierto. Luego ya buscaría otro”, describe de aquellos empleos temporales. “Había un periódico, Segunda Mano, que tenía una sección de empleo y siempre había algo para conseguir unos euros. Y, si no, golpeabas una cabina telefónica y caían monedas”.
De juerga en juerga
Y rápidamente aparece Malasaña. Porque hubo un momento en que todos querían salir y divertirse en aquel barrio. Unos años donde la noche nunca llegaba a su fin. Y donde decenas de bares ofrecían soul, funk, rock, garage y una diversidad de estilos aptos para el baile. Todo esto, además, se hallaba impregnado por una enorme cantidad de bares y tabernas tradicionales, que reivindicaban lo que representaba Madrid en esa época: un pueblo abierto a la fiesta y al desenfreno.

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“Ahí se vivía de noche. Y los que nos juntamos lo hicimos de manera espontánea, sin ninguna convocatoria ni nada por el estilo. Éramos personas muy melómanas, profundamente metidas en la música, pero también bastante frustradas, porque en el Madrid de entonces proliferaban las tribus urbanas y existía una gran cerrazón”, explica Santiago, recordando que, si eras rocker, tenías que gustarte algo y no podías escuchar otra cosa. “Si eras mod, igual. Era algo bastante absurdo. La música acababa sirviendo como un pretexto para posicionarse socialmente, poco más”.
En Malasaña comenzaron a abrir bares que rompían con esa idea. Lugares donde podías disfrutar de música variada sin problemas. “Y eso fue lo que atrajo a muchos de nosotros. En apenas cuatro manzanas se formó una zona muy musical, muy rock and roll, con muchos bares donde podías tomar algo, intentar ligar y, sobre todo, escuchar buena música sin prejuicios», añade.
Y en Malasaña había una calle especialmente afín a estos postulados: Velarde. “Principalmente por el Marcelino, claro, pero también están El Puerto (con el simpático Antoñito al mando) y El Valle (cuya fabricación de carajillos al limón provoca el mismo efecto que dos rayas de speed de tamaño medio)”, escribe Santiago en una de las páginas de Desde el jergón. “En la esquina con la plaza tenemos el guerrero 2D, y unos pasos más arriba, los bares de rock and roll: La Vía Láctea y el Nueva Visión”.
El sonido Malasaña no existe
En La Vaca Austera, donde ponía música Santiago, sonaba de todo. “Era muy abierto”, enfatiza. “Podías pinchar a Little Richard o a Chuck Berry, cualquiera de los pioneros que supuestamente solo les gustaban a los rockers. Podías poner grupos de garage de los 60, que en teoría eran cosa de mods. O punk del 77, que debía ser solo de punks”.
Algo extremadamente liberador. “Sin que nadie te estuviera diciendo lo que podías o no podías poner. Eso fue lo que nos atrajo. Y así era”, indica. Además de la nocturnidad que caracterizaba al barrio y a estos bares: “Se vivía de noche. Recuerdo perfectamente la primera vez que vimos Malasaña de día. Fue una mala experiencia”. Aquello se trataba de divertirse, pasar un buen rato, intentar ligar, tomar copas, pero siempre con buena música de fondo y a todo volumen”.
Y ya está, sentencia el hombre que vivió aquellos años. Todo lo que se ha escrito después sobre el ‘sonido Malasaña’ son tonterías. “No existe, son fantasmadas”, asegura el hombre que dirige Los Enemigos, donde se unió en 1985 de la mano de Kike Turmix, otra figura clave de aquellos años malasañeros. Y añade: “Allí se formaron muchas bandas, sí, pero cada una tenía su personalidad. No había nada que nos definiera con un sonido común”.
Algunos cantaban en inglés, otros en castellano. “Lo único real era la acumulación de bandas, que era extraordinaria. Grupos que se formaban de noche, casi sin planear: yo toco el bajo, tú la guitarra… eso sucedía constantemente”, matiza.
El Agapo, Chueca y la heroína
Y luego estaba el Agapo, donde pasó de cliente a residente. “El Agapo era un lugar muy pequeño”, describe. “Bastante precario en todos los aspectos. Pero tenía las paredes decoradas, la simpatía del equipo —los hermanos Ruiz— y, sobre todo, que cerraba a las siete u ocho de la mañana. Esto era perfecto para los que teníamos afinidad con la noche”.
El acceso a la heroína era facilísimo. Bastaba con acercarse a la Gran Vía
El Agapo, como menciona en su libro, acumulaba denuncias. “Cerraba a esa hora de forma sistemática, así que era el paraíso para cualquier adolescente que disfrutara de la música y la noche”, dice. A lo que había que sumar la vitalidad de todos los barrios del centro, muy distintos a lo que existe ahora. Zonas como Chueca o Plaza de España eran completamente diferentes. “La facilidad de acceso a las drogas duras era algo que hoy no se comprende”, relata. “Era una procesión de camellos, operando a plena vista de todos, incluso frente a la policía, que no hacía nada”.
El acceso a la heroína era extremadamente sencillo. Bastaba con aproximarse a la Gran Vía. “Y claro, muchos acabamos cayendo, porque había muy poca información y no sabías realmente en qué te estabas metiendo hasta que ya era demasiado tarde”, recuerda de un deambular del que Malasaña tampoco logró escapar. Y después los conflictos y peleas entre bandas que disputaban el tráfico de la droga. “Iraníes, sudamericanos… situaciones bastante violentas. Nosotros manteníamos las distancias, pero había que tener cuidado”. Las riñas eran parte del día a día de aquel Madrid. “No solo entre tribus urbanas, como mods o rockers, sino también con grupos de extrema derecha que aparecían a reventar locales y agredir a la gente. Era habitual”.
El esnobismo de ser moderno
Por último, Desde el jergón, además de leerse como una novela de aventuras trepidante, con forajidos, capitanes y damiselas en peligro, también actúa como un excelente estudio social de aquellos años. Con un enfoque incluso crítico hacia todo el bullicio del underground, “siempre dispuesto a mimetizarse con lo último que llegaba de fuera”, como menciona en el libro.
“Existía un gran miedo a quedar fuera de onda. Un esnobismo bastante fuerte”, relata. “Había un pánico a no ser moderno, que era bastante irracional, pero ahí estaba”. En los lugares donde se movían eso no ocurría. “Porque la moda nos importaba un comino. Nos la pasábamos por el arco del triunfo. Además, no nos atraía la música que se hacía en los 80. Éramos más clasicones. Íbamos a nuestra manera”
Hoy Josele Santiago sigue igual que hace cincuenta años. Con los mismos intereses y propósitos vitales. “No concibo una vida sin música. Para mí es esencial. Siempre pongo el ejemplo de The Kinks, de Ray Davies. No entendería la vida sin eso”, concluye. “La música siempre ha sido un apoyo, sobre todo para alguien que ha sido bastante solitario. Escuchar música te lanza un mensaje muy claro: no estás solo. Y eso es crucial. Además, se para el tiempo. Estás escuchando una canción y, si te toca, el tiempo se detiene. Así es”. Pronto habrá un nuevo disco de Los Enemigos y podremos comprobarlo. Detener el tiempo y recorrer otro Madrid gracias a sus letras. Así será.



