La abogada que financia con su propio dinero los conciertos que desea escuchar y que nadie más organiza en Madrid | EL PAÍS Semanal
No es común escuchar algo así: ocurrió un evento extraordinario en un recital de cámara reciente. El Trío Albéniz había concluido casi dos horas de música en el Ateneo de Madrid el 23 de abril y disfrutaba de los aplausos, cuando el público comenzó a mirar hacia las butacas. Una mujer se levantó entre las ovaciones: María de Alvear, creadora de algunas de las piezas que acababan de interpretarse. Luego, un par de filas más adelante, David del Puerto, autor de otra parte del programa, hizo lo mismo. Un tercero, Ismael García Daganzo, cuyo Nocturno en detalles se estrenó esa misma tarde, se unió. En un ámbito tan enfocado en el pasado, escuchar obras de compositores vivos es raro; que uno de ellos esté en el público, inusual; que esto ocurra con tres, casi histórico. La mayoría de los asistentes había ido a escuchar piezas del legendario (y ya fallecido) Piazzolla, que formaban la mitad del recital, pero se llevaron este inesperado regalo de los vivos.
“Había obras de un cuarto compositor, Eddie Mora, que no pudo asistir porque estaba en Costa Rica. Pero su espíritu estuvo presente”, sonríe Paola Montero (Cádiz, 39 años), una de las responsables de este evento. Esa tarde encapsuló muchas de las características de los proyectos de esta abogada, quien dedica su tiempo libre y recursos personales a conciertos como este. Desde 2023, dirige un ciclo llamado Salón del Ateneo, donde se interpretan obras de compositores emblemáticos (Schubert, Britten, Ravel, Debussy), así como otras contemporáneas menos conocidas. “Si la gente no escucha ni aprecia lo que se crea actualmente, eso se pierde. ¿Y cómo se soluciona? Atrayendo nuevo público. ¿Y cómo se llega a ese público? Desde mi perspectiva, asistes a un concierto porque deseas escuchar un cuarteto de Schubert, pero imagina que en el programa hay una obra que no conocías y resulta que también te gusta. Así, la gente va perdiendo el miedo”.
—¿Y quién financia esto?
—Yo.
—¿Y todo?
—Siempre les digo a quienes me consideran una mecenas que no. El mecenazgo implica pérdida total. Mi intención es que, en el futuro, se vendan todas las entradas para poder mantener el ciclo. No quiero ser mecenas; quiero hacer cosas, y arriesgo mis ahorros para intentar realizarlas.
Se requieren características personales muy específicas y poco comunes para asumir este papel. Una pasión duradera por la música, sí, pero también una trayectoria profesional que sostenga estos eventos cada vez más concurridos en el Ateneo. Todo comenzó con la tienda de instrumentos musicales de La Línea de la Concepción: Montero pasaba por ella de pequeña al volver del colegio. “En el almacén, donde estaban todos los pianos, se daban clases. Pasaba con mis padres y escuchaba a los niños tocando. No sé por qué me fascinaba. Les dije: yo quiero hacer eso”. Comenzó a aprender, a disfrutar música con su abuelo e ir a conciertos. El conservatorio. Descubrir la música contemporánea: “Me llegó a través de Mahler, que, aunque no es contemporáneo, es diferente. La primera vez que escuché la sinfonía Titán, la más sencilla, me impactó. Desde entonces, escuchar y escuchar”.
Montero se inclinaba hacia la música, quizás no como pianista, sino como directora, “o en algo más amplio”. Se mudó a Madrid. “Pero al elegir carrera, tenía (y aún tengo) una enfermedad que en ese momento se manifestaba en brotes de artritis. Mis manos se hinchaban y dolían. Pensaban que era lupus, pero no era eso”. Perdió años en el conservatorio, se alejó de la música, dejó de asistir a conciertos, al menos de piano. Se matriculó en Derecho. Decidió especializarse en protección de datos: una apuesta arriesgada hace 20 años, pero un acierto hoy, ya que Montero trabaja para grandes multinacionales. Le iba bien, pero no se sentía completa sin música; pronto fundó el ciclo que hoy la ocupa. Un homenaje a la niña que fue y un recordatorio de que la música escrita para orquestas es como una vocación que nunca se apaga: siempre es más poderosa cuando demuestra que sigue viva.



