La contradicción de ser considerada fallecida en Afganistán mientras se actúa como activista en Madrid | Televisión
Khadija Amin (Kabul, 32 años) está oficialmente considerada muerta en Afganistán. Esta es la afirmación de su exmarido, con quien la obligaron a casarse. Su testimonio es suficiente para que así se reconozca ante la Administración pública, a pesar de que es una figura conocida en el país, al haber sido presentadora de los informativos matinales de televisión. Mientras tanto, en España, no solo sigue viva, sino que se ha convertido en un símbolo del activismo feminista contra el régimen talibán. A través de diversas entrevistas y la atención mediática, hemos podido conocer su faceta empoderada. No obstante, los directores Vanessa Hernández Borque y Pablo Deus exploran su lado más vulnerable en los dos capítulos de la miniserie documental Khadija Amin ¿dónde están mis hijos?, una producción original de Movistar + que ya está disponible en su catálogo.
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Frente a las cámaras, tanto de los cineastas como de la propia protagonista, vemos a una mujer a la que le han quitado la oportunidad de estar con sus tres hijos. No puede reclamar la custodia porque no puede demostrar que está viva, y ni siquiera puede probar que es la madre de esos tres menores. Es un caso de violencia vicaria que se eleva a nivel estatal.
Cuando el régimen talibán tomó el poder en Afganistán en agosto de 2021, ella tuvo que abandonar el país de inmediato. Subió a un avión fletado por la Fuerza Aérea española “con su velo amarillo y su teléfono como únicas pertenencias”, recuerda a este periódico la codirectora de la miniserie. Un miembro del equipo de evacuación le aconsejó que llevara alguna prenda roja o amarilla, como la bandera española, para hacerse notar por los militares y policías españoles que la introdujeron en el aeropuerto, en medio del caos de miles de personas que intentaban escapar. Logró asegurar cuatro asientos en ese avión, pero su exmarido se negó a viajar con ella y los niños.
Este no es un documental que se base en cabezas parlantes que explican al espectador lo que está ocurriendo. Lo narra la propia Khadija y, de forma indirecta, las personas que interactúan con ella (abogados, otros activistas y asesores), en su búsqueda de sus hijos, que se ha filmado con planos deliberadamente claustrofóbicos. “Su lucha ocurre en las cuatro paredes de su hogar en Madrid mientras sus hijos están en otro país. Ella, refugiada en España desde 2021, no puede regresar a Afganistán porque perdería su estatus de refugiada. Queríamos captar esa atmósfera agobiante y angustiante que define su realidad”, comenta Pablo Deus.
Khadija Amin ¿dónde están mis hijos?, con una duración total de apenas 40 minutos, está dividida en dos capítulos. En un momento dado, el relato se asemeja al de un thriller de espías, con Khadija rastreando el paradero de sus hijos a distancia, usando su teléfono móvil como única herramienta. Tras mucha investigación, logra encontrarlos en Alemania, donde su exmarido se ha mudado. Pero cuando intenta acercarse a ellos, ocurre lo peor: el padre ha decidido abandonar una vida mejor en Europa para regresar a Afganistán, con la intención de impedir que ella recupere el contacto regular con ellos.
Vanessa Hernández Borque explica que, dado que este es un proceso tan íntimo y complejo —con acontecimientos que suceden constantemente— decidieron grabar con el equipo mínimo (solo los dos cineastas y una cámara) e incluir grabaciones personales que la propia periodista afgana ha realizado durante años, como testimonio para sus hijos, para que comprendan que nunca fueron abandonados, a pesar de lo que empiezan a creer. “Una de las escenas más duras de grabar fue cuando ella verbaliza su experiencia de malos tratos”, comenta la directora.
“Ella nos decía recientemente, y de hecho hubo una noticia en la prensa, que si le das una patada a un perro en Afganistán, te condenan a un mes de cárcel. Si le pegas a tu mujer, eso solo conllevaría tres o cuatro días de calabozo. Puedes incluso romperle los huesos», menciona Deus, quien señala que el inmenso choque cultural ha sido uno de los desafíos más difíciles al documentar esta historia. “¿Cuándo hemos visto en Europa a una mujer intentando hacerse una prueba de ADN para probar que sus hijos son suyos?”, se pregunta el cineasta.



