La única tienda de juguetes de este tipo en la Plaza Mayor anuncia su cierre definitivo después de más de un siglo de existencia.
La Plaza Mayor está perdiendo paulatinamente las pocas tiendas locales que aún sobrevivían entre las cámaras de los turistas y los cafés caros. Bazar Aribas, la última juguetería de este estilo en los soportales del núcleo turístico madrileño, ha anunciado su cierre definitivo tras más de un siglo vendiendo peonzas, coches de hojalata, muñecas y pequeños tesoros de madera para innumerables generaciones de familias. El Sereno de Madrid, cronista del centro histórico, ha compartido la noticia en redes sociales junto a un mensaje claro para nostálgicos y curiosos: “aprovechad para pasar y despedíos”, ya que el cierre se hará efectivo el 31 de marzo.
La tienda fue fundada por Juan Arribas Aguado en 1919, cuando la plaza aún se conocía como de la Constitución, y desde entonces ha permanecido en manos de la misma familia, con hijos, nietos y hasta bisnietos detrás del mostrador. Durante décadas, sus vitrinas han atraído a niños (y adultos) que pasaban por los soportales y se quedaban absortos mirando a través del cristal, con esa mezcla de anhelo y fascinación que solo provocan los juguetes que no están envueltos en plástico y algoritmos.
Lo que se va cuando cierra una juguetería centenaria
En un centro comercial cada vez más dominado por tiendas de souvenirs homogéneos, Bazar Aribas se resistía a la uniformidad: aquí no venías a buscar el juguete de moda de la televisión, sino trompos, muñecos articulados, juegos de mesa sencillos y objetos que parecían venir de otro tiempo. Su rótulo de estilo art déco, la carpintería roja de madera y los escaparates de cristal formaban una imagen que muchos fotógrafos y guías de Madrid histórico han convertido en un punto de visita obligada, símbolo de ese comercio local que se apaga lentamente.
Entrar en Bazar Aribas era también adentrarse en una manera de comprender el juego que dista mucho de las pantallas o juguetes conectados. Los juguetes tradicionales, simples y analógicos, estaban diseñados para que el niño creara la historia en lugar de que un dispositivo se la proporcionara ya elaborada, coexistían en estanterías altas de madera, con cajas apiladas y vitrinas llenas de pequeñas piezas que había que observar con detenimiento. Ese caos ordenado constituía, en realidad, parte de su encanto: un espacio donde el tiempo parecía transcurrir más despacio y donde la conversación con el encargado formaba parte de la experiencia de compra.


