Las abuelas (con gran orgullo) de la ‘performance’ | Noticias de Madrid


El domingo por la mañana me encontré mirando por la ventana. Observaba el cielo azul invernal de Madrid, aquella luz característica que realza los colores en su máximo esplendor y que nos recuerda que afuera hace frío. De pronto, se me vino a la mente: “El día menos pensado se abre paso la primavera”. Estas palabras me sacaron de mi ensimismamiento y de la repetición de clichés desgastados que me invadían. “Frases de 0,60” como canta Ojete Calor. “Núria Espert, la gran dama del teatro”, “la culpa fue de Yoko Ono”, “Marina Abramović, la abuela de la performance”, serían algunos ejemplos… Esas expresiones que quienes escribimos tratamos de evitar por vacías, por repetidas, tan utilizadas que ya no tienen significado.

¿Y si recuperáramos su significado?, ¿y si tomáramos cada palabra con el peso que realmente merece? ¿Qué tiene de malo ser abuela? ¿Por qué en ocasiones empleamos este término de manera despectiva? Que Abramović sea la abuela de la performance le otorga una categoría que pocas poseen: la de pionera ―una palabra también manida y de gran verdad―, una rastrera en la contienda que libra el arte, una referencia para quienes vinieron después. Ella está aquí, es una abuela que sigue nutriendo su obra, a la artista que lleva dentro y, por supuesto, a su descendencia. Desde el sábado y hasta el 30, se puede ver en el Liceo de Barcelona Balkan Erotic Epic. El teatro califica la pieza de “inclasificable”. Victoria Combalía incluye a la creadora en su libro Las extravagantes. Mujeres fuera de norma (Circe), que se presentó el martes en La Central del Reina Sofía. Sin duda, the artist is present, pero si ella, a sus 79 años, es la abuela de la performance, podríamos incluir también a Yoko Ono, 92 años, (Insound and Instructure en el MUSAC hasta el 17 de mayo). ¿No son también abuelas Esther Ferrer y Concha Jerez, con 88 y 85 años respectivamente?

Ambas están aquí, en Madrid, y ahora, ¿hay algo más performático que el aquí y el ahora? Ferrer en la muestra Pliegue y proceso en el Museo Casa de la Moneda y Jerez en Concha Jerez / José Iges: 1+1=3, en la galería Freijo. Innegablemente pioneras, sí, otra vez, así es como se presentan.

Pliegue y proceso es una recopilación de la creación de Ferrer. Es un recorrido físico y temporal por sus acciones. En la exhibición se atraviesan sus obras, sumergiéndose en algunas, tal como hace siempre con las instalaciones de números primos; el recuerdo de otras, a través de la documentación que asegura que sucedieron, nos las trae al presente y hace tangible el paso del tiempo. Ella enfatiza esto, marcial y asertiva, contando en voz alta: “Uno, dos, tres, cuatro…”. ¿Se puede calificar algo tan aséptico como enumerar? La de Ferrer es imperativa y firme. Expone su rostro a través de los años; resalta la idea de infinito. El tiempo se marca con su voz, con números, con los compases de Satie, con pasos, con las arrugas y la flacidez de su cuerpo. Concha Jerez lo marca de otra manera: a través del sonido de un carrusel de diapositivas.

Concha Jerez / José Iges: 1+1=3 es, como su título indica, una exposición conjunta de esta pareja de artistas que lleva más de tres décadas creando juntos y me atrevería a decir: anticipándose a los hechos. Es escalofriante escuchar las normas alternativas al parchís de Terre di Nessuno (2002): “Los servicios de inteligencia acaban de filtrar una noticia falsa, a partir de este momento…” Podría parecer divertido que las reglas cambien según se avanza en el juego siguiendo las instrucciones grabadas por los creadores. Pero no lo es cuando el mundo real va modificando las normas establecidas.

Jerez e Iges tienen proyectos tanto individuales como colectivos y esta es la primera vez que una galería organiza una muestra con sus trabajos colaborativos, una selección que captura la esencia de su retrospectiva, Resignificaciones, que se exhibió el año pasado en el Centro Gallego de Arte Contemporáneo (CGAC). Por lo tanto, Jerez está presente en Madrid, sí, pero junto a Iges. Eso no le quita ni un ápice de importancia a su figura desde los años setenta, a sus performances, a sus instalaciones, a su reflejo de la censura, de la memoria, del contexto político y de los medios de comunicación…

El sonido característico del paso de las diapositivas de Agujeros negros (2025), un vídeo que presenta imágenes en un bucle atemporal, no es más que un recurso de los artistas. No hay proyector alguno, el sonido lleva a la memoria del espectador un aparato que está casi en desuso, especialmente para aquel que lo conozca. Ojalá que más jóvenes, aquellos que nunca han visto una diapositiva y creen que es cosa de abuelas, visiten más galerías y se inicien en el coleccionismo.

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