Las mujeres del obelisco: religión y prostitución en el Madrid de la pobreza
En una de las escenas más memorables de Luces de Bohemia, el poeta Máximo Estrella, “con tacto de ciego”, acaricia el “óvalo del rostro, la garganta y los hombros” de una de las jóvenes meretrices que le rodean junto a Latino de Híspalis. La reacción a ese gesto de ternura es que “la pindonga ríe con dejo sensual de cosquillas. Quítase del moño un peinecillo gitano, y con él peinando los tufos, redobla la risa y se desmadeja”. La confesión posterior de la niña, conocida como “La Lunares”, es el retruécano donde ella afirma “ya pasa de tres que me visita el nuncio”.
El nuncio era así como llamaban los castizos a este periodo, ya que el embajador papal se vestía de carmesí. Todo este juego literario de un Polifemo que ya no puede ver, ni menos aún consumar, no constituía una mera recreación literaria, ni mucho menos un retruécano de un Valle-Inclán vanidoso. Exponía una realidad, la prostitución en el Madrid de finales del XIX y principios del XX, de la cual se puede dar testimonio gracias a los completos informes de la llamada comisión de estudios sociales de 1883. Es la ciudad también de otra novela, La Busca de Pío Baroja, que describe con aún más crueldad el ambiente de pobreza, miseria y desamparo de los que arribaron a la capital.
Las locas del obelisco (estrenada el 13 de marzo) es un melodrama en pequeña escala con muchas actrices que hacen su debut. Esta obra narra la historia de María Ana Allsopp (Paula Iglesias) en su camino hacia la perfección a través de un proyecto benéfico en esta urbe empobrecida. De padres europeos, la llegada de Allsopp a España la hace consciente de las diferencias sociales en la ciudad: dos mundos entre criadas y doncellas que se entrelazan en el inicio de la historia en ferrocarril.
Esta dualidad da inicio a una trama donde, como era de esperar, las chicas desfavorecidas terminan siendo engañadas por la astucia de una madame (efectiva Assumpta Serna) y condenadas a la prostitución. La respuesta de Allsopp no es convertirse en la esposa de un benefactor con el rostro de Alfredo Mayo—lo cual convertiría a esta película en otra versión de La Regenta, lo que es improbable dada la excelente adaptación de Méndez-Leite—sino en buscar una vocación religiosa que le enfrenta a su clase social y al mundo político.
Esta historia puede evocar los dramas moralizantes del primer franquismo, pero también hay una belleza en los pequeños lienzos poco afectados que realiza el director Pablo Moreno, y sobre todo, el fotógrafo Rubén D. Ortega. Estos logran transmitir verdad gracias a los actores, destacando Javier Godino en un papel muy complicado como el padre Francisco. La única pega de esta pieza social dramatizada, que respeta el tono y el lenguaje de la época, es una banda sonora algo elevada que a veces no permite disfrutar del contenido del drama.
A pesar de todo, esa naturalidad de intérpretes novatos—apenas influenciados por la retórica teatral historicista—evita el rechazo y recuerda a las producciones iniciales de Cifesa antes de ser consumidas por el teatro. Esta película, de fe, es bastante interesante que funcione como un filme feminista a su modo: muestra la “matria” de un convento salvando a un grupo de chicas vulnerables.
Cuando la madame, en este sentido, dialoga con Allsopp sobre cómo compiten por las almas de las adolescentes, no miente: fue un comercio lucrativo en una ciudad de clases donde “las que tienen que servir” acababan convirtiéndose en “las que tienen que sufrir”. La labor de Mariana Allsopp y estas hermanas casi no tendrá menciones en los diarios de izquierdas, que desdeñarán esta genuina cinta feminista, así como también olvidaron el reciente libro de Jorge Bustos que reivindica la obra social cristiana.
La historia de las trinitarias, su salvación de decenas de chicas con más ilusiones que futuros, bien merece una película que recuerde su memoria, también histórica.


