Los Cafés de Madrid: Centro Cultural y Literario del Siglo XX


A inicios del siglo XX, Madrid era una urbe en plena transformación.

La capital crecía rápidamente. Nuevos barrios se extendían hacia Chamberí, Salamanca y Argüelles, los tranvías eléctricos inundaban las calles y muy pronto la apertura de la Gran Vía alteraría de manera irreversible la fisonomía del centro.

Pero mientras la ciudad modernizaba su aspecto físico, otro fenómeno estaba gestándose en sus cafés.

Los cafés madrileños se convirtieron en el principal espacio de diálogo de la ciudad.

Ahí se reunían escritores, periodistas, artistas y también simples curiosos que llegaban a escuchar. En una época carente de radio y televisión, el café era mucho más que un sitio para tomar algo: era un foro público donde se debatía sobre literatura, política, filosofía y actualidad.

Entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, Madrid experimentó lo que algunos historiadores han denominado la edad de oro de los cafés.

Existían decenas de ellos dispersos por el centro: en la Puerta del Sol, en la calle Alcalá, en la Carrera de San Jerónimo y en el paseo de Recoletos. Algunos eran elegantes y concurridos; otros, más modestos y bohemios.

Pero todos compartían un rasgo distintivo: eran espacios donde se hablaba.

Uno de los cafés más notables fue el Café de Pombo, ubicado cerca de la calle Carretas. Cada sábado, se congregaba allí una tertulia moderada por el escritor Ramón Gómez de la Serna, una de las figuras más singulares de la literatura española.

La tertulia del Pombo era a la vez un laboratorio literario y un espectáculo.

Ramón presidía la mesa rodeado de jóvenes escritores, periodistas y artistas. Entre discusiones y bromas nacían muchas de sus célebres greguerías, esas frases breves que combinaban humor y reflexión.

El ambiente era tan característico que el pintor José Gutiérrez Solana llegó a inmortalizar esa tertulia en un célebre cuadro que se conserva hoy en el Museo Reina Sofía.

No obstante, el Pombo no era el único escenario de la vida cultural madrileña.

En el paseo de Recoletos se hallaba el Café Gijón, que con el tiempo se convertiría en uno de los núcleos más reconocidos de la vida literaria de la ciudad. Durante décadas, generaciones de escritores frecuentarían sus mesas, consolidando su reputación como lugar de encuentro intelectual.

Los cafés también eran un espacio esencial para el periodismo.

Numerosas redacciones estaban ubicadas cerca del centro, y los periodistas acudían a los cafés para comentar noticias, buscar información o escribir artículos. No era extraño ver a redactores tomando notas en cuadernos o incluso en servilletas mientras debatían titulares con colegas.

En cierto modo, gran parte de la prensa madrileña se redactaba entre tazas de café.

La vida de tertulia contaba además con su propia fauna humana.

Estaban los escritores consagrados, los aspirantes a escritores, los periodistas y también los llamados tertulianos profesionales: individuos con una enorme capacidad para debatir sobre cualquier tema imaginable.

Muchos jóvenes autores pasaban más tiempo en los cafés que en sus hogares. Allí leían, escribían, discutían y conocían a editores o periodistas que podían ayudarlos a publicar.

La bohemia formaba parte de ese entorno.

Muchos escritores vivían con recursos limitados, y los camareros estaban acostumbrados a fiar cafés durante semanas o incluso meses. A veces, la deuda se saldaba con un manuscrito, un dibujo o una dedicatoria.

Documentos que en aquel momento parecían irrelevantes y que hoy serían auténticas piezas de colección.

Durante esas décadas, los cafés también fueron la puerta de entrada a las nuevas corrientes culturales europeas.

Por sus mesas circulaban revistas francesas, libros alemanes o traducciones de autores rusos. Las ideas viajaban rápidamente entre lectores apasionados, y los debates podían extenderse durante horas.

La Guerra Civil transformó la ciudad de manera profunda y muchos de esos cafés desaparecieron o cambiaron para siempre.

Con el tiempo, la vida cultural se trasladó a otros espacios: universidades, editoriales, centros culturales o medios de comunicación.

No obstante, el espíritu de las tertulias nunca se desvaneció del todo.

Madrid sigue siendo hoy una ciudad donde la conversación ocupa un lugar importante. Las tertulias continúan existiendo, aunque hayan adoptado nuevas formas.

A veces tienen lugar en bares, en librerías o en espacios culturales. Y otras veces se desarrollan en formatos que los tertulianos de principios del siglo XX jamás habrían imaginado.

Como un podcast.

Porque, en el fondo, Madrid continúa siendo una ciudad donde las ideas circulan de mesa en mesa.

Como hace más de cien años.

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