Los ‘edificios cebra’ no acabarán con Madrid en 2050, pero la ciudad virtual sí podría hacerlo.



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Edificio cebra: se refiere a las fachadas blancas con toques negros que proliferan en muchos lugares, generando horror en algunos y satisfacción en otros, especialmente en los promotores y nuevos propietarios que logran su sueño de tener una vivienda de catálogo.

Urbanismo en serie o copy-paste: se origina al replicar en bloque manzanas y calles, creando una ciudad postcard que ignora a sus habitantes. Este es el verdadero reto que debemos afrontar en la construcción de Madrid hasta 2050. Y si todavía cree que el problema es el Pantone blanquinegro que está tan de moda, le invitamos a seguir leyendo.

Al mirar Madrid, no se observa un mapa de Google: se contempla un mosaico de estilos y ritmos, una ciudad que ha surgido como un palimpsesto donde cada época ha dejado su marca al mezclar y superponer su elementos con toda la historia anterior. Algunos íconos del pasado desaparecen, otros se transforman, pero la ciudad sigue viva mientras nosotros la habitamos.

El PAU de Montecarmelo, en el año 2008 (Ayuntamiento de Madrid)

Así es como mi querido Palacio Real coexiste con las corralas de Lavapiés; los palacios de la Castellana con la ingeniosa torre BBVA; las obras de Antonio Palacios y el Teatro Valle Inclán de Ángela García de Paredes e Ignacio Pedrosa; el renovado Santiago Bernabéu y el magnífico Olivar de Castillejo, un refugio singular en el distrito de Chamartín donde Napoleón acampó durante la invasión francesa. Esta forma de edificar y, especialmente, de vivir nuestra ciudad es lo que llamamos identidad.

De la impresora 3D a la calle

Sin embargo, el Madrid que se vislumbra para los próximos 25 o 50 años podría dejar de ser una ciudad reconocible, para transformarse en un modelo repetitivo que convierta los nuevos barrios en meros clones sin alma. Y curiosamente, no son los criticados ‘edificios cebra’ los culpables: son los barrios indistinguibles, la pérdida de la trama urbana y de su escala humana lo que podría arruinarlo todo.

El urbanismo copy-paste representa la repetición sistemática de esquemas que no reflejan ni el contexto ni el estilo de vida de los habitantes. Es la ciudad renderizada, diseñada como una plantilla que podría implementarse en cualquier lugar, sea aquí o en Brasil -algo que ya ocurre- sin que se noten diferencias; genera barrios que parecen recién salidos de una impresora 3D: funcionales y brillantes, pero carentes de vida. En contraste, los ‘edificios cebra’ pueden ser un respiro fresco, siempre que no se conviertan en la única norma a seguir.

El urbanismo en serie que se ha aplicado desde Sanchinarro hasta Montecarmelo, de Las Tablas al Ensanche de Vallecas, corre el riesgo de repetirse, generando espacios con poca identidad, donde es normal perderse y las calles parecen diseñadas más para ser cruzadas que habitadas. En ellos, falta vibración y variedad de usos, así como plazas que funcionen como puntos de encuentro y rutas que inviten a la exploración. Donde debía haber diversidad, se han impuesto la repetición. Y esa repetición, aunque ordenada, no edifica ciudad.

Edificio Bancaya o Torre Iberia, como es conocido popularmente (COAM)

Para ilustrar esto, regresemos a la idea de un mapa de Google. Quien explora Madrid más allá de su barrio o visita la ciudad por primera vez puede usar un plano para llegar a su destino. No obstante, al volver, pronto se orientará gracias a los hitos urbanos que encuentra en su camino.

Esos hitos pueden ser avenidas como la Gran Vía, los bulevares que comunican Argüelles y la Castellana o ejes comerciales como Bravo Murillo al norte y General Ricardos al sur, llenos de tiendas y actividad. También hay edificios emblemáticos como la criticada Torre de Valencia, que a pesar de las críticas, es un punto de referencia perfecto desde cualquier parte cercana al Parque del Retiro. Lo mismo ocurre con el Pirulí en toda la zona este o el Edificio Bancaya de la Avenida de América, conocido por generaciones de madrileños como «la torre de Iberia» debido al luminoso de la aerolínea en su cima. Este último fue, según el Colegio de Arquitectos de Madrid, un verdadero faro urbano en el cielo nocturno, mucho antes de que las cuatro torres de la Castellana enmarcaran nuestro horizonte.

Urbanismo de clonación

Como se puede ver, el problema va mucho más allá de la estética. También involucra aspectos funcionales, sociales y, sobre todo, la conexión emocional con el territorio. Es crucial recordar que el urbanismo basado en la clonación suele separar vivienda, trabajo y ocio. Esto resulta en que los lugares clave de nuestra vida cotidiana estén a distancias irracionales, lo que nos lleva a pasar más tiempo en el metro, el coche o el atasco que disfrutando de nuestro barrio o hogar.

En el extremo opuesto al copy-paste está la creación de collages descontrolados. Madrid no debería ser un lego intercambiable de colores ni una acumulación de gestos individuales. Los nuevos barrios, al ser creados desde cero y sin una historia que les dé soporte, deben formar una malla coherente, equilibrando diversidad y unidad.

Un buen ejemplo son las arquitecturas de inspiración mudéjar que aún existen en Prosperidad, con sus sencillos edificios de ladrillo, ampliamente documentados por José Carlos Toledano en su estudio sobre la zona; o las ordenadas manzanas del Barrio de Salamanca; así como los ‘hotelitos’ que se integran con bloques residenciales en el Tercio de Carabanchel o en la Fuente del Berro. Hasta las colonias obreras en el este y el sur cuentan con más puntos de referencia (como la iglesia de San Romualdo y su parque en Ascao, o la Dehesa Boyal en Villaverde) que algunos ejemplos de planificación actual. En todas ellas hay un hilo conductor material, formal o social que unifica el conjunto. Esta es la clave que debe guiar la construcción del nuevo Madrid: coherencia sin monotonía.

Edificio Mirador, hito urbano en el PAU de Sanchinarro (COAM)

Un buen ejemplo es el Ecobarrio de Puente de Vallecas. Allí, el Ayuntamiento ha promovido diversas iniciativas de vivienda pública alrededor de un punto neurálgico: las chimeneas del sistema de calefacción centralizada (district heating). Estas torres metálicas, surgidas de una necesidad energética, se convierten en un símbolo urbano, un ícono que otorga centralidad y cohesionan el espacio habitable. Sin embargo, el Ecobarrio también lleva al extremo la individualidad, dado que cada edificio es muy diferente del otro. Por lo tanto, el conjunto todavía busca una cohesión que lo integre a la ciudad. La innovación no puede reemplazar la estructura; el carácter no puede ser un collage desarticulado.

Frecuentemente, los nuevos desarrollos en Madrid son experimentos desconectados de su contexto. En contraste, urbanistas como José María Ezquiaga defienden la importancia de la trama y del uso. El futuro de la ciudad no debería depender de multiplicar postales, sino de restituir la continuidad urbana. La trama no es solo una cuestión de forma, es vida, es la red de calles, plazas y recorridos que permiten explorar, observar y conectar. Por ello, la defensa que Ezquiaga realiza de la ciudad de proximidad nos recuerda que no se trata de llenar la urbe de esculturas habitables, sino de crear espacios memorables.

El Madrid de 2050 -y más aún el del 2100- corre el riesgo de acumular edificios espectaculares para ser vistos desde el aire, pero vacíos de vida. Aunque es cierto que el urbanismo se evalúa desde la altura de un dron, quien lo disfruta (o lo padece) es el peatón. Por eso, en la era de los mapas digitales, la malla de usos compartidos y los hitos urbanos son más necesarios que nunca, porque nos devuelven la orientación emocional que los algoritmos no pueden ofrecer. Madrid debe seguir siendo una ciudad caminable, no una ciudad que se analice desde la pantalla. El desafío es enorme, pero estamos dedicando el talento y el esfuerzo a ello.

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