Los fotógrafos que atesoran miles de imágenes de Madrid en los años setenta: «Todo era bastante más complicado»
Cuando Manuel Durán y Juan Miguel Sánchez Vigil empezaron a capturar imágenes de Madrid, apenas contaban con veintipocos años. Ambos eran documentalistas y fotógrafos en una importante editorial, encargados de generar fotografías para un proyecto colectivo que debía atestiguar una ciudad que estaba a punto de experimentar transformaciones sin precedentes. Entre 1976 y 1979, se aventuraron por diversos barrios, tanto del centro como de las afueras, analizando calles, mercados, corralas, infraestructuras, bloques en construcción y espacios a punto de desaparecer.
Aquellas imágenes se publicaron en parte en una serie titulada Madrid, editada por Espasa-Calpe, mientras que el resto quedó almacenado. «A mediados de los setenta, se da el boom de los fascículos. Editoriales como Salvat, De Agostini o Espasa apostaban por este formato, que permitía adquirir contenido semanalmente a bajo costo y, al final, crear un libro completo», rememora Sánchez Vigil sobre un proyecto con una ambición extraordinaria: documentar tanto el centro como la periferia y combinar imágenes con textos escritos por arquitectos, historiadores y destacados madrileñistas, muchos de ellos intelectuales de renombre. «Las tiradas eran muy altas y el Ayuntamiento recibió el proyecto con gran interés. Cada fascículo se dedicaba a un barrio, y al final, la colección fue encuadernada en seis volúmenes, cinco territoriales y uno sobre madrileños ilustres».
La Fundación Lito, dedicada a fomentar el debate social, político y económico, así como el intercambio de ideas y la cultura, ha llevado a cabo la recuperación del archivo de los fotógrafos. Desde este conjunto, la fundación seleccionó cerca de 200 instantáneas para, finalmente, realizar una muestra pública de 48 imágenes en gran formato. La exposición se inscribe en el festival ‘Robert Capa estuvo aquí’, un evento centrado en la fotografía documental y autoral, y que puede visitarse de manera gratuita hasta mediados de febrero en el paseo de Fernán Núñez, en El Retiro.
El encargo institucional y el objetivo del proyecto
Para entender un poco más sobre el origen del proyecto, es necesario retroceder a los días tras la muerte del dictador. Desde el Ayuntamiento de Madrid se plantea una primera aproximación, con la necesidad de documentar los cambios que la ciudad atravesará. Manuel Durán recuerda el enfoque inicial: «Cuando surge la propuesta, en 1975, está finalizando prácticamente la etapa anterior en España. El último alcalde antes del primer democrático comienza a esbozar esta historia y lo encarga al Instituto de Estudios Madrileños para capturar ese Madrid que, sin duda, va a cambiar».
La obra, que se titulará simplemente Madrid, constará de cien fascículos que se publicarán semanalmente a lo largo de dos años y que luego serán encuadernados en cinco volúmenes. Cada fascículo aborda un área específica de la ciudad, combinando historia urbana, análisis social y una notable documentación gráfica, que resulta abrumadora al ser observada con la perspectiva actual. «La exposición se titula ‘El Madrid de la Transición’, pero en realidad no representa el Madrid de la Transición. La Transición apenas comienza. Lo que se observa es el Madrid antiguo, el que aún no ha cambiado«, aclara Durán, quien estuvo en Espasa-Calpe hasta su prejubilación a los 59 años, hace una década.
Dos jóvenes entusiastas
Cuando comienzan a trabajar en el proyecto, Durán y Sánchez Vigil tienen veintiuno y veinte años, respectivamente. Ambos ya llevaban un tiempo en la editorial. Ingresaron muy jóvenes (Durán a los 14 años) y atravesaron diferentes departamentos hasta incorporarse al área de documentación gráfica.
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«En 1976, tanto Manuel como yo gestionábamos el archivo fotográfico de la editorial. Ese archivo contenía el fondo de la Enciclopedia Espasa, la Historia de España de Menéndez Pidal, el Summa Artis y gran parte del material gráfico de las obras enciclopédicas», recuerda Sánchez Vigil, quien ahora es catedrático en Ciencias de la Documentación en la Universidad Complutense de Madrid.
Su rutina incluía la gestión de fondos históricos, la adquisición de derechos de reproducción, así como el contacto con agencias fotográficas nacionales e internacionales y la creación de imágenes propias cuando la editorial lo solicitaba. Fue la época dorada de las agencias fotográficas, con empresas como Aerofoto u Oronoz, encargadas de manejar enormes archivos. «Éramos documentalistas y fotógrafos. Hacíamos fotos, pero también buscábamos grabados antiguos, mapas y fotografías históricas en museos y archivos», señala Durán.
Texto, territorio y fotografía
Cada fascículo podía contener entre diez y treinta fotografías. Para cada uno de ellos se tomaban muchas más imágenes de las que finalmente serían publicadas. El volumen total supera con creces el millar de imágenes. «Algunos historiadores nos enviaban una lista de las fotos que deseaban. Otros venían con nosotros. Y otros no decían nada. Nos proporcionaban el texto, lo leíamos y sacábamos conclusiones sobre lo que era relevante», describe Durán sobre su método de trabajo.
Las fotografías se realizaban con una Yashica Mat 124 G, de formato medio 6×6, utilizando película de 120. En ocasiones se utilizaban cámaras de 6×9 para obtener mayor definición. «Se buscaba un formato grande para la fotomecánica, y la Yashica ofrecía una calidad excepcional», explica Manuel. Juan Miguel añade: «Además, era mucho más asequible, tres veces menos que las Leica que utilizaban los grandes fotógrafos, pero nosotros no podíamos costearlas».
Lo que muestran las imágenes
El archivo fotográfico creado entre 1976 y 1979 ofrece una perspectiva inédita de Madrid. No se limita al centro histórico o a los lugares más turísticos, sino que abarca barrios periféricos, áreas industriales, zonas en desarrollo y mucha tierra vacía, dado que el extrarradio de Madrid era mayormente eso. Además, el centro resulta relevante por todo lo que hoy ha desaparecido. Una ciudad que se presenta fragmentada, con grandes discrepancias entre distritos.
«Capturamos imágenes del centro y de la periferia. Y eso es muy significativo, porque no se censura nada. Se reflejan las reivindicaciones en el centro, pero también los barrios sin alcantarillado, sin asfaltar, donde la ciudad aún no había llegado», destaca Sánchez Vigil sobre esa diversidad territorial.
Un elemento recurrente es la presencia de asociaciones vecinales y demandas colectivas manifestadas en el espacio público. Pintadas, pancartas y material político forman parte del paisaje urbano. «Se comienzan a organizar asociaciones de vecinos, las reivindicaciones sociales comienzan a emerger. Eso está presente en las fotografías. En Lavapiés, en Vallecas, en Manoteras. Y se puede ver cómo en poco tiempo algunas cosas cambian», observa Durán sobre dichas transformaciones, resaltando cómo su cámara, de manera no intencionada, capta esos momentos.
Más de 2.000 diapositivas
La cantidad total de material producido en esos años es colosal. Un verdadero tesoro para las instituciones madrileñas. Parte de lo que se publicó en los fascículos quedó bajo el control de la editorial como material de trabajo, mientras que otra fracción fue conservada por los mismos fotógrafos.Actualmente, el archivo personal de Durán y Sánchez Vigil reúne alrededor de 2.000 diapositivas de ese periodo específico.
Las imágenes, destacan, están organizadas de manera eficiente por calles y áreas. Sin embargo, aún no se ha llevado a cabo una digitalización completa. Para el proyecto expositivo, se realizó una selección inicial de aproximadamente 200 imágenes, de las cuales se escogieron finalmente unas cincuenta. «La primera muestra la hicimos Juan Miguel y yo. Empezamos con unas 800 o 1.000 imágenes, bajamos a 400, luego a 200. A partir de ahí no redujimos más. Entregamos las 200 a la fundación y ellos eligieron las finales», explica Durán sobre el proceso de selección.

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Durante las visitas guiadas a la exposición, el archivo se sigue enriqueciendo en información. Los visitantes aportan datos, identifican lugares, reconocen escenas y completan la documentación. «Nos comentan precios, nombres, usos. Por ejemplo, una oficina de intercambio de fotonovelas que había detrás de Cuatro Caminos. Rosa Montero nos dijo cuánto costaba cambiar las novelas y quién era la señora que la atendía», comenta Sánchez Vigil sobre información que se integrará al proceso de catalogación, algo prioritario antes de definir el destino institucional del fondo.
Mirando atrás sin ira
Y finalmente, está nuestra mirada desde el presente, a menudo con nostalgia y en ocasiones romantizando muchas de las situaciones y escenas. Ambos enfatizan que las imágenes no deben interpretarse como la celebración de un pasado que fue mucho mejor, sino como el registro de una ciudad con graves deficiencias estructurales. Sánchez Vigil no duda en afirmar cómo hemos evolucionado: «Ese tiempo pasado no fue mejor. Fue muchísimo peor que lo que tenemos hoy. Las fotografías ayudan a comprenderlo».
Sin embargo, reconocen la desaparición de espacios con identidad propia: barrios con casas bajas, comercios tradicionales, arquitecturas con un carácter único, mercados y edificaciones que han sido reemplazadas por nuevas construcciones. A la vez, subrayan mejoras palpables: expansión del transporte público, asfaltado de calles, peatonalización del centro, control del tráfico y mejora ambiental. «Circular por Madrid entonces era dramático. La ciudad estaba muy contaminada y no se conocía«, recuerda Sánchez Vigil.
Desde la perspectiva arquitectónica, destacan que aún existen áreas que conservan características del Madrid de los años setenta, especialmente en distritos como Tetuán —y su desprotegido neomudéjar— o en ciertos ejes comerciales del centro. «Aún queda mucho de aquel Madrid. Lo que sucede es que ya no se aprecia si no se sabe mirar», concluye Sánchez Vigil sobre un archivo que, cincuenta años después, sale de los cajones, se organiza, se contextualiza y se presenta a un público ansioso por conocer sus raíces.



