Luces que siguen brillando en el Doré.


Tras la pequeña ventana que da a la sala principal del Cine Doré, un hombre ajusta una lámpara, revisa los rollos y calibra el enfoque. Son acciones que ha realizado toda su vida, casi de forma automática, pero con el mismo esmero que el primer día. Se llama Juan Carlos Sánchez Lázaro, tiene 66 años y es uno de los pocos operadores de cine que permanecen en Madrid –y posiblemente en España–. Desde hace 36 años, trabaja en la Filmoteca Española, en el emblemático Doré, ese edificio de ladrillo y tonos azules en la calle Santa Isabel que guarda, cada noche, un trozo del alma del cine. «Podría haberme retirado, pero sigo porque me apasiona», comenta a LA RAZÓN, sentado en una de las butacas que han estado ocupadas durante tantos años en la sala principal del Cine Doré. «Me gusta llamar a mi trabajo operador de cine. Ahora nos titulan de otra forma, pero para mí, ese término es el que utilizaba cuando empecé en esta profesión».

Su historia comienza a finales de los años setenta en el barrio madrileño de Cuatro Caminos. Tenía 18 años, acababa de finalizar la mili y buscaba empleo. «Fue gracias a un vecino que vivía justo al lado, quien era jefe de electricidad en el Nodo», recuerda. «Me lo propuso y yo necesitaba trabajar de lo que fuera, en casa hacía falta dinero, así que así entré en el mundo del cine». Su primer lugar de trabajo fue el Cine Ideal, en la calle Doctor Cortezo.«Comencé como ayudante. En aquel entonces, la cabina se organizaba en tres niveles de trabajo: jefe de cabina, operador de cine y ayudante. Cada uno tenía su función y todo estaba bien regulado». Para ser operador, era necesario obtener un carnet oficial. «Te presentabas a un examen que convocaba la Dirección General de Seguridad. Era obligatorio, porque el jefe de cabina y el operador eran los responsables de la sala si ocurría algún incidente».

En aquella época, había muchos cines y las películas llegaban en rollos que pesaban varios kilos. Las cabinas tenían un olor a celuloide y electricidad. «Se trabajaba con carbones, positivos y negativos, que generaban un arco voltaico. De allí surgía la luz que, reflejada en un espejo, se proyectaba en la pantalla. No se parecía en nada a las lámparas de xenón actuales». Para él, fue una época de aprendizaje continuo. «No cualquiera podía ser operador. Tenías que saber proyectar, diferenciar la velocidad del filme, el sonido, el formato. Era un trabajo respetado y muy valorado», relata.

Tres años después, obtuvo su carnet de operador y con 25 años, ya era jefe de cabina en el Cine Torre de Madrid, en Plaza de España. «Estuve allí siete años. Conocí a la gente de la Filmoteca Española, que en ese tiempo aún no tenía sede fija». Cuando la Filmoteca logró establecerse en el Doré, Juan Carlos quiso unirse a ellos. «Les manifesté que quería trabajar para el Ministerio de Cultura. Me realizaron una prueba, luego un contrato de seis meses y, tras un examen, aquí sigo, desde febrero de 1989».

La casa del cine

El Cine Doré, construido en 1912 y renovado en 1923 por el arquitecto Críspulo Moro, fue recuperado por el Ministerio de Cultura en los años ochenta para albergar la Filmoteca Española. Reabrió en 1989 con la tarea de promover la cultura cinematográfica. Desde entonces, proyecta títulos de todos los países y épocas: clásicos, ciclos temáticos, cine experimental, restauraciones o retrospectivas de directores. «Nuestra meta es promover la cultura del cine. Películas de todo el mundo, lo que no puedes ver en las multisalas. Se organizan ciclos, intercambios entre filmotecas, coloquios. Que las culturas se vean a través de la pantalla», explica. En su cabina, se combinan proyectores de 35 mm con equipos digitales. En total, el Doré cuenta con seis proyectores, dos por sala, porque las películas llegan en varios rollos –cinco o seis, a veces más– y los cambios deben hacerse con precisión. «Cuando un rollo termina en un proyector, ya tienes listo el siguiente en el otro. Y así sucesivamente».

Entrevista al proyeccionista del cine Doré, Juan Carlos Sánchez. David JarDavid JarFotógrafos

La evolución tecnológica ha sido acelerada. «He experimentado todo: del 35 mm al 16 mm, del Betacam al DVD, y ahora al DCP, que es un disco duro», comenta. «Antes todo se hacía de forma manual. Hoy, casi todo llega por correo y se gestiona desde el ordenador. Pero la esencia sigue siendo la misma: que la película se vea bien». Sin embargo, el operador está convencido de que lo digital no puede reemplazar completamente al celuloide. «El 35 mm no desaparecerá. Hay una vastísima filmografía en ese formato y todas las filmotecas del mundo la conservan. Es como los vinilos: desaparecieron un tiempo, pero han regresado. Lo mismo ocurrirá con el cine en 35 mm». Para él, su formato favorito: «Tiene fuerza, tiene carácter. El digital se siente plástico. Ves una imagen demasiado nítida, que no es auténtica. En 35 mm, observas esa línea, ese sonido… esos detalles que hacen la diferencia».

Una profesión sin relevo

Su oficio, sin embargo, parece estar en peligro. «Cada vez hay menos operadores de cine. En España no creo que haya más de veinte con mi titulación, y la mayoría están aquí o en Barcelona». Desde que se suprimió el carnet obligatorio, ya no hay una formación oficial. «No existe un lugar específico donde aprender esta profesión. Si no somos nosotros quienes enseñamos, nadie podrá aprender a ser operador». Reconoce que la falta de relevo le preocupa, porque en filmotecas y archivos se sigue proyectando en formatos tradicionales. «Esto continuará existiendo, las copias están ahí. Pero si no hay quien sepa manejarlas, ¿qué hacemos?».

Por esta razón, en la cabina del Doré coexisten experiencia y vocación. Son tres operadores quienes mantienen el ritmo diario de las proyecciones. «Nosotros somos los responsables de que esto suceda, de que la gente lo vea. Nos encargamos de proyectar las películas que se emiten. Aquí todos los días hay algo proyectándose». El cine, en cambio, sigue viviendo del otro lado de la cabina. «Ha tenido muchos altibajos, pero hay gente que viene a diario. De todas las edades. Y últimamente veo más gente joven, eso lo he notado. Creo que hemos recuperado popularidad».

También al aire libre

El precio también es asequible: las entradas son económicas y hay sesiones gratuitas durante las obras de accesibilidad. Además de las dos salas interiores –una con más de 300 butacas y otra con 116–, el Doré abre su terraza de verano en julio y agosto. «Tiene mucha aceptación. Es una maravilla proyectar al aire libre, observar la pantalla bajo las estrellas». Como podrán imaginar, con tantos años, las anécdotas se multiplican. «Una vez proyectamos una película en 16 mm del final al principio y el público no se dio cuenta. Era experimental, con rayas y sonidos. Otra, de Warhol, duraba ocho horas. Nosotros pusimos solo hora y media: una persona durmiendo, cámara fija. Y la gente lo aguantó». También guarda recuerdos más emotivos: «La despedida de Juan Antonio Bardem. Ese día no hubo proyección. Vinieron todos los trabajadores, y acudió mucha gente a despedirlo. Fue algo muy especial».

Entrevista al proyeccionista del cine Doré, Juan Carlos Sánchez. David Jar
Entrevista al proyeccionista del cine Doré, Juan Carlos Sánchez. David JarDavid JarFotógrafos

Y las constantes visitas ilustres: «Aquí han pasado directores como Manoel de Oliveira, Almodóvar, Wes Anderson, Stanley Donen… y actores como John Malkovich. Hemos proyectado películas de Georges Méliès con su bisnieta en la sala, comentándolas en vivo. Eso no se olvida».

Cuando le preguntamos sobre qué tipo de cine le gusta, responde sin dudar: «Las comedias, el thriller, el suspense… el cine negro clásico. El terror… no tanto; quizás por la experiencia en el Cine Ideal, donde solo se proyectaban ese tipo». No suele asistir a otros cines. «Después de trabajar aquí, el día que descanso no me apetece entrar a otro cine. A veces lo hago, cuando mi señora quiere ver un estreno o con mis nietos. Pero no es lo que más me apetece».

De los miles de títulos que ha visto proyectar, ha aprendido algo fundamental: «Ves una película y sabes enseguida si te va a atrapar. Algunas te conquistan en cinco minutos. Otras, media hora y no entiendes de qué van». Entre sus favoritos menciona a Coppola, John Ford, Hitchcock, Berlanga, Saura y Almodóvar. «Se proyecta mucho cine español, aunque menos de lo que debería. Siendo la Filmoteca Española, debería haber más».

Luz, oficio y memoria

Cuando cae la tarde y las luces del Doré se atenúan, en la cabina se enciende la lámpara del proyector. El zumbido constante del motor se fusiona con el silencio expectante de la sala. Afuera, el público se acomoda. Dentro, Juan Carlos ajusta el foco y observa a través de la ventanilla. Todo listo. Esa imagen, repetida miles de veces, resume una vida entera dedicada al cine. Un trabajo invisible, pero esencial. Porque, como él mismo dice, con la calma de quien ha convertido su oficio en un estilo de vida: «El cine sigue existiendo. Y mientras exista el cine, debe haber quien lo proyecte».

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