Madrid se expande verticalmente: viviendas precarias en la planta baja y lujo en el ático | Noticias de Madrid
Aseguran que el ascensor social está fuera de servicio, y en Madrid, esta afirmación se hace inquietantemente evidente. Solo hay que dar un paseo por el centro para comprobarlo. Observas los bajos de los edificios repletos de ventanas enrejadas, escaparates que ofrecen un vistazo a vidas ajenas. Las fruterías y bares han sido rápidamente convertidos en viviendas sin luz, intimidad, y apenas espacio. Los vecinos están apiñados donde antes se vendía pescado o cerveza. Y a solo cinco tramos de escaleras y un botón de distancia, Madrid se transforma en un lugar ibicenco y glamuroso. Los áticos de revista y los rooftops para gintonic proliferan; parece que desde esas alturas uno casi puede tocar el cielo. Esta imagen se presenta como la metáfora urbana más perfecta, un indicador del rumbo que tomamos en esta metrópoli.
Siempre ha sido una ciudad vertical. «Ancha es Castilla y larga es Madrid», que aunque dispone de espacio, optó por crecer hacia arriba. Las viviendas aquí se han construido unas sobre otras, y solo en años recientes hemos comenzado a imitar el modelo suburbano estadounidense. Los madrileños estamos acostumbrados a vivir apelotonados, durmiendo con las vidas de otras familias en desarrollo sobre nuestras cabezas, y escuchando los sonoros dramas y las eróticas alegrías de otros sucediendo bajo nuestros pies. Los pisos son estanterías de personas, organizadas de una manera eficiente, como filetes en la nevera o jerséis en un armario.
Sin embargo, no todas las baldas tienen el mismo valor. Dentro del mismo edificio coexisten vecinos de distintas capacidades económicas, reflejadas por el botón que presionan al entrar en el ascensor. Los áticos pueden costar entre un 30 y un 50% más que un piso intermedio, mientras que los bajos son aproximadamente un 23% más baratos. En una ciudad caótica y saturada, vivir a ras de suelo implica hacerlo a la sombra de los demás. Y una vida entre sombras resulta más asequible que una rutina iluminada.
Recientemente, ha llegado tanta gente a esta ciudad que ya no sabemos dónde acomodarlas. Ves a nuevos madrileños en estaciones y aeropuertos, buscando frenéticamente un lugar donde quedarse y deshacer las maletas. Para hacerles espacio, hemos empezado a aprovechar los últimos metros libres que quedaban en los edificios. Los bloques se han ido estirando con los requerimientos del mercado, inventando pisos en buhardillas y semisótanos, incluso en cuartos de calderas y tiendas de ultramarinos. Las casas madrileñas han demostrado ser como el cerdo: se aprovecha hasta el último centímetro. A este ritmo, podríamos acabar acomodando a la gente en los ascensores. El tiempo dirá.
Así, el vecindario ha caído al suelo, buscando espacios en los trasteros donde colocar sus pertenencias y construir una vida, como porteros huérfanos de portería. Al principio, lo hacían los turistas, pero el modelo funcionó tan bien (para los arrendadores) que decidieron extenderlo a cualquier vecino. Resulta más rentable hospedar a personas en los bajos que hacerlas vender enaguas, tornillos o carcasas de móviles. Así, los bajos comerciales han sido transformados en bajos residenciales, haciendo que la calle se inunde de salones con televisores encendidos, cocinas humeantes y camas sin hacer. Sales a comprar pan y regresas a la media hora desorientado y sin un mendrugo que llevarte a la boca, pero con un montón de cotilleos y una orden de alejamiento.
Los turistas también fueron los primeros en entusiasmarse, viendo el potencial del Madrid elevado. Los áticos y las ‘terrasitas’ canallas empezaron a desplegarse en la parte alta de los hoteles. Pero rápidamente esta idea se trasladó a centros comerciales, museos y edificios gubernamentales, hasta comunidades de vecinos. Donde antes se acumulaban cajas de aires acondicionados, ahora hay tumbonas, duchas y césped artificial. Las azoteas comunitarias se han convertido en espacios chill out. Resulta mucho más atractivo celebrar una junta de vecinos allí que en la oficina del administrador; después de un par de mojitos, apruebas cualquier derrama al grito de “¡a esta invito yo!”.
Los vecinos de arriba también se han sumado a la moda. Han decorado sus terracitas con plantas tropicales y tumbonas, quizás atendiendo aquella propuesta loca de Ayuso de frenar el cambio climático con macetas (¿Qué fue de eso? Aún espero mi geranio). Cuando paseo por los barrios más acomodados, enseguida me duele el cuello de tanto mirar y fantasear con esos hogares. Pisos acogedores y luminosos, alejados de la contaminación y el ruido. Desde esos espacios, puedes ver a los vecinos por encima del hombro, asomándote un poco, y ellos ni se percatan de tu presencia. Solo alguien de tu nivel, que tenga otro ático, puede curiosear tu hogar.
Es fundamental observar Madrid desde diversas alturas para obtener una perspectiva completa. Al hacerlo, puedes apreciar edificios saturados, donde la gente va del semisótano hasta el ático, ondeando la bandera de España. Bloques donde la miseria y el lujo coexisten a pocos escalones de distancia, donde los vecinos comparten un acceso a viviendas y vidas polarizadas, simbólicas de dos Madrid. Así, puedes notar cómo estos extremos definen la ciudad, un lugar donde cada vez hay más personas a diferentes alturas.



