Marina Rebeka: La intensidad no lo es todo en el lied.
Es sintomático de los tiempos actuales que una artista de la talla de Marina Rebeka, soprano cuya inquietud artística se presupone acorde a su estatus, elija presentarse en el ciclo de Lied del Teatro de la Zarzuela con el mismo programa que ya interpretó en el Palau de les Arts de Valencia hace dos años. Tras su destacada interpretación de “Lucrecia Borgia” en el Maestranza de Sevilla, muy bien comentada en estas páginas, quien escribe se sintió decepcionado en esta ocasión. Es cierto que a los críticos nos pasa lo mismo que a los artistas: a veces no tenemos nuestro mejor día. Posiblemente este fuera mi caso.
La excelencia vocal de la soprano letona se hizo evidente, pero la emoción estuvo ausente, oculta tras la técnica. Cuenta con un instrumento de notable firmeza y homogeneidad; un timbre peculiar y una voz que se proyecta en la sala de manera casi desafiante. De hecho, me atrevería a calificarla de agresiva. Si bien su registro agudo no presenta problemas, la zona baja de su tesitura muestra desigualdades y los graves son un tanto oscuros. El lied requiere mil matices de color en una sola frase, y Rebeka tiende a confiar en su hermoso legato, pero a veces le faltó la variedad que tienen los cantantes que se dedican exclusivamente a este género, y en ocasiones incluso bordó el grito. No era necesario forzar, porque tiene caudal de sobra.
El programa ofrecía un recorrido ecléctico por Verdi, Tosti, Respighi, Cui, Chaikovski y, como era de esperar, sus mejores momentos fueron en el repertorio ruso. En Chaikovski y Rajmáninov, la oscuridad inherente de la escritura y el idioma permitieron que ese timbre metálico adquiriera matices más expresivos y hubo instantes de auténtica belleza. No corrieron la misma suerte las incursiones en el repertorio de Verdi -que no alcanza la altura de sus óperas-, Tosti o Respighi, que fueron tratadas con una grandilocuencia inadecuada, sonando la voz a menudo sobredimensionada y mostrando la dificultad de la cantante para aligerar un instrumento diseñado para atravesar orquestas, lo que resultó en una interpretación que careció del encanto y la sensualidad que estas partituras requieren.
Acompañar una voz de este calibre no es tarea sencilla: si tocas poco, desapareces, y si tocas mucho, compites. Mathieu Pordoy, al piano, optó por una servidumbre eficiente, mostrándose atento y flexible, para ofrecer contraste a tanta opulencia en las piezas en solitario, varios preludios de Cui y especialmente los de Respighi. Pero llegaron las propinas y ahí emergió la gran Rebeka: el Bolero de las “Vísperas sicilianas” de Verdi, Vissi d’arte de “Tosca” y Ebben, ne andrò lontana de “La Walli” de Catalani.
El público, que llenó el ciclo y que parece cada vez más ávido de voces grandes que de estilistas puros, ovacionó como en los mejores tiempos. Era lógico. El sonido de Rebeka es impactante, y en vivo, su seguridad aplasta cualquier duda. Pero al salir a la calle Jovellanos, uno se quedó con la sensación de haber asistido a la exhibición vocal de una soprano a la que le faltaba el tamaño necesario para el teatro.



