Martha Argerich: el piano como símbolo de libertad.
A una milésima de segundo de que concluya el primer concierto para piano de Beethoven en el Auditorio Nacional, Martha Argerich (1941, Buenos Aires) salta de su banqueta, con un dedo aún en la tecla, lanza un pañuelo a la caja de … resonancia y se gira. El auditorio estalla en vítores y aplausos. Tiene 84 años, pero aquí la edad es irrelevante. El público no ovaciona sus años, sino la claridad con la que toca, una nitidez que ni la inteligencia artificial ni los jóvenes más virtuosos pueden replicar. No se trata solo de esfuerzo, que por supuesto es necesario, ni de una extensa carrera, que indudablemente contribuye. Esa claridad y transparencia son el resultado de alguien que se ha dejado atravesar por la música y se ha entregado a ella sin reservas.
A lo largo de la historia, ha sido siempre Dios quien se ha revelado al hombre y no al contrario. Sin embargo, a veces uno es alcanzado por la fortuna y, por una feliz casualidad, paseábamos por un pasillo del Auditorio Nacional cuando el milagro ocurrió y la diosa del piano ensayaba en la sala sinfónica. Nos acercamos a observarla en la penumbra, en una esquina. También a través de los ojos de quienes la conocen, como su hija, Stéphanie Argerich, quien mencionó en ‘Bloody daughter’, su documental sobre su madre, que, curiosamente, Martha Argerich nunca deseó ser pianista. Su aspiración era ser doctora. Se acercó al piano casi por casualidad, a los cinco años, pero sus manos en el instrumento eran ya una especie de premonición. «Mi padre decía que yo era una niña feliz, pero que cuando empecé a tocar me hice triste y preocupada… O algo así», confesaba la pianista a su hija mientras revisaban fotos de su infancia. Pocos años después, conocería a otro prodigio, el joven Daniel Barenboim de ocho años. Ahora duele ver cómo la enfermedad ha impactado a este maestro. Argerich, música errante hasta el momento, se mudó a los quince años a Londres, Viena y Suiza para continuar sus estudios.
Puede parecer que los premios la consagraron; en 1957 ganó dos concursos con solo tres semanas de diferencia: el premio Busoni de Bolzano y el Concurso de Ginebra. Pero lo que realmente define a Martha Argerich es que nunca ha sido de nadie. Nunca ha querido ser la ‘hija de’, ni la ‘mujer de’, ni la ‘compañera de’. Solo Martha, Martha Argerich. De pequeña, no se dejaba peinar, ni hacía muchas preguntas cuando ganó el Concurso Internacional Chopin en Varsovia, un año después de convertirse en madre. Y tampoco se deja ahora. A ella le apasiona la música y nada (ni nadie) más. Por eso, hay que sacarla casi a la fuerza cuando termina un ensayo, porque ella querría seguir tocando sin parar. Su convicción ha sido la que la ha llevado a llenar salas en todo el mundo, a tocar con las mejores orquestas y incluso a cambiar de camerino si no le parecía adecuado, o a incomodarse cuando el maestro Charles Dutoit le pedía que ofreciera una propina a los presentes tras su actuación. Testigos somos.
Arriba, Argerich en el Concurso Chopin de Varsovia en 1965. Izquierda, Martha Argerich con Daniel Barenboim. Derecha, Martha Argerich y Charles Dutoit en el concierto de Ibermúsica.
En su vida hay dos lanzas que la han atravesado: una es la música y la otra es la maternidad. Esta última, que llegó de forma inesperada, no fue un obstáculo para su carrera, aunque puede que su sentimiento de soledad y distanciamiento la llevara a realizar pocos recitales como solista. Su trayectoria está marcada por constantes idas y venidas, por temores y certezas; en lugar de consolidar una carrera tradicional, se ha despojado de todo lo superfluo, quedándose solo con la música. Lo que Argerich ha puesto de manifiesto es su rechazo frontal a la idea de «carrera». Abandonó la noción del recital en solitario durante décadas y renunció al prestigioso formato del pianista para refugiarse en la música compartida. Aquella fuerza casi indómita de sus inicios no ha desaparecido, pero ha dejado de ser un fin en sí misma para convertirse en un simple lenguaje, un impulso que se pliega y se expande dependiendo de la obra y el momento. Su trayectoria no se mide en logros, sino en una forma de ser que evade cualquier norma y parece responder únicamente a una necesidad interna.
Esa premonición que su padre detectaba como tristeza aún se refleja en ella. «No soy feliz», decía a su mánager en el documental. «Sí lo eres cuando tocas», le respondía. «Depende de lo que toco y de cómo. Depende», contestaba con firmeza. Nunca ha habido una línea continua en su carrera ni en su vida interna. En su forma de hacer música, coexisten la intuición y el riesgo, la fragilidad y la adrenalina. Heredera de una tradición que alude a Rachmaninov o Horowitz, pero también ajena a cualquier linaje, no siente la necesidad de imponerse. «Siempre descubro cosas nuevas en la música. Es como el amor», ha afirmado en varias ocasiones. El amor de su familia es su amuleto, el que la acompaña ya sea con una cámara en mano o en un rincón del escenario, sentados en el suelo, observando asombrados durante el ensayo.
El miedo es parte de su vida. A veces no quiere salir a tocar, y sus cancelaciones han acaparado titulares en los periódicos. Frecuentemente, se generan episodios de negación, donde no encuentra la diversión en salir a un escenario. Su relación con el piano, como en la vida, no es la de una intérprete que domina un instrumento, sino la de alguien que parece dejarse llevar por él. No busca seguridad ni perfección absoluta; más bien, su grandeza reside en aceptar la inestabilidad, en tocar como si cada nota pudiera romperse. Se nota en cómo sube las escaleras hacia el ensayo, en cómo mueve la cabeza sutilmente cada vez que escucha a la orquesta durante su actuación. En ella, el tiempo se dilata. Hay una urgencia casi juvenil, una energía inmediata que la hizo célebre, y al mismo tiempo una libertad que parece suspender el discurso, como si la música pudiera deterse o desviarse en cualquier momento. Cuando Argerich toca, pierde años. Pisó el escenario del Auditorio Nacional con 84 y salió con 50 menos. Argerich no quería ser pianista, sino doctora, pero, en cierto modo, se ha convertido en sanadora de almas con sus manos. También de la suya.



