Martha Argerich: el piano como símbolo de libertad.


A una milésima de segundo de que concluya el primer concierto para piano de Beethoven en el Auditorio Nacional, Martha Argerich (1941, Buenos Aires) salta de su banqueta, con un dedo aún en la tecla, lanza un pañuelo a la caja de resonancia y se gira. El auditorio estalla en vítores y aplausos. Tiene 84 años, pero aquí la edad es irrelevante. El público no ovaciona sus años, sino la claridad con la que toca, una nitidez que ni la inteligencia artificial ni los jóvenes más virtuosos pueden replicar. No se trata solo de esfuerzo, que por supuesto es necesario, ni de una extensa carrera, que indudablemente contribuye. Esa claridad y transparencia son el resultado de alguien que se ha dejado atravesar por la música y se ha entregado a ella sin reservas.

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