Me irrito y me falta el aire.


Existen gestos en política que expresan más que un centenar de discursos. Dejar un pleno municipal tras un comentario irónico del alcalde de Madrid sobre el papel de la oposición no es un acto de dignidad institucional; es más bien una muestra de inmadurez política. Esto es lo que reflejó Reyes Maroto al levantarse de su escaño después de que el alcalde la describiera irónicamente como la concejal que «mejores servicios presta al Partido Popular».

La situación ocurrió cuando la portavoz socialista hacía una pregunta sobre la encuesta de calidad de vida del Ayuntamiento. Sin embargo, el contexto era más complejo. El Grupo Popular había incluido en el orden del día la gestión del servicio de Cercanías en Madrid, que está bajo la jurisdicción del ministerio de Transportes y Movilidad Sostenible, y por ende del Gobierno de Sánchez. En discusión estaban datos: 250 incidencias hasta la fecha este año en líneas como la C3, C4 y C5; 1.500 en los dos últimos años; descarrilamientos; retrasos; y viajeros caminando sobre las vías. Ese era el centro del debate.

El alcalde, José Luis Martínez-Almeida, utilizó la ironía como una herramienta retórica para enfatizar lo que percibe como una actitud habitual de la oposición: criticar la gestión local mientras elude la responsabilidad del Gobierno central. La ironía no es un desliz. Es una técnica clásica de la oratoria parlamentaria. Permite confrontar sin recurrir a insultos, cuestionar sin elevar la voz y señalar contradicciones sin necesidad de descalificaciones groseras. Puede gustar más o menos, pero es parte del debate.

Ante esta ironía, la respuesta fue un temporal abandono del hemiciclo. Luego regresó, concluyendo la intervención del alcalde. Sin embargo, ya era tarde: el gesto estaba hecho, y el mensaje también estaba claro: cuando el intercambio se torna incómodo, se elige un portazo simbólico.

El fondo de la cuestión sigue siendo Cercanías. Si el servicio muestra un deterioro objetivamente verificable, corresponde al ministro competente, Óscar Puente, aclarar qué ha fallado, qué inversiones se han realizado y cuáles están en el horizonte. No parece razonable desviar la discusión hacia cuestiones de susceptibilidad personal. El usuario que sufre cancelaciones no necesita debates sobre el tono; requiere trenes que funcionen.

La política española enfrenta una tendencia alarmante: la teatralización del agravio como estrategia de retirada. Cuando los datos son apremiantes, se cuestiona la forma. Cuando la gestión está bajo la lupa, se dramatiza la crítica. Es una inversión del orden lógico del debate público.

El Pleno municipal no es un escenario ni una consulta emocional. Es el espacio donde se confrontan responsabilidades. Quien asume una portavocía debe estar preparado para soportar la presión dialéctica, incluso cuando se presenta en forma de ironía. Especialmente en esos momentos.

No es efectivo el «me enfado y no respiro» como estrategia política. La disidencia es intrínseca a la democracia; la resistencia al debate no lo es. En última instancia, gobernar y oponer requiere más que sensibilidad ante la sátira: demanda fortaleza argumental. Porque la política —si aspira a ser más que un intercambio de gestos— es para adultos, y Maroto, con su actuación, no lo parece.

* Carlos Izquierdo es Portavoz del Grupo Municipal del Partido Popular en el Ayuntamiento de Madrid

Start typing and press Enter to search