Mónica García no desea enfrentar un destino ruin y dirige su mirada hacia Madrid.


A medida que transcurren las semanas, el futuro político de Mónica García se torna más incierto. En principio, su continuidad en el Gobierno tras unas nuevas elecciones generales parece bastante difícil. La debacle que ha sufrido la izquierda en los últimos comicios autonómicos, los escándalos y la tormenta judicial que acechan a Pedro Sánchez y su equipo, así como los resultados de las encuestas, no presagian otros cuatro años de poder para el actual presidente y sus ministros.

Como alternativas ante este desplome, a la ministra de Sanidad le quedarían la gran coalición de ultraizquierda, que busca un líder que suceda a Yolanda Díaz, y el regreso a Madrid para intentar derribar a Isabel Díaz Ayuso, la mujer que ya la venció en las urnas en el pasado. Como lo primero se asemeja a un suicidio político, debido a la evidente pérdida de confianza de los ciudadanos en los partidos que integran esta alianza, no parece probable que García se atreva a dar un paso adelante que la situaría al borde del abismo. La titular de Sanidad es consciente de este escenario y no desea quemarse en el intento.

La opción de la Comunidad es más viable, y en este marco habría que situar sus continuos ataques a la presidenta autonómica mediante declaraciones y normativas variadas. Desde luego, no ganaría, pero bien podría superar a Óscar López o a quien Sánchez designe para liderar al PSOE en Madrid, su plaza maldita. La ministra no quiere contratiempos que oscurezcan aún más su futuro y la huelga médica lo es. Sabe que el ruido la perjudica y ha dado instrucciones para desmantelar la protesta de los facultativos. Su subalterno Miguel Ángel Máñez ya tiene la orden de tender puentes con el sindicato Amyts, que solía ser aliado, y dar un golpe duro a la CESM.

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