Pablo Pueblo, el apasionado embajador del flamenco en Madrid.


Pablo Pueblo, conocido como Pablo Rey Medrano, transita con fluidez por la reducida red de espacios musicales que aún perduran en Madrid. Su actividad se centra principalmente en el corazón de la capital y en el barrio de Lavapiés, donde ha hallado el entorno perfecto para presentar su colección de vinilos y su discurso sobre el flamenco.

Uno de sus cuarteles generales es Proper Sound, un local de referencia en el mundo del café de especialidad y el sonido hi-fi en la ciudad. Desde hace un par de años, también se encarga de la programación. Sus sesiones se centran en el groove y el jazz flamenco, con desvíos hacia un jazz más progresivo. En este contexto, frecuentemente se pueden escuchar grabaciones vinculadas a Madrid, muy asociadas a sellos como Nuevos Medios o a la generación de los jóvenes flamencos. Nombres como Jorge Pardo, el grupo Dolores, Carles Benavent y esa sonoridad de los ochenta y noventa que él asocia directamente con la identidad madrileña. «Son discos muy de Madrid, muy representativos. Es un sonido que se desarrollaba aquí, y poder recuperarlo es algo realmente valioso», resume sobre su labor de difusión y valorización.

Lavapiés constituye otro de los ejes clave de su trayectoria reciente. Bares como La Aguja y Madre Flaca, además de otros espacios con cabina y platos, funcionan como pequeñas embajadas del vinilo y puntos de escucha de una música española menos convencional. En estos bares, sus maletas combinan yeyé, rumba, soul y rock andaluz progresivo. Nombres como Triana, Smash o Gualberto son comunes en noches que, tal como explica, ofrecen «un ambiente más roquero».

Algunos de los vinilos de la colección de Pablo Pueblo (José María Ripalda/Club Reno)

Y luego está el Candela. La reapertura de este emblemático local, en enero, llegó con un plan que él mismo describe como si «el cielo se abriese«: una programación estable de flamenco, flamenco fusión y flamenco electrónico, con DJs especializados y un criterio claro. Durante meses fue uno de los pocos espacios donde se podían escuchar estas mezclas en horario de tarde y noche. Sin embargo, en septiembre, el enfoque viró hacia un discurso casi exclusivamente electrónico, relegando esa identidad inicial. La historia del Candela, sus raíces flamencas y la conexión con el local original han quedado diluidas en un sonido más estándar, más cercano a un club genérico que a un espacio con su historia y relevancia.

En todo caso, el nombre de Pablo Pueblo también se relaciona con iniciativas muy interesantes, donde la escucha se entrelaza con la transmisión de historias. Por ejemplo, hace unos meses, en la tienda de muebles Reno, en el Rastro, protagonizó una sesión dedicada a Pata Negra con motivo de la reedición de Guitarras callejeras y Blues de la frontera. El formato, que ellos definieron como «sesión hablada», combinó su selección de temas con las explicaciones del periodista Marcos Gendre. Entre ambos delinearon una geografía que unía el rock sevillano de finales de los sesenta con Veneno, Lole y Manuel, la familia Montoya y la llegada definitiva de Pata Negra.

Urbanismo, memoria y Sones del Chicharro

Caño Roto ocupa un lugar central en su mapa personal. Ese barrio entre Carabanchel y Latina, que se ha convertido desde hace años en un referente del flamenco madrileño, aparece en sus relatos como el punto de origen de un sonido y una forma de redefinir la música en la capital. De esta zona periférica surgirá un estilo único de guitarra rumbera, una manera de tocar por bulerías y rumbas, y una serie de músicos que marcarán varias décadas de grabaciones. En esas calles aprendió Manzanita, allí se formaron los Chorbos y se estableció un sonido que posteriormente se dispersaría por toda la ciudad.


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Su formación como arquitecto lo lleva a mirar Caño Roto también desde una perspectiva urbana. «El tema de la arquitectura y el urbanismo en Caño Roto es bastante singular, y está muy bien», explica. Hace unos meses recorrió el barrio, preguntando a sus vecinos y buscando los lugares mencionados en las canciones que tanto había escuchado. Un ejemplo es la investigación que realizó sobre la antigua calle del Chicharro. Un nombre que no aparecía en el callejero, pero que logró localizar en un aparcamiento, entre restos de cimentaciones y vestigios de viejas infraviviendas.

De esa búsqueda emerge una fantástica reinterpretación de Sones del Chicharro. El tema, uno de los pocos instrumentales compuestos por Manzanita para el disco de los Chorbos, es «el súmmum de todo esto, un clasicazo». Lo describe en detalle: una guitarra de rumba al frente, otra pasada por wah-wah «totalmente soul, funk», batería, bajo y arreglos de viento. «Hay como una lucha entre dos enfoques de tocar, uno más funk y otro más rumbero, que es el de Manzanita», señala. Descubrió esta canción en un primigenio recopilatorio titulado Spanish Grooves de principios de los 2000. Esta pieza fue finalmente el nombre que eligió para su programa en Radio Relativa.

Arqueólogo del sonido

Pablo Pueblo habla de «campos de investigación» y resume su método de trabajo en una simple cadena: «Buscar, leer, rebuscar y volver a rebuscar.» Uno de esos campos se relaciona con el flamenco groove, el sonido propio de Caño Roto y el gypsy rock de las décadas de los setenta y ochenta. Otro se centra en las rumbas de feria y romería del bajo Guadalquivir, «todo lo que va de Sevilla hasta Cádiz y Huelva, todo lo que rodea el Rocío.» Dentro de este segundo bloque, le interesan especialmente las grabaciones que incorporan «instrumentación jazz, funk, soul, disco,» un ámbito que considera «totalmente inexplorado.»

Este recorrido también incluye viajes específicos a tiendas de Jerez, Sevilla o Cádiz, días enteros de rastreo y búsqueda en Madrid, y adquisiciones que le permiten completar su colección. Y resalta: «Tengo mucha suerte porque lo que me interesa se produce aquí; no necesito ir a Perú para buscar cumbia ni a Nashville por country.» Su vasta colección ronda las 561 referencias de rumba, 490 de flamenco, 96 de sevillanas, 91 de progresivo andaluz y 33 de flamenco jazz. Todo un auténtico tesoro.

Madrid, el Tirititrán y un futuro por construir

Madrid retorna a la conversación como una ciudad con una oferta flamenca muy robusta, aunque limitada a ciertos espacios específicos. Tablaos históricos como Corral de la Morería o ciclos como Suma Flamenca, junto a las programaciones del Ayuntamiento y las del Café Berlín, posicionan a la capital en el centro del mapa peninsular.

Fuera de ese circuito, el panorama es distinto. Pocos locales apuestan por «flamenco más contemporáneo o más electrónico» en formato club. Entre las escasas excepciones, destaca el Bambino Club, la fiesta que se celebra en Club Malasaña, donde Miguel Ángel Fernández, de Son de la Tribu, logra mantener la pista animada a las cuatro de la mañana con selecciones de raíz y sus ramificaciones. También menciona sus participaciones en el Candela cuando le permiten, con flamenco electrónico hasta altas horas, que «encajaba perfectamente.» A partir de estas experiencias, sugiere una posible línea: un espacio minoritario, pero real para una música que no se asemeja al «4×4 de toda la vida» y que busca definir otra identidad.

Foto: madrid-edad-plata-modernidad-cultura-1hms

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Su participación en el Festival Tirititrán, por último, ayuda a construir esa idea de ciudad que podría sonar diferente. El ciclo, impulsado por Miguel Ángel Sutil, creador de la revista Enlace Funk, nació como un festival de verano en su pueblo y ya lleva tres ediciones en Madrid: primero en una sala de Lavapiés y ahora en el Tempo Club. Se compone de cuatro conciertos, uno cada mes, centrados en flamenco y jazz flamenco. Pablo se encarga de la música antes, durante y después, extendiendo la noche y conectando los directos con su archivo. Es en este contexto donde se plantean y replantean, de nuevo, los sonidos de Madrid, el jazz, las fusiones y las nuevas escenas. Al mismo tiempo, sigue de cerca lo que acontece en Sevilla y Cataluña con la fusión entre flamenco y electrónica.

En definitiva, el perfil de un DJ que no deja de investigar el flamenco de fusión. Le encanta actuar como intermediario entre barrios, colecciones y públicos. Habla de «muchos años de búsqueda», de escuchar, de organizar y de dar contexto. En sus sesiones, entre rumbas, gypsy rock, jazz flamenco, sevillanas con arreglos funk del bajo Guadalquivir y rock progresivo, Madrid se vuelve mucho más diverso e inquieto, vislumbrándose otro pasado y, por qué no, otro presente, donde el reconocimiento y la esencia de estas músicas regresen al primer plano. Una memoria sonora que propone otra forma de narrar la ciudad.

Breve selección del flamenco madrileño

Como guía inicial para quienes deseen adentrarse en el flamenco y sus ramificaciones originadas en Madrid, Pablo Pueblo sugiere una pequeña cartografía sonora. Para comenzar, Flamenco, de Los Brincos. Luego, Por dónde caminas, del grupo Dolores, grabación en la que Dolores y Paco de Lucía colaboraron por primera vez y que dio pie al posterior sexteto: un hito absoluto en Madrid.

A esa línea añade Sones del Chicharro, compuesta en Caño Roto y considerada como el gran paradigma del sonido híbrido que caracterizó a los Chorbos y al joven Manzanita. Recomienda también La Cigarra, de Jorge Pardo, uno de los temas emblemáticos de la primera etapa del jazz flamenco madrileño vinculado a Nuevos Medios. Y, para culminar, sugiere un tema del disco La pipa de kif, de Ketama, grupo profundamente ligado al Rastro y símbolo del sonido urbano de finales de los ochenta. Con estas piezas, afirma, se obtiene «una banda sonora mínima, pero precisa» para entender cómo Madrid ha marcado la historia del flamenco.

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