¿Por qué no hay una calle dedicada a Mengs en Madrid?
Madrid se jacta de sus calles, pero maneja la memoria con tanto oportunismo como desgano. Existen próceres de saldo, glorias repetidas y homenajes automáticos. Farinelli carece de calle, pero Rafaella Carrà tiene la suya. Asimismo, la figura de Antonio Raphael Mengs no aparece en el callejero. Ni una vía secundaria ni una placa. Es curioso si se considera que fue el primer pintor de Carlos III en la capital del imperio y una figura fundamental en la transformación del gusto artístico de la corte madrileña del siglo XVIII.
Mengs no ocupó un puesto decorativo. No fue un pintor circunstancial ni un nombre importado para cumplir con un expediente ilustrado. Aterrizó en Madrid con una concepción rigurosa del arte y una autoridad intelectual inusual. Introdujo el nuevo lenguaje neoclásico justo cuando el barroco comenzaba a agotarse y el virtuosismo había reemplazado a la idea. No vino a agradar. Vino a organizar. A imponer una gramática visual basada en la claridad, la medida y la razón, sin renunciar a la intensidad ni a la ambición moral.
La exposición que ahora le rinde homenaje el Museo del Prado bajo la iniciativa de Andrés Úbeda y Javier Jordán de Urríes actúa como una restitución largamente esperada. No revela a un pintor menor ni a un teórico árido, sino a un creador central, incómodo y exigente. Mengs se presenta como lo que fue: un artista que concebía la pintura como una forma de pensamiento. Que aspiraba a depurar el gusto sin sacrificar la emoción. Que defendía la disciplina y la academia no como un corsé, sino como una condición para la libertad artística.
Sus retratos de Carlos III encapsulan bien esa actitud. No hay en ellos retórica ni grandilocuencia. El poder no se dramatiza ni se embellece. Se fija. Mengs pinta al rey como institución, no como mito. La sobriedad no es timidez, sino un método. Y esa contención deliberada, tan alabada hoy, también explica por qué su figura no generó una mitología fácil ni una posteridad sentimental. Mengs no alimenta leyendas. Deja huellas más profundas y menos visibles.
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Paula Corroto
Además, hay un episodio que basta para medir su estatura intelectual y su sentido de la responsabilidad pública. Cuando el rigorismo moral de Carlos III decidió condenar a la hoguera los desnudos de la colección real -incluidos los de Tiziano, Rubens y Guido Reni- Mengs intervino. No con aspavientos ni gestos heroicos, sino con autoridad intelectual. Aquellas obras no fueron destruidas. Se confinaron en una suerte de «cuarto oscuro». Gracias a esta solución, hoy siguen formando parte del patrimonio visible. Madrid las disfruta sin recordar a quién evitó su desaparición.
El gesto resume una comprensión del arte que va más allá de la pintura. Para Mengs, el patrimonio no era una tentación moral ni un problema temporal, sino una herencia que debía ser preservada incluso ante el poder. No solo pintó para la corte. La educó. Y cuando fue necesario, la contradijo. Sin estridencias. Sin dramatismo. Con argumentos.
Hoy, al recorrer el Prado y contemplar esas obras como si siempre hubieran estado ahí, es parte de su triunfo silencioso. Mengs no dejó una huella espectacular, sino estructural. Su influencia se percibe en lo que damos por sentado. En lo que creemos natural. En una concepción del museo como espacio de educación estética y no solo de acumulación. En una noción del arte como ejercicio de responsabilidad pública.
¿Cómo es posible que no haya una calle dedicada a Mengs en Madrid? No se trata de una queja anecdótica ni de una reivindicación erudita. Es una anomalía reveladora. El callejero madrileño ha sido más generoso con el sensacionalismo que con el rigor, con la emoción inmediata que con la inteligencia disciplinada. Mengs no se ajusta al repertorio sentimental de la ciudad. No fue pintor del desgarro ni del exceso. Representó una modernidad sobria, una ilustración sin folclore, una exigencia incómoda.
Puede que el propio maestro de Dresde fuera consciente de los peligros de la desmemoria. Y que, por razones preventivas, decidiera autorretratarse más que cualquier otro artista. La exposición del Prado es un recorrido por sus autorretratos y por su autobiografía. Y por la psicología de un artista narcisista que convirtió la técnica y el oficio en su primera religión.
Nombrarle una calle no cambiaría la historia ni corregiría el olvido acumulado. Pero obligaría a algo poco frecuente: reconocer que la modernidad madrileña también se construyó desde la disciplina, la razón y la resistencia silenciosa. Que hubo un artista que salvó cuadros del fuego, ordenó el gusto de una época y entendió el arte como una forma de responsabilidad cívica. Y que Madrid, dos siglos después, todavía le debe un nombre en el mapa.
Madrid se jacta de sus calles, pero maneja la memoria con tanto oportunismo como desgano. Existen próceres de saldo, glorias repetidas y homenajes automáticos. Farinelli carece de calle, pero Rafaella Carrà tiene la suya. Asimismo, la figura de Antonio Raphael Mengs no aparece en el callejero. Ni una vía secundaria ni una placa. Es curioso si se considera que fue el primer pintor de Carlos III en la capital del imperio y una figura fundamental en la transformación del gusto artístico de la corte madrileña del siglo XVIII.



