«¿Quién se siente atraído por nosotros?»
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Desde las tierras que rodean la Cañada Real Galiana se alcanza a observar la vasta y majestuosa urbe de Madrid, que parece prometer oportunidades infinitas. Pero al bajar la vista, se revela uno de los asentamientos chabolistas más grandes de la capital, … con estructuras levantadas con cemento y piezas de chatarra, techos que no resisten los días lluviosos y calles repletas de escombros, resultado de las constantes demoliciones que se llevan a cabo allí.
Chule y Toni, dos habitantes del sector 6, de etnia gitana, caminan por estos senderos evitando los charcos dejados por la lluvia. «Conozco la Cañada entera como la palma de la mano», afirma el segundo. Sus calles sirvieron de locación para la película ‘Ciudad sin sueño’, dirigida por Guillermo Galoe y protagonizada por ellos junto a otros residentes, como Bilal Sedraoui, de origen marroquí.
Desde hace semanas, el frío ha invadido los hogares de los protagonistas de esta película. Hoguera y unos pocos generadores de electricidad iluminan sus espacios, además de las placas solares que algunos han instalado para mitigar el alto gasto que representan los generadores. Cuentan a este medio que, para un par de horas de uso, gastan alrededor de veinte euros diarios. Fue en el año 2020 cuando este lugar quedó a oscuras, una situación que simboliza el olvido social que aún persiste.
Antonio Fernández Gabarre es conocido como Toni. «¡Tú eres el de la película!», grita un niño pequeño al verlo. Él sonríe y asiente. Explica que eso se ha vuelto habitual. El joven, de diecisiete años, tiene el humor ácido de alguien que no le debe nada a la vida. Suele pasar su tiempo en un bar cercano, donde hay una mesa de billar, un futbolín y dos máquinas tragaperras. Con un café en mano y un cigarro entre los labios, bromea sobre el inicio de la película. «Pensé que iba a hacerla con el móvil y subirla a YouTube», recuerda con ironía. Esa grabación, sin embargo, les ha abierto puertas a programas de televisión y festivales de cine, como Cannes y San Sebastián.
A pesar de la exuberancia de estos entornos, se sienten a gusto, aunque Jesús Fernández Silva, alias Chule, expresa que no desea abandonar su hogar. Recuerda con nostalgia un pasado bucanero en la barra de algún bar en el centro de Madrid, esos donde «te metías de copas y lo pasabas bien», aunque siempre ha estado entre chabolas, como en la que reside hoy con su perro y varias gallinas, donde celebrará la Navidad con su numerosa familia. También tiene buenos recuerdos de los festivales recientes y de las fiestas que compartieron con otros actores y cineastas, que recuerda entre risas como «de cachondeo».
El dilema que enfrentan los protagonistas del filme, al igual que los habitantes de la Cañada, es una lucha entre permanecer o marcharse. Él es de los que se quedan, no quiere vender su libertad por las cuatro paredes de un departamento. Conoce a quienes lo han hecho y afirma que algunos han caído en depresión, y los vecinos tocan su timbre constantemente para quejarse de ellos. Toni hoy dice que sí, que se va, pero no sabe qué pensará mañana. «Aquí ya no se puede estar», murmura, mirando su café como si en él buscara alguna certeza.
Disienten acerca de cuándo La Cañada dejará de existir, pero están seguros de que eso sucederá. Chule lleva veinte años en este asentamiento y está convencido de que en diez será desalojado definitivamente. El joven cree que en seis meses todo habrá terminado.
«Y tú, Chule, ¿qué harás si os obligan a salir?». Se ríe, lo tiene claro: «me compro una parcela por ahí y construyo cuatro chabolas». Él no está hecho para la ciudad, y cree que la ciudad tampoco lo está para gente como él. En una escena de la película, durante una conversación en un bar, un actor sentencia: «En todos lados molestamos los gitanos». Toni rápidamente respalda la afirmación. El mayor también asiente. Hace unos días fue a desayunar a una cafetería en un centro comercial con su hijo. «Todos me miraban, como diciendo ‘¿y estos qué hacen aquí?’, como si no fuésemos a pagar», recuerda.
Por eso, en La Cañada se sienten cómodos. Allí los gitanos no son mirados con desconfianza, y aseguran tener una buena convivencia con la comunidad marroquí. Sin embargo, mencionan que su hogar ha cambiado, que ahora hay menos tráfico de droga que hace unos años. «Nos la han quitado a nosotros y se la han pasado a ustedes en la puerta. Si vinieras hace quince años, esto no lo conocerías», afirma Chule con seriedad.
Contar una Cañada en el olvido
Guillermo Galoe, doble ganador del Goya por ‘Frágil equilibrio’ y el cortometraje ‘Aunque es de noche’, pasó seis años con la población de La Cañada antes de decidir grabar. Quería empaparse del ambiente, de la estética y, sobre todo, de su gente. Buscó ser amigo antes que director. Convenció a sus futuros actores de que su película no trataría de delincuencia, tiroteos ni otros temas típicos asociados a ese asentamiento, o barrio, como él prefiere llamarlo. Estaba allí para hablar de sus vidas, para mostrar al mundo la belleza de una galga blanca corriendo por el campo, perseguida por su familia entre vítores y risas, desde su coche. Habría, claro, drogas, negocios y dilemas, pero, sobre todo, habría personas, ellos, y habría verdad.
Galoe presentó la idea a los que serían sus compañeros de rodaje y les convenció de que la gente que habitaba en esa línea del horizonte que conforma la capital anhelaba conocerlos, aunque no lo supiesen aún. «¿A quién le interesamos nosotros?», le preguntaban algunos. Una incertidumbre que comienza a disiparse con el paso de las semanas. Medios de comunicación se han hecho eco de la vida en La Cañada, representada a través del cine, y han invitado a sus protagonistas a participar en programas y entrevistas. El asentamiento pisa platós bajo las huellas de Toni, Chule, Sulami y Bilal.
Guillermo Galoe junto a los protagonistas de ‘Ciudad sin sueño’ en el Festival de Cannes
El cuerpo recuerda, y por ello, durante el rodaje, los actores trabajaban con técnicas de meditación, relajación e incluso yoga. Además, se potenciaba la memoria emocional, explorando recuerdos y sentimientos. «Llegaban al set después de descargar tres camiones de chatarra o haber trabajado todo el día. Algunos venían incluso tras haber consumido heroína. Había que prepararlos», recuerda el director. A Chule no le costaba ir a rodar, lo veía como un trabajo más, pero uno que disfrutaba. «A mí no se me hacían pesado, pero a este tonto sí», se ríe mientras señala al joven, quien con actitud chula se defiende alegando que el trabajo de un principal siempre es más cansado.
«Hubo que regularizar a mucha gente para que pudieran recibir sus sueldos y obtener contratos. A través de la película, hicimos un gran trabajo social», afirma Galoe. Para él, la mayor victoria es «centrar algo que está en el margen y que no se menciona». Lo mismo intentaron con el cortometraje ‘Aunque es de noche’, del cual se habló un tiempo antes de que desapareciera nuevamente del discurso público.
Con ‘Ciudad sin sueño’, el cineasta busca reubicar en el foco una realidad que suele ser olvidada, pero alejado de la romantización o el paternalismo, buscando a través del cine una mirada honesta. «La poesía es la forma más directa de acceder a lo que entendemos como realidad, un acceso a la vida a través del misterio», concluye. Una película diseñada para devolver la vista a un mundo que ha olvidado mirar.
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