«Se ofrece en alquiler» Lavapiés
Lavapiés fue un mapa tosco pero vibrante, una geografía donde la suciedad alegre coexistía con el profundo compás de aquellos que convertían la noche en su labor, un ambiente de resistencia. No era un barrio noble, alcalde, nunca lo fue del todo, pero tenía Lavapiés … algo semejante a una dignidad salvaje, sostenida por artistas, noctámbulos y otras tribus, que hallaban en sus calles un refugio en contraposición a la convención.
Hoy, sin embargo, el barrio parece haber perdido ese precario equilibrio: una atmósfera de abandono es, ya, casi un escaparatismo general de la zona. Al recorrer sus calles, se evidencia que donde antes había cuevas de copas y locales desmantelados llenos de poesía, ahora proliferan los anuncios de viviendas a precio de oro y los portales se han convertido en túneles. Lavapiés ya no es aquel laboratorio de excesos y libertades, sino un mural de contradicciones donde la miseria se alquila por ochocientos euros y apenas suena Camarón.
El barrio, que llegó a ser soñado como un relevo libre de Malasaña, ha ido desmejorando hasta quedar atrapado entre el recuerdo de lo que fue y la incertidumbre de lo que será. Y, en medio de esa transformación, también está herido el espíritu flamenco del barrio. No quedan refugios de la cofradía del flamenco, espacios donde lo profesional y lo espontáneo se entrelazaban, donde unos gitanos bien arreglados daban palmas en una esquina mientras las miradas ardían al otro lado de la música. El futuro que se aproxima no parece dialogar con ese pasado. Donde antes resonaba la bulería, ahora se escucha el tiktok del reguetón.
Y así, Lavapiés permanece a media luz, entre lo que fue, un edén imperfecto, y lo que amenaza con convertirse, en un barrio degradado sin alma, donde la memoria se apaga al mismo ritmo que se iluminan los carteles de «se alquila».



