Talleres en los que los adultos mayores se «renuevan» y los jóvenes aprenden sobre la «humildad».
Al concluir el verano de 2024, alrededor de septiembre, una joven se aferra a su teléfono y marca el número de su salvación. «Nos comenta que se encuentra en un descampado, que no desea continuar viviendo y que planea autolesionarse». Al … otro lado de la línea, los profesionales del centro municipal Ouka Leele intentan sostenerla con su voz mientras implementan los protocolos de emergencia.
Superada la urgencia, el centro –que apenas había comenzado a operar en junio– no pierde el hilo de su historia. Permanece presente. Acompaña. Y poco a poco, cuando el bache empieza a quedar atrás, la joven convierte ese espacio en un refugio. Primero llega de forma puntual. Luego, cada vez con más frecuencia. Se queda. Participa. Empieza a crear lazos.
Se mezcla con sus contemporáneos, en la segunda planta del edificio, pero también se reúnen los mayores de 65, que conviven en la primera. En las salas compartidas donde se llevan a cabo talleres intergeneracionales, encuentra su lugar. Los veteranos la acogen sin preguntas, sin conocer su historia. Con el tiempo, ella decide compartirla. Pero para entonces ya es una más del grupo que sale al campo los fines de semana.
Otra usuaria, viuda y parte del grupo de mayores, convive con una sordera que la aísla incluso en compañía. Llega al centro sin lograr entender ni ser entendida. Hasta que un joven, que conoce el lenguaje de signos, se le acerca. Comienzan a entenderse. Hoy, él es su intérprete. Y también su amigo.
Lo que sucede en el número 16 de la calle Sodio, en Arganzuela, es –en palabras de quienes lo experimentan– «excepcional» en Madrid. Así lo afirman los jóvenes. Así lo sostienen los mayores. Lo respaldan los profesionales, que defienden la necesidad de extender este modelo a los 20 distritos restantes de la ciudad: Es, en definitiva, un antídoto contra la soledad: un lugar donde los mayores «rejuvenecen» y los jóvenes se conectan y aprenden valores como la «humildad».
Por la tarde, cuando las clases han terminado, comienzan los talleres. Hoy empieza con cerámica y después, cocina. Los usuarios se sientan según el orden de llegada. No importa la edad. Si entre los presentes median cuatro décadas, mejor. Ahí reside la clave del éxito.
Jóvenes y mayores comparten tiempo y conversación en el taller de cerámica, en el de cocina y visitan el huerto común.
(José Ramón Ladra)
«Yo soy vieja, pero no viejuna», bromea Teresa, que busca «alegría» para afrontar una «vida complicada». A sus 69 años, ha encontrado esa felicidad en la juventud. «No debes quedarte en el pasado, la vida continúa», sostiene sin apartar la vista de la cajita de madera que decora con colores vivos, inspirada por los adolescentes. Asume su papel de aprendiz, pero también reivindica el de maestra. «Los jóvenes necesitan que les cuentes lo que ha sucedido en tu vida, cómo hemos llegado a esta libertad a base de esforzarnos. Todos aprendemos de todos».
Lo corrobora una joven de 20 años, que pinta su fragmento de madera. «Esa generación tiene muchas historias que los jóvenes, hoy en día, no valoramos. Han pasado por momentos más duros que nosotros y recibir ese golpe de realidad, esa sensación de que antes no disfrutábamos de estas comodidades, te devuelve la humildad», asegura esta joven que añade que se siente más en sintonía con personas mayores que con las de su edad porque posee una «mentalidad de resiliencia».
Su compañero, Elvis, destaca el buen ambiente del centro y el trato «cariñoso» de los profesionales. «Casi nunca hay conflictos, siempre hay buen ánimo. Siguiendo con la dinámica juvenil, este veinteañero dibuja corazones de colores. Lo que inspira de nuevo a su vecino de enfrente, quien menciona la falta de pigmento en su proyecto. Pero lo que más enfatiza Federico (66 años) es la conversación, compartir experiencias con los jóvenes, que aportan otro sentido a la vida. «Entre ellos hablan de sus cosas, sin tabúes, y te hace rejuvenecer: aprender vocabulario y, entre otras cosas, a utilizar el móvil». Pero también él siente que puede contribuir a los que aún están por experimentar la edad más adulta. «El taller de cerámica es muy creativo y te piden ideas, te sientes como si pudieras aportar a los jóvenes».
Esta relación funciona, según los expertos, gracias a la gran brecha generacional y, sobre todo, por el cambio de mentalidad de los jóvenes a raíz de la pandemia de 2019. En sus últimos 20 años de carrera, Ángela Carrero, del departamento de Juventud del Ayuntamiento, ha observado que esta experiencia, hace 15 años, no habría tenido éxito. Primero, porque los jóvenes han cambiado desde el covid: «En los años 2000, lo atractivo pasaba por reivindicar un espacio único. Pero tras la pandemia, los jóvenes no buscan tanto ese espacio propio para el crecimiento personal y son capaces de valorar la experiencia de las personas mayores».
Mark (20 años) se anima a hacer de pinche de Maricarmen (70). Juntos dirigen el taller de cocina: él aprende de ella y se atreve a aportar su propio toque de anís a la receta de pestiños.
(José Ramón Ladra)
Además, desde aquella época de confinamiento, se aprecia una mayor soledad no deseada tanto en mayores como en jóvenes, quienes han visto especialmente afectada su salud mental. Por eso, espacios como este, situado en el distrito madrileño de Arganzuela, desempeñan un papel «primordial» tanto para su prevención como para mitigar y eliminar la soledad no deseada.
El segundo factor que Carrero destaca como clave del éxito del programa es el notable salto intergeneracional, de unos 40 años, dado que los participantes más jóvenes tienen entre 14 y 30 años, mientras que los veteranos superan los 65. «Si estuviera abierto a toda la población no funcionaría igual. A estos chavales, sobre todo a los de 14 años, no sé si les gustaría compartir espacio con alguien similar a sus padres. En cambio, sí les agrada alguien que les recuerde a su abuelo».
Estos, en opinión de la experta, también sienten curiosidad por cómo se vive la juventud hoy en día. «A veces lo ven bien y otras mal, y expresan su opinión desde su experiencia. A los jóvenes, cualquier oportunidad de experimentar les gusta y aprenden mejor si no se les impone, sino que surge de la convivencia con ambos grupos. Es increíble: descubres que puedes tener amigos de otra generación».
Por eso, el objetivo no radica tanto en participar en las actividades como en conseguir que interactúen entre ellos. Por esta razón, cuando alguien no asiste a los talleres a los que se había apuntado por estar, por ejemplo, en el teatro con otro compañero, «no se les puede regañar», bromea el coordinador de Programas y Equipamientos de Ouka Leele, Cristian Tercero.
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| jóvenes de entre 14 y 30 años participaron en los talleres en 2025 | mayores de 65 años acudieron a las actividades el año pasado | único centro municipal en Madrid conecta a mayores y jóvenes | años que separan a los jóvenes participantes de los más veteranos |
El Centro Intergeneracional Ouka Leele, el primero de estas características en Madrid, alberga en una misma instalación un centro de ocio y asesoramiento juvenil (COAJ) y otro de mayores, con el objetivo de fomentar la convivencia y el aprendizaje mutuo. Ambos grupos no solo comparten espacio, sino también actividades que favorecen su participación conjunta. Bajo un propósito inclusivo, las iniciativas que se programan están pensadas para que ambos grupos se enriquezcan a partir de las experiencias y conocimientos propios de cada etapa vital.
Desde la apertura del centro intergeneracional Ouka Leele en 2025, se han realizado más de 300 actividades intergeneracionales, en las que han participado 2.500 jóvenes de entre 14 y 30 años y cerca de 1.400 personas mayores de 65. Entre las propuestas más populares destacan el cuidado del huerto instalado en la terraza, la iniciativa ‘Juegos a la mesa’, los torneos de futbolín y ajedrez o el taller de arcilla. A través de estas actividades, personas de diferentes edades comparten tiempo, socialización, aprendizaje y experiencias.
Para reforzar este servicio, a finales de marzo de este año, el Ayuntamiento de Madrid firmó un convenio con la Universidad de Granada (UGR) para establecer un marco de colaboración que impulse el proyecto de intergeneracionalidad del Centro Ouka Leele. El acuerdo establece que, a través de su Cátedra Macrosad de Estudios Intergeneracionales, la UGR proporcionará asesoramiento al centro municipal en el diseño y planificación de actividades. Por su parte, el consistorio ofrecerá al ámbito universitario el conocimiento adquirido a partir de su experiencia práctica, con el objetivo de enriquecer sus investigaciones.



