Todas las creaciones simultáneamente en todos los lugares.


Un yacimiento a cielo abierto, una ciudad en constante asedio de obras y zanjas. Madrid se ha propuesto filmar su propia versión de Todo a la vez en todas partes, pero sin coreografías de artes marciales ni universos paralelos que nos rediman del desconcierto cotidiano. Aquí los multiversos se ensamblan en un mismo atasco. Y la partitura urbana está compuesta por una secuela involuntaria de Una batalla tras otra, donde cada trinchera y socavón se multiplican como resultado de un hostigamiento. Termina una obra y comienza la siguiente. No hay descanso entre ofensivas. Se repliega una excavadora y surge otra. Se inaugura un tramo y se baliza el siguiente. Madrid no duerme ni de noche. Es una ciudad perforada.

El fenómeno de castigo y sumisión lo experimentan los conductores en contextos apocalípticos como la carretera de Extremadura, el paseo de la Castellana, María de Molina o los accesos restringidos a Las Ventas, pero el estado de excepción también afecta a los peatones, comenzando por aquellos que emprenden su viaje en las estaciones de Atocha y Chamartín.

Acceder a una y otra exige un espíritu aventurero y un pacto de mansedumbre. Es conveniente colocarse los auriculares, no tanto por amor a la música, sino como remedio a la intoxicación del ruido y por motivos anestésicos. Los viajeros sucumbimos en el paraíso perdido de Atocha (¿qué fue de la arboleda tropical?). Y transitamos como autómatas alienadas en los interminables pasajes de Chamartín. El tren se ha convertido en un trauma.

Y el madrileño aprende. Aprende a salir media hora antes, desconfía del GPS. Acepta que la normalidad consistía en llegar puntualmente sin heroicidades. Cuanto más se promete la fluidez del futuro, más se consolida el embotellamiento del porvenir. Y viceversa.


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Rubén Amón

No se cuestiona la necesidad de transformar una capital que crece y se tensiona. Se debate la obsesión por hacerlo todo a la vez, como si la pausa fuera un pecado administrativo. El resultado no es un progreso visible, sino un estrés estructural. Una forma de fatiga cívica que no surge en los planos ni en las maquetas.

Una capital no puede administrarse como una reliquia, ya lo sabemos. Pero la compulsividad de la simultaneidad convierte la reforma en asedio. Todo a la vez. Todo ahora. Todo bajo la creencia de que el movimiento constante es sinónimo de progreso, aunque el movimiento consista en permanecer atrapado en un espiral urbanita.

Foto: antologia-del-madrid-maltratado-y-todo-lo-que-se-debe-hacer-para-dignificarlo
Opinión

La ciudad empieza a identificar los síntomas. Cuando se acercan las urnas, florecen los remates. Se adecentan aceras con la urgencia de un anfitrión que recibe visitas inesperadas. Se asfaltan tramos estratégicos que habían permanecido meses en un estado larval. Se plantan árboles jóvenes con la esperanza de que arraiguen antes de que se imponga el escepticismo. La cinta roja aparece con puntualidad litúrgica. La fotografía sustituye al polvo. El discurso anticipa la ciudad que será, no la que padecemos.

Hay algo entrañablemente teatral en el ritual. El edil aparece con un casco blanco impoluto que jamás conoció el sudor del operario. Sonríe ante una zanja que ayer era intransitable y hoy parece domesticada por la voluntad política. El discurso habla de futuro. El micrófono amplifica la palabra «transformación». La ciudad, tras la fachada, continúa vibrando con el sonido del taladro.

Así es como Madrid vive en un estado de reforma permanente, como esos edificios que siempre están «a punto de terminar» pero llevan veinte años envueltos en andamios. Y uno empieza a sospechar que quizás no haya un final, que la obra es el estado natural de las cosas, que la zanja es la verdadera identidad madrileña.

Un yacimiento a cielo abierto, una ciudad en constante asedio de obras y zanjas. Madrid se ha propuesto filmar su propia versión de Todo a la vez en todas partes, pero sin coreografías de artes marciales ni universos paralelos que nos rediman del desconcierto cotidiano. Aquí los multiversos se ensamblan en un mismo atasco. Y la partitura urbana está compuesta por una secuela involuntaria de Una batalla tras otra, donde cada trinchera y socavón se multiplican como resultado de un hostigamiento. Termina una obra y comienza la siguiente. No hay descanso entre ofensivas. Se repliega una excavadora y surge otra. Se inaugura un tramo y se baliza el siguiente. Madrid no duerme ni de noche. Es una ciudad perforada.

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