Trump magnifica sus éxitos y critica a los demócratas en el discurso del estado de la Unión más extenso jamás registrado.


Este martes, Donald Trump ofreció un discurso sobre el estado de la Unión de su segundo mandato repleto de exageraciones, verdades a medias y ataques hacia sus adversarios. La intervención, que duró 108 minutos, estableció un récord histórico. En un momento en el que su partido enfrenta perspectivas poco halagüeñas a nueve meses de las elecciones de medio mandato, el presidente de Estados Unidos trató de crear una imagen idealizada de un país “harto de ganar”, un retrato que muchos estadounidenses encontraron difícil de reconocer.

Como es habitual, Trump se mostró reacio a la verdad, tejiendo un relato que no se alineó ni con los datos económicos ni con sus bajos índices de aprobación entre los ciudadanos, que han estado estancados durante meses.

Presentó una historia de Estados Unidos viviendo una “época dorada”; “una transformación sin precedentes, un cambio radical en la historia”, afirmó el presidente, que se mostró sorprendentemente apegado a su guion. “Nuestra nación ha regresado, más grande, mejor, más rica y más fuerte que nunca”, declaró Trump al inicio de su discurso, que enmarcó en la celebración del 250º aniversario de la independencia de Estados Unidos, “la nación más increíble y excepcional que jamás haya existido”. Aludió a la “gloriosa” rebelión contra los ingleses, recordando este triunfo hacia el final de su intervención.

Sin embargo, no fue la única exageración de la noche, donde el presidente se dedicó a alabar los supuestos logros económicos de su Administración y a criticar a su antecesor, Joe Biden, a quien acusó de dejar “una nación en crisis, con una economía estancada, una inflación récord, una frontera abierta, un escaso reclutamiento de militares y policías, un crimen desenfrenado y caos en todo el mundo”.

La velada comenzó con Trump saludando efusivamente a sus aliados y mostrando frialdad a los cuatro jueces de la Corte Suprema presentes, quienes el viernes anterior desestimaron la mayoría de los aranceles que desencadenaron una guerra comercial global. Aunque había catalogado a seis de los nueve magistrados como “idiotas” y “perritos falderos de la izquierda radical”, se mostró cortés este martes en la Cámara de Representantes.

Un parlamentario republicano recibió al presidente con una gorra que decía “Trump tiene razón en todo”, mientras que el demócrata Al Green portaba una pancarta que decía: “Los negros no somos monos”, haciendo referencia a un vídeo manipulado mediante inteligencia artificial en el que aparecían los Obama. Green fue expulsado del hemiciclo, mientras que al hombre con la gorra no se le pidió que se fuera, a pesar de que las reglas del Congreso exigen cierto decoro. Esta doble escena ejemplificó la tensión que caracteriza la política estadounidense, un ambiente que ha minimizado la relevancia de este tradicional rito de Washington, en el que probablemente nadie cambió de bando tras casi dos horas escuchando a Trump.

Antes de subir al podio, todos en Washington se dieron cuenta de que sería una noche larga, dado que el día anterior el presidente había advertido que traía preparado un extenso discurso, “con mucho de qué hablar”, un aviso difícil de ignorar al considerar su tendencia a la elocuencia en tiempos recientes.

Que Trump no tenía prisa se hizo evidente cuando, tras un repaso inicial de sus logros y algunas de sus obsesiones, dedicó varios minutos a saludar al equipo masculino de hockey sobre hielo que había ganado una medalla de oro en los Juegos Olímpicos de invierno, exclamando: “¡Estamos hartos de ganar!”, levantando tanto la voz que pareció que iba a sobrecargar el sistema de sonido. Con la misma tranquilidad, luego aplaudió la presencia de un héroe centenario de la II Guerra Mundial, que estaba sentado al lado de otro veterano centenario de las guerras de Vietnam y Corea del Sur.

Todos ellos formaban parte de la tribuna de sus invitados, un grupo que Trump utilizó para ilustrar los principales puntos de su discurso, que durante sus primeros 75 minutos giró exclusivamente en torno a asuntos internos, a excepción de una única mención a Venezuela, de la que afirmó haber recibido 80 millones de barriles de petróleo tras la captura de Nicolás Maduro el pasado 3 de enero.

El horrendo asesinato de Iryna Zarutska, una joven apuñalada en un tren en Charlotte (Carolina del Norte), le proporcionó al presidente la oportunidad de defender ante la madre de la víctima, que no podía contener las lágrimas, su lucha contra el crimen en las ciudades gobernadas por demócratas. Erika Kirk, viuda del líder juvenil trumpista Charlie Kirk, a quien el presidente calificó como su “gran amigo”, le brindó la oportunidad de declarar que “la fe, el cristianismo y la creencia en Dios” están experimentando “un gran momento especialmente entre los jóvenes”, afirmando que “la religión está volviendo con una fuerza que nadie creía posible; es realmente hermoso de ver”.

La inclusión de una joven de Virginia, quien según Trump fue empujada a realizar una “transición social” de género “sin informar a sus padres”, originó otro ataque del presidente contra sus oponentes. “Esta gente está loca”, aseguró sobre los demócratas. Estos, sentados a su derecha, en su mayoría mantuvieron un voto de silencio, excepto algunos que organizaron una protesta en la calle.

Cumplieron con ese silencio hasta que Trump forzó uno de los momentos más incómodos de la noche, en relación a la controversia que paraliza la financiación del Departamento de Seguridad Nacional y la agresiva agenda migratoria de Washington: “El primer deber del Gobierno americano es proteger a los ciudadanos de Estados Unidos, no a los inmigrantes ilegales”, exhortó el presidente, pidiendo que se levantaran aquellos congresistas que apoyaban esa afirmación. Solo los republicanos lo hicieron, aplausos resonaron durante un par de minutos.

“Debería darles vergüenza”, agregó Trump, quien continuó defendiendo su propuesta de una legislación que endurecería las condiciones del voto en las próximas elecciones, afirmando que “todos los electores deben presentar prueba de ciudadanía para poder votar”, en relación al mito de que los inmigrantes irregulares participan masivamente en las elecciones. “Quieren hacer trampa”, acusó Trump a los demócratas, provocando que la congresista Ilhan Omar le respondiera gritándole que él “estaba matando estadounidenses” durante las redadas de inmigración que la Casa Blanca ha llevado a cabo. Anteriormente, Omar había asistido en silencio a las críticas del presidente hacia su comunidad, los somalíes de Minnesota, a quienes Trump acusó de fraude en las ayudas públicas, utilizando el momento para anunciar a su vicepresidente, J. D. Vance, como líder de una “guerra contra el fraude”. No obstante, no mencionó las controversiales acciones de enriquecimiento de la familia Trump desde que su patriarca volvió a la Casa Blanca.

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El demócrata Al Green fue expulsado de la cámara durante el discurso sobre el Estado de la Unión

El senador Al Green protesta durante el discurso de Donald Trump.Foto: EFE | Vídeo: REUTERS

Hubo más promesas. El republicano propuso una regulación para controlar el gasto energético de las compañías de inteligencia artificial, que están incrementando las facturas de electricidad de los ciudadanos. También solicitó al Congreso que proceda con la aprobación de una norma que limite la inversión en bolsa con información privilegiada por parte de sus miembros, aprovechando para atacar a la ex presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi. Asimismo, mencionó que los aranceles, los cuales sigue intentando imponer a varios de sus socios comerciales tras la decisión del Supremo, servirán para “sustituir el impuesto sobre la renta”, aunque no especificó cómo lograría eso.

Venezuela e Irán

Durante la parte dedicada a la política internacional, uno de los momentos más emotivos fue la presencia del opositor venezolano Enrique Márquez, quien fue liberado de la prisión más notoria del régimen chavista, mientras que tres militares fueron condecorados, gesto sin precedentes. La segunda medalla fue otorgada al piloto Eric Slover, quien resultó herido en la operación de captura de Maduro, justo en el instante en que Trump batía el récord del discurso más extenso en la historia del Congreso, antes establecido por Bill Clinton en 2000.

Trump abordó, como era de esperarse, las “ocho guerras” que asegura haber finalizado (en ese momento, alguien desde la bancada demócrata gritó “¡mentira!”), y lamentó que aún se resistiera una guerra, la de Ucrania, que no logró detener en su primer día en el Despacho Oval, como prometió repetidamente durante su campaña. Afirmó que “hará la paz” siempre que pueda, pero que no dudará en “enfrentar las amenazas de Estados Unidos allá donde surjan”, añadiendo: “Nunca permitiré que el Estado patrocinador número uno del terrorismo obtenga un arma nuclear”, refiriéndose a Irán, en uno de los momentos más anticipados de la noche para un país que parece dirigirse a una guerra con un viejo y formidable enemigo, sin que el presidente haya solicitado, ni planee solicitar, permiso al Congreso.

Luego, el presidente habló sobre la operación del ejército mexicano que el domingo anterior resultó en la muerte del narcotraficante Nemesio Oseguera Cervantes, El Mencho. Se lo atribuyó como parte de una defensa de su política antidrogas y de las ejecuciones extrajudiciales de 150 ocupantes de supuestas narcolanchas en el Caribe o el Pacífico.

Entre sus numerosas palabras, se echaron de menos algunas. Por ejemplo, “Renée Good”, la poeta y madre de tres hijos asesinada por la policía migratoria de Trump en Minneapolis. O “Alex Pretti”, el enfermero que en esas mismas calles recibió una decena de disparos por la espalda de parte de dos agentes de la Patrulla Fronteriza. Tampoco se mencionó al millonario pederasta Jeffrey Epstein, quien fue amigo de Trump durante 15 años y que actualmente mantiene en jaque a los círculos de poder de Estados Unidos y del mundo, tras la aprobación casi unánime del Congreso para liberar los archivos que posee el Departamento de Justicia.

Trump concluyó su discurso como lo comenzó, con una mirada nostálgica al pasado de 1776, el año de la Independencia. Usó un lenguaje idealista y conciliador inusual en su retórica. “Hasta hoy, cada generación de estadounidenses ha dado un paso al frente para defender la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad para la siguiente. Ahora es nuestro turno”, mencionó, leyendo del teleprompter con impaciencia. “La Revolución que comenzó entonces no ha terminado; aún continúa, porque la llama de la libertad y la independencia todavía arde en los corazones de cada patriota estadounidense”, concluyó, cerrando el discurso sobre el estado de la Unión más extenso registrado. Finalmente, antes de que republicanos y demócratas se dispersaran a la medianoche, cada uno regresó a sus realidades paralelas.

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