«Un caballero y un campesino a la vez»: Anders Zorn, el artista olvidado, reivindica su legado con una gran exposición en Madrid | Cultura


Al llegar a la recepción de su hotel durante uno de sus muchos viajes a Estados Unidos —según contó el extinto Chicago Chronicle en un artículo de 1890—, el personal le preguntó al célebre pintor sueco Anders Zorn (1860-1920) acerca de sus orígenes. El joven y pálido individuo con bigote se giró hacia su séquito y preguntó: “¿De dónde vengo?”. Se sugirió clasificarlo como un hombre «de todas partes», pero esa propuesta fue desechada. Zorn se dirigió al empleado y respondió: “De ninguna parte”. No era una mala respuesta para describir a un cosmopolita que había viajado por el mundo, desde Egipto hasta Rusia, desde Palestina hasta París, desde Centroamérica hasta Turquía. Sin embargo, lo más fascinante de su vida fue su fidelidad a un pasado campesino y rural que otros artistas en su posición privilegiada habrían ocultado. Esta dualidad, que lo llevó a ser descrito por su círculo como “mitad caballero, mitad campesino”, se refleja en una obra que ha estado olvidada durante décadas y que ahora es la protagonista de la primera exposición pictórica del año en la sede madrileña de la Fundación Mapfre: Recorrer el mundo, recordar la historia.

La muestra, que abrirá el 19 de este mes y estará disponible hasta mayo, reúne en torno a 130 obras del artista y es la primera retrospectiva dedicada a él en España. Como bien explicó la comisaria, Casilda Ybarra, en la presentación para los medios este martes, “será todo un descubrimiento para el público porque está muy poco representado en las colecciones españolas”. De hecho, en las del mundo. El sueco ha sido, desde hace tiempo, el tipo de artista de enorme talento pero olvidado, que se encuentra en el segundo plano de las colecciones museísticas. Obras que se disfrutan brevemente en el camino hacia los grandes nombres. La última vez que estuvo presente en España fue en una exposición en 1992 que lo ponía en diálogo con la obra de su gran amigo Joaquín Sorolla.

Sin duda, su realidad no siempre fue esa. Zorn fue un artista sumamente versátil que se convirtió en un referente artístico de su época, desde finales del siglo XIX hasta principios del XX, con una producción enfocada en desnudos, retratos de sociedad y escenas de la vida tradicional sueca. La exposición en Madrid presenta su carrera en un orden cronológico también polifacético. Comenzó con la acuarela, una técnica que dominó y que ocupó casi toda su primera producción hasta 1887. La muestra de la Fundación Mapfre inicia con una de esas acuarelas: De luto, que presentó a los 20 años en la Academia de Bellas Artes de Estocolmo, donde estudiaba y que, como señala la comisaria, “fue celebrada como un soplo de aire fresco en la escena artística”. Este fue un punto de inflexión en su vida que “le dio la seguridad y la confianza para abandonar los estudios en la Academia, convertirse en un artista completamente libre y comenzar a recorrer el mundo”.

De cada lugar que visitaba, aprendía. A España llegó “atraído”, cuenta Ybarra, “por esa imagen romántica que se había difundido por toda Europa sobre nuestro país. Y, en concreto, le interesó la imagen de la mujer española”. Estableció una buena relación de amistad con Sorolla y con Ramón Casas, y se enamoró de Velázquez, que se convirtió en una referencia e inspiración para él. En al menos una de las nueve ocasiones que visitó España, lo hizo, según escribió a su esposa, porque extrañaba al maestro sevillano.

Posteriormente, se estableció en París —aunque en realidad no dejó de viajar— en 1888 y pasó de la acuarela al óleo. “Él era muy consciente de que la pintura al óleo era la técnica de los grandes maestros y para medirse en la capital del arte moderno quiso empezar a trabajar en este medio”, afirma Ybarra. Y no le fue mal. Su estilo, caracterizado por pinceladas diagonales muy sueltas y una paleta contenida con un gran dominio de la luz, lo llevó a alcanzar rápidamente un gran éxito. “Recibió en París los más altos reconocimientos que un artista podría desear: la primera medalla en la Exposición Universal de 1889, el Grand Prix en la de 1900 y la Legión de Honor. También tuvo su gran exposición retrospectiva en 1986”, añade la comisaria.

Con esa técnica y su imagen de artista cosmopolita, moderno e internacional ya consolidada, se convirtió en uno de los retratistas favoritos de la élite y retrató a decenas de grandes personalidades: tres presidentes estadounidenses—Howard Taft, Roosevelt y Cleveland—, magnates, aristócratas, actores y cantantes de ópera. Además, fue el gran retratista de la sociedad sueca y de su familia real. “En sus retratos apuesta por la individualidad de su modelo al integrarle en un entorno que le es absolutamente particular. Son obras que poseen naturalidad y espontaneidad”, detalla Ybarra. Una sala completa en la Fundación da cuenta de ello. También, aunque la muestra no se centra en esto, es considerado uno de los grandes maestros del grabado en la historia del arte moderno y uno de los revitalizadores de este medio en Suecia.

No obstante, nunca olvidó sus raíces. Ese “de ninguna parte” mencionado en el hotel, se refería realmente a Mora, un pequeño pueblo rural en el centro de Suecia, del cual nunca dejó de destilar su esencia mientras retrataba a las grandes personalidades de su época y se relacionaba con el círculo intelectual más alto de la sociedad. Sus allegados afirmaban que allí, en una cabaña tradicional sueca, alejado de la ostentación, era donde más feliz se encontraba. Regresaba cada vez que podía y se asentó allí definitivamente en 1896 para no volver a irse. “En ese lugar cultivaba dos de sus temas favoritos: las bañistas en aguas nórdicas y las tradiciones y costumbres populares de Suecia”, cuenta Ybarra. Tradiciones que veía a punto de desaparecer y que quería preservar. “Con ello encabezó una lista de toda una generación de artistas suecos que impulsan la identidad del país mediante la revitalización de la cultura tradicional y la apreciación del paisaje sueco”, continúa la comisaria.

¿Qué ocurrió y cómo pasó de ser una referencia en el mundo del arte en su época a ser prácticamente olvidado? “Básicamente, su obra quedó relegada por toda la revolución de las vanguardias”, responde la comisaria. Hace apenas unas décadas, su figura ha comenzado a resurgir y ciertos museos de todo el mundo han vuelto a prestar atención a él, tanto en su país natal como en París o Nueva York. Lo cierto es que su obra es singular y moderna. “Sigue abordando cuestiones que nos interpelan hoy, como nuestra percepción hacia Oriente o la representación del desnudo femenino en la historia del arte”, concluye Ybarra. Esa doble mirada que sostiene su trabajo, lo global y lo local, parece resonar con fuerza nuevamente.

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