una presencia que se afianza en la colección nacional
El Museo Reina Sofía ha dado a conocer recientemente su informe sobre las adquisiciones de 2025, una serie de incorporaciones que van a fortalecer notablemente su colección, centrándose en la revisión historiográfica y en la recuperación de artistas clave del siglo XX. Entre estas nuevas obras, resalta la compra de tres piezas de Delhy Tejero, un paso fundamental para el reconocimiento institucional de una de las artistas más auténticas y complejas del ámbito artístico español.
Esta no es una introducción momentánea ni una recuperación aislada, sino un fortalecimiento significativo que consolida un patrimonio ya presente y abre caminos hacia una interpretación más compleja y completa de su trayectoria. Las adquisiciones son parte de una política clara del museo, enfocada en ampliar el canon y corregir ausencias históricas, con un énfasis particular en las obras de mujeres artistas que han sido marginadas durante décadas. Dentro de este marco, Delhy Tejero ocupa un lugar especialmente relevante, tanto por la diversidad de su obra como por la singularidad de su lenguaje y la dificultad de encajar su producción en los relatos dominantes del arte moderno español.
El Reina Sofía no es solo un espacio de conservación, sino una institución que crea discursos. Las obras que integran su colección se incluyen en un relato común, donde se investigan, se contextualizan y mantienen un diálogo con otras piezas clave del arte contemporáneo. Que Delhy Tejero amplíe su presencia en el museo implica un reconocimiento que va más allá de lo simbólico; supone su incorporación efectiva al relato de la modernidad artística española. Durante décadas, su figura fue tratada de manera fragmentaria, apareciendo en exposiciones colectivas, estudios parciales o contextos periféricos, raramente ocupando el lugar central que su trabajo merecía. Al igual que muchas creadoras de su generación, su trayectoria quedó influenciada por una historiografía que tendía a simplificar los procesos artísticos y a priorizar nombres, estilos y movimientos fácilmente clasificables. Las nuevas adquisiciones buscan paliar esa ausencia como parte de una estrategia sostenida que intenta llenar vacíos y ofrecer una visión más rica y fiel del arte del siglo XX.
Nacida en Toro en 1904, Delhy Tejero llevó una carrera marcada por la independencia intelectual, el desplazamiento geográfico y un constante deseo de experimentar. Su formación, su paso por Madrid y su estadía en París, donde se relacionó con los ambientes surrealistas y los grandes debates artísticos de la época, le proporcionaron una perspectiva abierta y heterodoxa. Delhy nunca se adhirió de manera ortodoxa a un movimiento concreto. Su obra explora el retrato, la figuración simbólica, la exploración onírica, la introspección espiritual y, en algunos momentos, la abstracción. Esta dificultad para clasificarla fue una de las razones de su posterior invisibilidad. Vista hoy desde una óptica contemporánea, su trabajo muestra una profunda coherencia, comprendiendo la pintura y el dibujo como espacios de conocimiento, búsqueda interior y afirmación personal.
Las tres nuevas obras adquiridas por el Reina Sofía no llegan a un terreno vacío. El museo ya contaba con un amplio y diverso conjunto de trabajos de Delhy Tejero que abarcaban diversas etapas, técnicas y registros de su producción. Entre las piezas que ya formaban parte de la colección se incluyen pinturas como Autorretrato, Pitocha meditando, Moras, Labradora de Toro (Mujer con guindas), Castillo de Toro y Composición abstracta; así como dibujos y estudios como Las brujas con Delhy Tejero, Boceto para «Las brujas…» y Brujas con candiles; además de la pieza tridimensional Rabina, Taruja y Pitocha y el Cartel para las Jornadas Regionalistas para la Residencia de Señoritas. Este conjunto ya permitía vislumbrar la riqueza y complejidad de su trayectoria, aunque de manera dispersa y sin un relato completamente articulado. Las nuevas adquisiciones refuerzan y complementan ese fondo existente, añadiendo obras clave que permiten una exploración más profunda de su evolución artística y de los ejes conceptuales que recorren su trabajo.
Entre las nuevas incorporaciones destaca especialmente María Dolores, un óleo sobre lienzo de 186 x 90 cm realizado en 1954 y presentado por primera vez en la III Bienal Hispanoamericana de Arte de Barcelona en 1955. El propio museo ha considerado este retrato como uno de los más interesantes de toda la producción de la artista. La obra se sitúa en una década crucial para el arte español, cuando el país comienza una tímida apertura hacia el exterior y los estamentos oficiales del régimen empiezan a promover exposiciones de vanguardia. En ese escenario, Delhy, habiendo superado su etapa más próxima al surrealismo, inicia un periodo de transición que la lleva hacia la abstracción sin dejar de lado su sólida faceta como retratista. La figura es representada de cuerpo entero, con una presencia serena y estilizada, vestida de manera moderna. La composición combina una base figurativa clara con elementos geométricos y simbólicos que desbordan el retrato académico tradicional. María Dolores sostiene una armónica y está rodeada de pájaros y alusiones musicales que introducen una dimensión poética y rítmica en la escena. La relación entre música, color y forma evoca evidentemente la influencia de Vasili Kandinsky, reinterpretada desde la sensibilidad personal de Delhy. Este motivo también aparece en otras obras cercanas en el tiempo, como Niño con armónica (1953) y Armónica (1955), confirmando el interés constante de la artista por la música como elemento simbólico.
El segundo núcleo fundamental es el Autorretrato, también conocido como Autorretrato en la ventana, un óleo sobre lienzo de 73,5 x 60 cm fechado el 22 de febrero de 1950, día del cumpleaños de la artista. Este dato refuerza el carácter consciente y simbólico de la obra. Delhy realizó a lo largo de su carrera al menos trece autorretratos, un conjunto excepcional que otorga una clara voluntad de autorrepresentación y autoafirmación. En este caso, se presenta en la ventana de su estudio, creando una conexión directa con el espectador. La ventana actúa como frontera simbólica entre el espacio íntimo de la creación y el mundo exterior. Formalmente, la obra muestra una composición moderna y colorida, donde se aprecian sus experimentaciones con la geometría, la geometrización de las formas y el uso estructural del color. El gesto, aparentemente sereno, es en realidad intenso y concentrado. No hay dramatismo ni complacencia, solo una artista asentada en su madurez pictórica y completamente independiente de los movimientos que agrupaban a otros creadores. El autorretrato se convierte en una declaración silenciosa pero firme de identidad y autonomía.
La artista toresana Delhy Tejero, en su estudio de pintura. / I.V.
La tercera obra adquirida es Amanecer o atardecer, conocida también como Aire limpio, un dibujo a pluma, pincel, tinta china, aguadas y raspado sobre cartulina, de 29 x 30 cm, fechado entre 1960 y 1965. Esta pieza, aunque de pequeño formato, posee una gran densidad poética y conceptual. El dibujo presenta un paisaje indefinido poblado de elementos celestes y estelares, construido a partir de superposiciones y transparencias que generan una atmósfera onírica. La obra se conecta con el imaginario surrealista no desde la adhesión a un movimiento, sino desde una actitud creativa que Delhy mantuvo a lo largo de toda su vida: una confianza absoluta en la imaginación como motor de creación. Incluso en su última etapa, la artista continúa utilizando el dibujo como un espacio de libertad, demostrando que, además de ser una pintora extraordinaria, fue una de las grandes dibujantes del siglo XX español.
La inclusión de estas tres obras representa un hito crucial en el reconocimiento institucional de Delhy Tejero. Su reforzada presencia en la colección del Reina Sofía asegura visibilidad, investigación y futura proyección, permitiéndole a ella ocupar un lugar más preciso en el mapa del arte español contemporáneo. Desde una perspectiva local, la noticia cobra una dimensión especial: una artista nacida en Toro ha consolidado su sitial en uno de los grandes museos nacionales, no como una nota al pie, sino como parte activa de una narrativa que se está reescribiendo. Las nuevas adquisiciones no concluyen el proceso de revisión de su figura, aunque sí lo afianzan de manera definitiva. Cuando estas obras sean estudiadas, expuestas y dialoguen con el resto de la colección, Delhy Tejero dejará de ser una recuperación pendiente para convertirse, finalmente, en una evidencia.
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