Viajar en tren a un ritmo pausado y con incertidumbre.


Lo sabes, pero no lo piensas. El lazo fuerte entre Málaga y Madrid. Desde siempre ha existido una gran conexión, ya que el barrio de Salamanca fue fundado por un malagueño, pero es en el momento en que un tren descarrila, cuando se desata la tragedia, cuando te das cuenta de cómo la alta velocidad ferroviaria aumentó la frecuencia de nuestros intercambios, del buen clima a los empleos mejor remunerados, y de la calidad de vida para los mayores, gracias al ambiente de los colegios mayores.

Suena un mensaje, una publicación en X y miles de malagueños se alertan. Porque podría haber sido Paula, regresando de un fin de semana por el cumpleaños de una amiga. O Pablito, Álvaro, Sergio, Víctor, Miguel. «He supuesto que Pablito está bien en Madrid. Los chicos están aterrorizados. Se están llamando unos a otros. Para asegurarse», te comentó tu cuñada sobre los sobrinos, que están en un gran chat de malagueños en Madrid, donde a menudo se revenden billetes por planes alterados.

Los viajes en tren a Madrid se habían vuelto tan habituales que hay quienes van y vienen en el día sin problema. A una exposición, a un funeral. Ya no somos «viajeros, al tren», somos, éramos, casi usuarios de un metro extenso, una parada en las afueras de la línea de Atocha, más que un cercanías, con sus inconvenientes. Hasta hace poco, ni se anunciaba la salida ni la llegada. La rutina no merece ser destacada. Pero esa rutina, en los últimos años, ya no es tal. Y todos conocemos a alguien a quien se le detuvo el tren en medio de la nada. A los previsoras que comenzaron a llevar agua y algo de comer. A quienes se les retrasó sin motivo. A quienes les cancelaron y llegaron tarde a la previa del Atleti, ¿verdad, Luis?

Antes, eramos especialistas en llegar cinco minutos antes a la estación, mochila, billete en el móvil y a correr por el andén, recordando tiempos de universidad cuando la misma escena te metía en un talgo que tardaba ocho horas. En aquellos años, bajabas –porque se baja a Málaga y se sube a Madrid– con los apuntes de la universidad y el propósito de estudiar; ahora, compras dos periódicos y sabes que, cuando llegues a Madrid, solo te ha dado tiempo a leer uno.

Lo mismo al regreso, cuando a la hora de la cena podías hacer una parada técnica en El Brillante por un bocata. Ahora, los precavidos llegan con bastante tiempo a la estación y es lo que recomienda el personal. Me pasó en Córdoba hace poco más de un mes. Caos en la estación. Personal con altavoces dando indicaciones sobre las colas. Una para Madrid, otra para Málaga. Pasito a pasito, con un aspecto más de estación India, como cuando en Atocha la falta de asientos es tan evidente que muchos se sientan en el suelo. Ante las quejas de una pareja que perdía el tren por la cola, una empleada de la estación aclaró: «Es que hay que venir con tiempo». «Antes no, y esa era la ventaja del tren», replicó uno de ellos. Asentí, claro, recordando lo complicado de las exigencias en los aeropuertos.

Íbamos sin prisas y sin temores. En un avión, todavía están los que rezan y los que se persignan, aunque las estadísticas no apoyen nuestros temores. En el tren, no hacía falta. Te sentabas, sacabas el móvil, el periódico y sabías que, en un instante, estabas en Madrid sin problemas, sin tener que informar a la familia de tu llegada. Ya no. En los chats familiares comenzaron a aparecer frases como «¿Ha salido sin retraso?» «¿Todo bien?» «He llegado a tiempo». Es cierto que, al mismo tiempo, los precios bajaban. Que los jóvenes malagueños consiguen billetes para subir a Madrid y salir con sus amigos por el precio de un Uber.

Pero nunca imaginamos que llegaría este momento de ir al tren con miedo. Con el recuerdo trágico de decenas de muertes en el campo de Córdoba. Descansen en paz, no así los responsables de este deterioro en las vías que ya se había advertido.

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