Y el dios Morante contempló la muerte y se cortó la coleta antes de alcanzar el cielo de Madrid.
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Eran las siete y treinta y cuatro en todos los relojes cuando Morante de la Puebla, nacido en el 79, se dirigió a la misma boca de riego, al espacio donde había sentido la muerte a la cintura veinte minutos antes, para cortarse la coleta. … Aunque sabía que el adiós estaba cercano, fue sorprendente ver cómo las mismas manos que han elevado el toreo esta temporada se despojaban de la castañeta. Eran las siete y treinta y cuatro, la hora de la eternidad. Porque ya es inmortal la leyenda del torero más genial y completo de la historia, dueño de una pureza infinita. Este doce de octubre reveló el secreto morantista, en su plaza de Madrid, porque es torero de Madrid a pesar de haber nacido en Sevilla. ¿Adónde irá toda su torería, maestro? ¿Qué será de nosotros mañana? «Se va Morante, se acabó el toreo», se repetía como en la edad dorada de otro siglo. Porque la de este lleva la firma de José Antonio de la Puebla del Río. De Chenel y oro, de lila y oro, cruzó por segunda y última vez la Puerta Grande en medio de una multitud que lo agitaba, que le arrancaba el oro del vestido. Una locura, con Morante desgastado por su toreo, por la dura voltereta y la paliza tras la salida a hombros. Era el adiós de un mito vivo, de una existencia tejida desde la cuna del toreo. ¡Viva la madre que lo parió! En su temporada más dura, en la de una enfermedad mental que lo asedia, el de La Puebla desató el torrente de la emoción. Lágrimas que brotaban sinceras, inundando los tendidos en una comunión silenciosa, con un silencio de catedral más potente que cualquier rugido. «¡Morante, no te vayas!» Pero Morante bien merece su retirada, con una grandeza que no se mide por efímeros trofeos otorgados por jueces mortales. La sombra de Morante, tocado por lo divino y lo demoníaco, es más alargada que el ciprés.
Apenas tres horas después de su paseíllo matinal en honor a Antoñete, el cigarrero volvió a pisar la Monumental para enfrentarse al toro de Madrid. Y a las seis y media comenzó a tejer verónicas monumentales a un castaño de seis años, con un impresionante volumen y alzada. Hasta las banderas se detuvieron en el quite, con dos verónicas dignas de una sábana santa y una media categórica. Por el mismo camino replicó Robleño, que también se despedía, aunque esta retirada ya estaba anunciada, antes de los colosales pares de Curro Javier. Para Isabel Díaz Ayuso fue el brindis por «su valentía». Con valor de quilates se expuso en la apertura, pero el garcigrande se detenía a mitad del camino: era incierto, no avanzaba. Y tras mostrárselo al aficionado, tomó la espada: un mundo costó darle muerte a un toro de tal altura.
Dos capítulos después, nadie sabía –quizá solo su fiel escudero, Pedro Jorge Marques– que Tripulante, marcado con el 102, colorado ojo de perdiz, de 554 kilos, iba a ser el último toro de la inalcanzable trayectoria de Morante. Deslumbrado, a por todas, se postró de rodillas para saludarlo con una tijerilla, que se fusionaba en otras perlas reunidas, que viajaban hasta los mismísimos medios en chicuelinas ralentizadas con medio capotillo, con el reverso verde de la luz encendido a la eternidad de la muerte. Porque a ella se aferró Morante cuando Tripulante, nacido en enero de 2021, lo atrapó y lo arrolló con brutalidad por la zona del vientre, como un rayo que parte un roble centenario. Era el lienzo venteño una tauromaquia de Goya, con el torero inmóvil, el cuerpo hundido en un platillo que dejaba de girar. Porque en ese momento el mundo se detenía. Caía el verbo del toreo, el dios que miró a la muerte, al que la cuadrilla de ángeles llevó hasta el callejón, al terreno de los areneros. Y Morante afirmó que no había sangre derramada, que quería continuar, como un Cristo resucitado de una tumba de polvo y dolor para regresar al rostro del toro, brindado a Santiago Abascal, en un burladero. Tras hablar de tú a tú con la Parca –en realidad, nunca dejó de hablarla con esa verdad inmaculada–, elevó sobre la derecha, tan aplomado, tan vertical, ¡tan puro! monumentos que surgían de la tierra, que eran un himno a la vida, siempre tan cerca de la muerte. Porque solo merece la pena vivir por aquello por lo que vale la pena morir. Ardía el caldero de la Monumental cuando enterró un volapié a cámara lenta, que le otorgaba las dos orejas de la Puerta Grande, de su encuentro con la escultura broncínea que había elevado a Chenel.
La mirada triste y perdida
Sabíamos que íbamos a Las Ventas a una jornada histórica con su doblete, pero no imaginamos que por la tarde seríamos testigos de un adiós legendario. Y tú y yo lo vimos torear. Y Olga, en preferente, guardó el pañuelo sobre el que Morante dejó su ADN de torería. Tampoco se borraba en la anochecida la mirada triste y perdida del Genio, con tibias sonrisas. Porque vivir sin torear no es vivir, como ya dijo el Monstruo de Galapagar. Los dos más grandes que nuestras retinas han visto. Roto y dolido después de tanta entrega, tras una temporada que se relatará en los libros, que debería ser estudiada en las universidades y escuelas. La de un hombre que prevaleció en las arenas sobre una cruel enfermedad, que superó a sus propios demonios para regalarnos la temporada más bella de este siglo. ¿Qué se hace después de Morante?
Su retirada coincidió con la de Fernando Robleño, que cuajó una maciza obra al extraordinario Tripulante, pero el pinchazo detuvo la doble pañolada. A hombros lo llevaron por la puerta de cuadrillas, mientras a Morante lo zarandeaban por la de la calle de Alcalá, por ese número 237 que ya es inmortal. Sergio Rodríguez podrá decir que confirmó la alternativa de manos de dos maestros el día que se retiraban. Aunque aún nos asombre la de Morante. Tan conmovedora. Tan desnuda de parafernalias. Solo el de La Puebla en los medios, cortándose la coleta antes de que la multitud lo alzara a hombros. «¡Jo-sé-An-to-nio-Mo-ran-te-de-la-Pue-bla!», retumbaba como eco inmortal en la Monumental venteña, rendida, exhausta. «¡Torero, torero!». ¿Qué se hace mañana? Volveremos a la normalidad, al día 13 después de José Antonio Morante Camacho. Que Dios bendiga al dios del toreo.
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Monumental de las Ventas.
Domingo, 12 de octubre de 2025. Corrida de la Hispanidad. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de Garcigrande, serios y de juego variado. -
Morante de la Puebla,
de Chenel y oro: cuatro pinchazos y estocada (leves pitos); soberbio volapié a cámara lenta (dos orejas). -
Fernando Robleño,
de grana y oro: tres pinchazos y estocada caída (saludos); pinchazo y espadazo (oreja). -
Sergio Rodríguez,
de blanco y oro: estocada con travesía (saludos tras aviso); pinchazo y estocada (silencio).
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