La redención a través de la conexión.


Lectio divina para este domingo XX del tiempo ordinario

Con la claridad y la enseñanza que ofrecen sus parábolas, Jesús nos instruye hoy sobre la profunda vocación del ser humano, la cual determina su destino último según vive la caridad. En el domingo anterior, el Señor ya nos advertía que no podemos servir a dos amos, a Dios y al dinero. Hoy, vuelve a presentar las riquezas como un poder que esclaviza y desfigura la identidad más auténtica del ser humano. Meditemos:

«En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: “Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y deseaba saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros venían a lamerle las llagas. Sucedió que murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán. Murió también el rico, y lo enterraron. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritó: “Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me atormentan estas llamas.” Pero Abrahán le respondió: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, en cambio, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras tú padeces. Además, entre nosotros y vosotros se abre un gran abismo, para que no puedan cruzar, aunque lo deseen, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de allí hasta nosotros.” El rico insistió: “Te ruego, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, eviten que vengan también ellos a este lugar de tormento.” Abrahán le dice: “Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen.” El rico contestó: “No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán.” Abrahán le dijo: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto”» (Lucas 16, 19-31).

San Juan Pablo II lo expresó con firmeza: “No es malo el deseo de vivir mejor, pero se vuelve erróneo… cuando se orienta a tener y no a ser” (Centesimus annus, 36). Esta premisa fundamental de la doctrina social de la Iglesia se basa directamente en las enseñanzas de Jesucristo. La clave para entender esta parábola que meditamos hoy radica en la pérdida del ser de quien se deja cegar por el tener efímero.

Observemos con atención: aparece un hombre rico, cuyo nombre es desconocido. Está tan concentrado en su propia satisfacción y placer que ha perdido toda conexión con el mundo. Hay un pobre a su puerta, Lázaro, a quien conoce, pero es incapaz de mostrar solidaridad hacia él. Aunque se sabe descendiente de Abrahán, eso no lo lleva a vivir como hijo de Dios y hermano de quien lo necesita. Al final, se encuentra atrapado en su propio egoísmo; se ha amado tanto a sí mismo que ha perdido todo amor por los demás y, en última instancia, por el mismo Dios. Por eso hoy es conveniente que nos observemos en este espejo y reflexionemos sobre cómo estamos viviendo nuestras relaciones de amor con Dios y con el prójimo.

«Que escuchen a los profetas». El rico parece preocupado por sus hermanos que quedan en su hogar. Pero, ¿acaso Lázaro no era también su hermano, hijo de Abrahán como él mismo desea ser? He aquí el gran reto de la parábola: sincerar nuestras relaciones, sin parcializar el amor ni cerrarnos en nuestro círculo limitado. Esto es provocado por el apego a lo material, que todos necesitamos limpiar. En un mundo desigual e injusto, encontramos ante nuestra puerta a tantos hermanos que esperan que los reconozcamos. A ellos debemos extender nuestra mano para prolongar el amor de Dios, que todo ofrece y todo reúne. Tomemos un momento, entonces, para preguntarnos quiénes son los pobres a quienes podemos abrir hoy la puerta de nuestra atención y ayuda.

La vida crece y se multiplica más allá de nuestra propia saciedad. Necesitamos vivir de esta forma: con la puerta de casa y las manos abiertas para acoger y ofrecer. El evangelio lo deja claro: a Dios le importa cuánto y a cuántos amamos. Si aspiramos a vivir como hijos suyos, reconozcamos también de este modo a quienes nos necesitan. Miremos y vayamos más allá de nuestro confort y autosuficiencia. Así nos encontraremos a nosotros mismos en el encuentro con los otros, que nos permiten, en definitiva, el encuentro mismo con Dios.

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