Yusuf, el refugiado que escapó de los islamistas y sueña con jugar en el Rayo.
Yusuf Ugas Adam, refugiado somalí en España.
Yusuf se encuentra cruzando el paso de cebra frente a la puerta Wilfred Agbonavbare. Lleva una camiseta vintage del Rayo con la icónica publicidad de los flanes Dhul. Exhibe una amplia sonrisa y la camaradería típica de un chico de su edad. Me recibe con un abrazo y nos sentamos a disfrutar de una cerveza en el bar Primera Línea del mercado de Nueva Numancia.
Ese día, el Rayo está jugando contra el FC Barcelona en casa y Yusuf muestra una felicidad evidente al ver a tantos aficionados por los alrededores. Pide una Fanta Naranja y, aunque se le nota la inquietud, poco a poco se va relajando. Habla español con bastante fluidez, a pesar de haber llegado a nuestro país hace poco más de un año. Es fácil entablar una conversación animada con él, aunque a veces agacha la cabeza y evita la mirada, como si estuviera pidiendo permiso por estar presente. Sin embargo, su presencia llena el espacio de energía.
Su historia es similar a la de muchas personas refugiadas que arriban a España; tal vez no sea la más trágica, pero es suficiente para helar la sonrisa de cualquiera que haya vivido en un país con mínimos estándares democráticos. No le da mayor importancia a su drama, el cual surge con naturalidad en la charla, intercalándose entre bromas sobre fútbol y anécdotas de su vida diaria.
Yusuf Ugas Adam tiene 19 años. Desde noviembre de 2023, reside en España y ya ha obtenido el estatus de protección internacional. Se tardaron 14 meses en concedérselo, un tiempo relativamente corto en comparación con la duración habitual de estos procesos. Era uno de esos menores no acompañados que llegaron aquí, en su caso, huyendo de una situación angustiante en Somalia. «Pero a mí me gustaría estar con mi familia en Mogadiscio», dice con claridad, dejando claro que no ha optado por escapar del horror.
El conflicto en Somalia entre el gobierno del presidente Hassan Sheikh Mohamud y las milicias de Al Shabab es feroz. La guerra se libra en las calles de la misma capital, que a menudo es víctima de atentados suicidas. Nadie en el país escapa a esa realidad.
Yusuf trabajaba en Mogadiscio en una carnicería, al lado de su padre, desde que tenía 14 años. De vez en cuando, los milicianos de Al Shabab aparecían en el negocio familiar para informarle que, al cumplir 16 años, tendría que irse a trabajar para ellos. Su padre intentaba que el tiempo pasara, confiando en que, cuando llegara ese día, la amenaza se hubiera desvanecido, que la situación política hubiera cambiado o que su hijo ya no estuviera en Mogadiscio. No pudo ser.
Su padre fue asesinado por evitar que lo reclutaran
Yusuf relata con una tranquilidad sorprendente que el trabajo consistiría en colocar bombas donde los islamistas le ordenaran, o incluso en inmolarse como terrorista suicida. Hasta los 16 años, las visitas de los milicianos a la carnicería fueron frecuentes. Y, cuando alcanzó la edad que le habían impuesto para reclutarlo, la tragedia llegó. Yusuf no presenció nada: al regresar del colegio, se encontró con un gran revuelo frente a su pequeño negocio familiar. Los miembros de Al Shabab habían asesinado a su padre por negarse a entregar a su hijo. Ni siquiera le permitieron ver el cuerpo. Su tío lo sacó de la ciudad de inmediato. Ese fue el momento en el que su familia decidió que tenían que huir del país.
Tomaron un coche y condujeron 10 horas seguidas hasta la ciudad keniana de Mandera, al noroeste de Mogadiscio, donde convergen las fronteras de Kenia, Somalia y Etiopía. Desde allí, se dirigieron a Nairobi, la capital, para tomar un vuelo hacia El Cairo, donde vive su abuelo. El resto del viaje a partir de Mandera lo realizó en solitario con un amigo de su misma edad, del que se separaría al llegar a Marruecos.
Su primera parada fue Casablanca, donde intentó, sin éxito, conseguir un vuelo hacia España. Luego lo intentó de nuevo en Rabat, y tampoco tuvo suerte. Finalmente, terminó en Marrakech. Los policías marroquíes (no las mafias) le pidieron dinero para poder acceder al aeropuerto, explica. Les suplicó y les insistió en que no tenía nada que ofrecerles, que solo le quedaban 20 dólares y que llevaba tres días sin comer. Yusuf asegura que nunca ha experimentado tanto racismo como en Marruecos: «Yo hablo árabe clásico y ellos árabe dariya. En cuanto abría la boca, el desprecio que me mostraban no lo he vivido jamás en España».
Aterrizó en Madrid desde Marrakech en un vuelo con destino a Bolivia, pero al llegar a Barajas no continuó su camino y solicitó asilo. Desde entonces ha estado trasladándose entre distintos centros de acogida. Es uno de esos jóvenes estigmatizados, criminalizados a priori, sin que nadie se siente con ellos para escuchar sus relatos, anhelos o proyectos de vida. Yusuf estuvo en el centro de menores de Hortaleza y luego en el de Casa de Campo. Solo tiene buenas palabras para los educadores, orientadores y trabajadoras sociales que lo atendieron, aunque anhela un trato más amable por parte de la Administración autonómica: «Nunca te hacen caso, ni solucionan los problemas. Siempre es “ya hablaremos mañana”. Así hasta que cumplimos los 18 años y nos echan».
Ahora vive en Villaverde, pero quiere mudarse a Vallecas. Su amor por el barrio proviene de una época en que realizó un curso de cocina en Alto del Arenal y le sorprendió la calidez de los vecinos. «Cuando salíamos del curso, se reunían en la plaza para conversar con nosotros. Las señoras mayores nos preguntaban y se preocupaban por nosotros. Eso en Villaverde no pasa». La integración en Vallecas lo impactó, le hizo sentir en casa, y desde entonces desea trasladarse y vivir allí con su madre y sus dos hermanos, que actualmente están en Kenia y Estados Unidos.
Amor por el Rayo
Yusuf descubrió el Rayo Vallecano gracias a Elena, una trabajadora del centro de menores de Casa de Campo que lo ayudó mucho y le transmitió su cariño por Vallecas y por su equipo. Elena y su hermano lo llevaron a ver un partido de fútbol contra el Celta (ganado por el Rayo, 2-1) y desde entonces no pudo deshacerse de su amor por el club. Ahora solo anhela ser abonado; es su objetivo, su sueño, y lo comparte con Olivia, su trabajadora social en CEAR, y con cualquiera que quiera escucharle. Su deseo refleja la grandeza del Rayo, aunque esa misma grandeza contrasta con una gestión interna caótica que transforma en un reto algo tan sencillo como obtener un abono. «Me dicen que me apunte a una lista de espera para ver si el año que viene lo logro». Lo cuenta mientras me enseña las fotos que tiene junto a Isi, su jugador favorito, y Augusto Batalla. Las firmas de ambos adornan una camiseta que muestra con orgullo.
En la actualidad, Yusuf se está formando como mediador intercultural en el hospital Ramón y Cajal, pero su sueño es estudiar Medicina y pronto empezará a prepararse para obtener el título de la ESO. Aunque cursó el bachillerato en Somalia, su diploma solo puede convalidarse en Italia. Sabe que es muy complicado que logre ser médico y que su futuro más probable sea ayudar a otros jóvenes como él. Tiene las habilidades y formación necesarias: habla cinco idiomas (árabe, somalí, suajili, inglés y español) y cuenta con un desparpajo y una experiencia de vida que son un regalo para cualquier refugiado que llegue a España y tenga la suerte de cruzarse con él.
Yusuf no quiere finalizar la entrevista sin ofrecer sus agradecimientos a su educadora, Elena.
–¿Por lo que te ha ayudado? –pregunto.
–Sí, por eso también, pero sobre todo por haberme enseñado lo que es Vallecas y el Rayo.


