El hurto en el Museo del Prado que conmocionó a España.


Rafael Coba también utilizó una escalera, aunque era mucho más sencilla que el elevador que se empleó en el robo cinematográfico del Louvre. Además, no tenía que llevarla él mismo cada vez que entraba de manera clandestina al Museo del Prado. A través de una de las entradas frente a los Jerónimos, accedía a un patio donde se llevaban a cabo las obras de ampliación de la pinacoteca y se escondía hasta caer la noche. Entonces, aprovechando la oscuridad, tomaba una escalera de mano de las obras, la apoyaba en una pared justo debajo de otra escalera fija destinada a emergencias, y escalaba con facilidad por el edificio, moviéndose de una a otra. Poco antes de llegar a la cornisa, se detenía, sacaba una llave y abría una ventana cercana que daba a las galerías del último piso para colarse en el museo.

Una vez dentro, se dirigía a la llamada ‘sala grande’ del piso principal y con una llave de aluminio que él mismo había fabricado, abría las vitrinas del Tesoro del Delfín. Coba había trabajado como celador del museo durante siete meses y conocía perfectamente lo que ocurría allí. Sabía que su camino estaría libre de vigilancia y de puertas cerradas, ya que solían dejarse abiertas para ventilar las salas. Así fue como, a cara descubierta y durante varias noches a lo largo de un año, robó alhajas de esta colección única de vasos preciosos que Felipe V heredó de su padre, el Delfín de Francia, hijo de Luis XIV.

Robo en el Prado en 1918


Robo en el Louvre en 2025

Imagen antes - Elevador por el que los ladrones accedieron al Louvre y Rafael Coba, marcado con una X, muestra a la Policía cómo entraba en el museo


Elevador por el que los ladrones accedieron al Louvre y Rafael Coba, marcado con una X, muestra a la Policía cómo entraba en el museo


EFE/ALBA

Para cuando se descubrió el robo, en septiembre de 1918, faltaban numerosos objetos de gran valor (copas, jarrones, bandejas…), ya fuera total o parcialmente. Muchos habían sido mutilados, perdiendo sus bases, tapas o piedras preciosas. Según el Prado, aún faltan once piezas que nunca se recuperaron y otras 35 sufrieron daños. El director del museo en ese momento, el pintor José Villegas, estaba enfermo, y fue el subdirector José Garnelo – ya tristemente famoso por el ataque que sufrió uno de sus cuadros en el Museo Naval– quien denunció el robo, tras ser alertado por un empleado de la pinacoteca.

Imagen principal - Policías de la Brigada de Investigación Criminal al mando del comisario Fernández Luna examinan las piezas en busca de huellas
Imagen secundaria 1 - Policías de la Brigada de Investigación Criminal al mando del comisario Fernández Luna examinan las piezas en busca de huellas
Imagen secundaria 2 - Policías de la Brigada de Investigación Criminal al mando del comisario Fernández Luna examinan las piezas en busca de huellas
Investigaciones en el Prado
Policías de la Brigada de Investigación Criminal al mando del comisario Fernández Luna examinan las piezas en busca de huellas
ABC

El comisario Ramón Fernández Luna y su equipo de la Brigada de Investigación Criminal de Madrid llegaron al museo e iniciaron las investigaciones, entrevistando a visitantes y empleados. Se determinó que las cerraduras no habían sido forzadas y se encontraron huellas dactilares en los cristales de la vitrina, por lo que se tomaron las huellas a todos los presentes. En aquella época, el museo contaba con unos 40 celadores que vigilaban las salas y una guardia nocturna compuesta por cinco empleados, apoyados por cinco guardias civiles. «La impresión es que el autor o autores del robo son personas conocedoras del Museo», aseguró ABC al informar sobre el suceso.

Imagen principal - Rafael Coba, tras su detención y en el interrogatorio del juez en la cárcel. Viñeta de Sileno.
Imagen secundaria 1 - Rafael Coba, tras su detención y en el interrogatorio del juez en la cárcel. Viñeta de Sileno.
Imagen secundaria 2 - Rafael Coba, tras su detención y en el interrogatorio del juez en la cárcel. Viñeta de Sileno.
Rafael Coba, tras su detención y en el interrogatorio del juez en la cárcel. Viñeta de Sileno.
ABC

Fernández Luna no se equivocaba. A medida que avanzaban las investigaciones, el cerco se iba cerrando sobre Rafael Coba, un vigilante que había conseguido su puesto por concurso y que se había despedido antes de que le abrieran expediente por ausentarse de su puesto con frecuencia. Aficionado al juego y a la vida fácil, cuando enfrentaba problemas económicos, sustraía objetos del Tesoro del Delfín, de los que retiraba el oro y las piedras preciosas, que luego vendía. Fue detenido en una mina cerca de La Carolina (Jaén) en octubre de 1918 y confesó los delitos. Hasta recreó cómo había llevado a cabo sus robos, tal como ABC publicó en su portada. Dos años después fue juzgado junto a su amante Ascensión Rodríguez, tres celadores implicados y el platero Isidro Agruña. Para escándalo de muchos de la época, que se quejaron amargamente, todos fueron declarados no culpables. Lázaro Galdiano, que había dejado el Patronato del Prado antes del robo y fue muy crítico con la falta de seguridad, la desorganización y el escaso presupuesto del museo, argumentó que las fallas provenían «de lo más alto», ya que durante décadas, los encargados de proteger la riqueza artística del país no habían estado «a la altura de su misión». Un análisis que hoy resuena en Francia tras el reciente robo a plena luz del día en su gran museo nacional.

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