Almeida y su enfrentamiento con los más desfavorecidos | Público
La pobreza es una calamidad en cualquier lugar, pero en Madrid ya se puede considerar un deporte de alto riesgo. Con las temperaturas invernales que tenemos, esto convierte la situación en algo aún más grave. Al inicio de las fiestas navideñas, después de un derroche de luces deslumbrantes en Cibeles y un concierto al aire libre financiado con dinero público, el Ayuntamiento de Madrid fomenta el espíritu navideño mediante la prohibición explícita de ayudar y ofrecer comida a los pobres. La ONG Bocatas Madrid, que lleva casi treinta años ayudando a los más necesitados en la capital, ha sido excluida de su labor en la plaza de Ópera por incumplir diversas normativas municipales y sanitarias. Conociendo las costumbres de Almeida, lo extraño sería que no prohibiera también la existencia de los pobres.
Sin embargo, hay que destacar que los pobres son necesarios por varias razones: primero, para que los católicos que salen de misa puedan aliviar su conciencia a través de la limosna; y segundo, porque durante estas fechas, los pobres ilustran una de las escenas más características del cristianismo. Como señaló Ambrose Bierce, celebramos el nacimiento de un niño pobre realizando la práctica desenfrenada de la glotonería y el despilfarro. Si María, José y el recién nacido llegaran a Madrid montados en un burro (o en un motocarro, como Plácido), lo pasarían muy mal para encontrar un lugar donde aparcar o simplemente para sentarse en la calle, extender la mano y pedir ayuda. De hecho, las miles de familias que llegan a nuestras ciudades desde lugares tan lejanos como Nazaret, Gaza o Dakar -perseguidas por la guerra, la pobreza, la injusticia o la mala suerte- son reflejos vivientes de ese trío original, que vuelven a vivir la triste realidad de que el mundo no los quiere y que no hemos aprendido la lección en dos mil años. Precisamente eso es lo que enseña el cristianismo.
Los evangelios son magníficos en teoría, pero llevarlos a la práctica en la vida diaria es otra cuestión. Es mucho más sencillo adorar a un ídolo en la iglesia, encender una vela, orar a un santo o colocar figuritas de plástico en un belén y tocar la zambomba. Al final de Plácido -la más devastadora sátira alguna vez dirigida al travestismo hipócrita de la Navidad-, se vislumbra un sombrío horizonte de chabolas que podría estar en la Cañada Real hoy mismo. De fondo, suena un villancico aterrador: «Madre, en la puerta hay un niño, tiritando de frío, ve y dile que entre, se calentará, porque en esta tierra ya no hay caridad, ni nunca la ha habido ni nunca la habrá». Como ayudar y consolar a los sintecho actuales resulta muy deprimente, basta con visitar los belenes que la Comunidad y el Ayuntamiento están por montar para emocionarnos con una compasión retrospectiva representada por figuritas con más de veinte siglos de antigüedad. Ya de paso, lo ideal sería que los pobres de Madrid también fueran de plástico.
Más allá de la maldad y la desvergüenza, Almeida no solo realiza caridad pública con millonarios, regalando casi dos millones de euros en un absurdo espectáculo de la NFL en el Bernabéu, sino que también impide que la buena gente lo haga. Todo ello, según él, en nombre de la salud y el orden público, porque hay que ver si estos voluntarios no estarán repartiendo bocatas envenenados, y porque las aglomeraciones masivas deben limitarse a los escaparates de grandes almacenes, las cercanías de estadios de fútbol y los andenes y vagones de metro. Invocar un problema de salud en una capital atestada de basura es una excusa brillante, sobre todo cuando parece que aquí pagamos la tasa de recogida de residuos solo para acumular montañas de desechos. Este año, Almeida, en lugar de disfrazarse de rey mago, ha decidido asumir el papel de Herodes: un Herodes generoso que solo mata de hambre y que les dice a los pobres de Madrid que se vayan a incomodar a otro lugar, al cielo, por ejemplo, como dice el refrán popular siguiendo las bienaventuranzas.



