¿Qué ocurrió con el ‘España 2050’ de Redondo y Rubio?
Es necesario admitir que del listado de buenas intenciones que se presentó al inicio del siglo XXI no se ha cumplido ninguna. En primer lugar, porque las grandes crisis que nos han afectado sirvieron de catalizador para establecer un nuevo orden mundial; en segundo lugar, porque no tenemos el talento requerido para navegar en este entorno inédito, y en tercer lugar, porque somos lentos y de visión limitada, y las pocas propuestas que esbozamos se han vuelto obsoletas antes incluso de ser expresadas. Estamos en 2025, más cerca de 2050 que del año 2000, y nuestra situación es peor que entonces, como un país que persiste en arreglar pantalones viejos mientras el resto del mundo se renueva.
Esta introducción sirve para abordar el informe España 2050, que se presenta como la gran esperanza para un modelo económico que no funciona adecuadamente y que depende en gran medida del «necesito un empujón» y del sector servicios. Este documento fue elaborado por la Oficina Nacional de Prospectiva y Estrategia, creada en enero de 2020 y dirigida por Diego Rubio, actual jefe de gabinete del presidente del Gobierno, un hombre intelectualmente capacitado y pieza clave de la guardia de corps sanchista, junto a Iván Redondo, un consultor especializado en conseguir victorias electorales.
Era evidente que el perfil de estos personajes indicaba tanto la intencionalidad como el resultado del documento: un instrumento de legitimación, adornado con académicos y expertos de renombre, elaborado para ensalzar a Pedro Sánchez, quien en aquel momento gobernaba en coalición con Podemos y coqueteaba con los nacionalistas, los aliados más desfavorables para implementar, precisamente, las medidas que se recogen en España 2050.
El proyecto tenía un indiscutible valor retórico. ¿Quién se atrevería a criticar un gran proyecto nacional de diagnóstico y perspectiva, diseñado para combatir el cortoplacismo y proteger los intereses estratégicos de España a largo plazo? La mayoría de los países desarrollados cuentan con oficinas de foresight que identifican tendencias y se preparan para la incertidumbre. La diferencia es que en otros lugares funcionan; aquí solo sirvió para la fotografía en el Reina Sofía.
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Jesús Fernández-Villaverde
Los profesionales que participaron eran competentes, aunque en su mayoría eran académicos y funcionarios. Demasiada representación pública y escasa privada. Muchos nunca habían creado un puesto de trabajo. Había buenas ideas, análisis y una cierta esperanza de que pudiera surgir algo útil. Y así fue: un voluminoso documento de 675 páginas que identificaba nueve grandes desafíos para que nos consolidáramos como un país avanzado.
Pedro Sánchez lo presentó el 20 de mayo de 2021 en el Museo Reina Sofía, acompañado de sus cuatro vicepresidentas, del vicepresidente de la Comisión Europea, Maroš Šefčovič, y de líderes empresariales y académicos destacados. La escenografía made in Redondo.

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Han transcurrido poco más de cuatro años y ya ha caído en el olvido. El informe sigue vigente, afirman, aunque nadie sabe para qué ni cuáles han sido sus logros. Las propuestas planteadas en su momento parecen inalcanzables. Algunas serían más un lastre que un activo. Otras tendrían que pasar por un Congreso imposible, polarizado e ingobernable. Y en el actual contexto geopolítico —los mundos de Trump, la erosión de la globalización, la guerra comercial constante—, estas medidas suenan a reliquias del pasado.
Uno de los objetivos principales era la jornada laboral de 35 horas semanales, con una reducción gradual desde las 40 actuales. Un concepto que se ha estancado en el Congreso, una extrapolación que ignora la realidad vigente en nuestros días. En un país donde abundan los fijos discontinuos, los riders, los autónomos que laboran 60 horas y los contratos estacionales de seis días a la semana durante tres meses, hablar de 35 horas puede parecer una burla.
Paralelamente a la reducción de jornada y como justificación para la misma, otro de los capítulos del famoso informe trataba sobre la productividad, un problema estructural en nuestro país. ¿Hemos visto alguna mejora? Más bien lo contrario. A la banca se le aplican impuestos que disminuyen el crédito y la inversión. A la producción eléctrica se le imponen más cargas que incrementan el costo de la energía y ralentizan la industrialización. Las redes de transporte no avanzan al ritmo necesario para aprovechar el bajo coste de las energías renovables. Resultado: empresas menos competitivas y un país sin motor. La productividad retrocede, como un cangrejo.

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Juan Ramón Rallo
En cuanto a la sostenibilidad medioambiental tan mencionada en España 2050, el modelo está roto tras el apagón. En cohesión territorial, basta con observar el cupo catalán, la Dana valenciana o los incendios para darse cuenta de que no es más que una pesada broma. En el ámbito demográfico, la evolución de la Seguridad Social lo dice todo: no hay reservas para sostener las pensiones. Y en educación, los indicadores PISA se han vuelto los testigos silenciosos de nuestro deterioro.
Uno de los mayores problemas es la falta de talento, especialmente en la gestión pública. No hay una visión estratégica. Como muestra, los apagones y los cortes del AVE. La oposición, enfocada en el deterioro institucional, debería tomar nota de esto. Derogar el sanchismo no es suficiente. Lo institucional no llena la nevera. Es necesario diseñar un modelo económico compatible con los tiempos actuales.
Tres son los elementos esenciales y sistémicos para nuestro futuro: energía asequible, conectividad y defensa. El Gobierno debe garantizar estos aspectos para crear un ecosistema empresarial competitivo, donde buscar beneficios en el sector privado no se considere un pecado.

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Nacho Cardero
Estados Unidos se industrializó en el siglo XIX porque contaba con hierro y carbón. Hoy, lo equivalente es tener energía asequible, conectividad y capacidad de procesamiento. Deberíamos centrarnos en ello. España 2050 fue un catálogo de intenciones redactado por funcionarios de un Estado ineficiente que impone reglas a un sector privado dinámico.
Mientras Estados Unidos se aleja de la ortodoxia económica y juega a reescribir las reglas del comercio mundial, y Europa lucha entre la rigidez de sus principios y su irrelevancia geopolítica, España debe empezar a definir sus prioridades estratégicas sin complejos, con un modelo económico actualizado a las demandas actuales, capaz de competir en un mundo donde ya no tienen validez los dogmas de la antigua globalización ni los folletos de prospectiva elaborados en despachos ministeriales.
La economía española es más un espejismo que un milagro. Nos presentan como beneficiosas las cifras del PIB cuando el poder adquisitivo de los españoles disminuye cada vez más. Lo mismo ocurre con España 2050. Fue una buena idea, pero un despropósito propagandístico, el reflejo del desastre del sanchismo: un país sin rumbo, sin modelo y sin estrategia para un 2050 que se aproxima más rápidamente que el año 2000.
Es necesario admitir que del listado de buenas intenciones que se presentó al inicio del siglo XXI no se ha cumplido ninguna. En primer lugar, porque las grandes crisis que nos han afectado sirvieron de catalizador para establecer un nuevo orden mundial; en segundo lugar, porque no tenemos el talento requerido para navegar en este entorno inédito, y en tercer lugar, porque somos lentos y de visión limitada, y las pocas propuestas que esbozamos se han vuelto obsoletas antes incluso de ser expresadas. Estamos en 2025, más cerca de 2050 que del año 2000, y nuestra situación es peor que entonces, como un país que persiste en arreglar pantalones viejos mientras el resto del mundo se renueva.



