El lamento del leonesismo.
Opinión
Puntadas con hilo
«El llanto y la queja son tácticas de quienes han perdido la pelea. Los entrenadores competentes inculcan a su equipo una fe inquebrantable en la victoria».
Perdonen que utilice la primera persona en este análisis, algo que no suelo hacer. Estoy consciente de que examinar la política de León y el leonesismo en particular puede ser como entrar en una trampa. Como decía la canción ‘La mala reputación’, versión de Paco Ibañez, ‘Haga lo que haga es igual, todo lo consideran mal’. Cada vez que se toca el tema de ‘los leoneses’, quienes apoyan este regionalismo creen que quienes se atrevan a opinar están causando daño. No tengo interés en andar por la vida provocando conflictos.
Soy originario de Valladolid, criado en plena Tierra de Campos, una comarca natural compartida entre León, Palencia, Valladolid y Zamora. No creo que deba pedir disculpas por ser vallisoletano y opinar sobre el fenómeno del leonesismo político.
Por si acaso, aclaro que no siento antagonismo hacia León ni hacia su gente; al contrario, tengo un aprecio genuino por los habitantes del antiguo Reino hispánico. Los leonesistas tienden a ver sombras donde no las hay y erróneamente asumen que los castellanos observan a los leoneses solo para lanzarles maldiciones.
En las elecciones del 15-M, entra en juego la Unión del Pueblo Leonés, un partido que ha estado presente durante mucho tiempo en las Cortes de Castilla y León. Su ámbito de representación se ha limitado a la provincia leonesa, lo que ha llevado a que su actuación en el parlamento regional se concentre en la defensa de lo que ellos llaman ‘región leonesa’, sin poder avanzar más allá de ser un ‘partido bisagra’. Este fenómeno de bisagrismo es común en los parlamentos de democracias liberales en Europa. A veces actúan como puentes para formar gobiernos, y en otras ocasiones pueden ser obstáculos.
La narrativa de la Unión del Pueblo Leonés tiene un fuerte matiz de lamentos, como el ‘llorar y llorar’ que entonaba María Dolores Pradera. En el fondo del leonesismo hay una historia de desamor, reminiscentes de muchas rancheras en la América hispana.
El gobierno de Castilla y León, independientemente de su inclinación política, debe prestar especial atención a una porción significativa de la población de León que se siente marginada por las instituciones autonómicas. Los más extremos en esta opinión se asemejan al catalanismo, tomando prestado el lema ‘Espanya ens roba’ del independentismo, especialmente de sectores de Esquerra Republicana de Cataluña, y adaptándolo a ‘Valladolid nos roba’ por parte de los más radicales de la Unión del Pueblo Leonés.
Para el Partido Popular, el ‘asunto leonés’ es como una picadura de avispa. Su suerte electoral en la provincia de León dependerá del creciente apoyo del PSOE en esa región, que tiene una tradición de voto socialista significativo, así como del sólido respaldo que recibe la UPL en las urnas.
Fernández Mañueco ha designado como líder de la candidatura popular a María José Álvarez, quien probablemente representa la figura de conciliación en el PP leonés, que ha estado eternamente dividido entre Capetos y Plantagenet. Suárez-Quiñones ha sido sacrificado en el altar a aquellos afectados por los incendios forestales del verano pasado. No es difícil inferir que el consejero de Fomento se ha convertido en una carga –ya sea con razón o sin ella, el pueblo ha cargado con la responsabilidad de su omisión durante las llamas– y en la provincia de León, Suárez-Quiñones es más ‘fumata negra’ que ‘fumata blanca’. Así que no debería ser el líder supremo del PP en León.
La Unión del Pueblo Leonés nunca llevará al viejo Reino a una posición de éxito. El llanto y la queja son tácticas de quienes han fracasado. Los entrenadores competentes inculcan a sus equipos una fe inquebrantable en la victoria. La UPL no es una opción gubernamental en Castilla y León, sino un partido eternamente bisagra. Deberían considerar la famosa afirmación de Ortega y Gasset: ‘El esfuerzo inútil conduce a la melancolía’. Es decir, a lloriquear eternamente.


